24 oct. 2014

SIGLO XIII. ORGANIZACIÓN DE LOS ESTADOS PENINSULARES (III)

Dentro de este proceso unificador y clasificador de los diferentes estados, faltaba a éstos una capital que, a su vez, sirviera de sede a la incipiente centralización administrativa. Barcelona, Valencia, Zargoza y Pamplona cumplieron esta misión en sus respectivos estados. En cambio, en el reino castellano-leonés no aparece ninguna ciudad que pueda calificarse de capital. León perdió esa categoría al quedar definitivamente unida a Castilla, cuyos reyes se desplazan de un lado a otro, sin que Toledo consiga imponerse más que esporádicamente.
España, aunque había visto invadir el campo del Estado por las instituciones feudales, no había llegado a feudalizarse totalmente, por lo que se ha podido calificar de "país sin constitución política feudal". Por eso, cuando el Estado renace y vuelve a tomar a su cargo el desempeño de las funciones públicas, se encuentra en situación ventajosa, lo que le permite muy pronto colocarse a la cabeza de los grandes estados europeos. La relación entre gobernantes y gobernados no se hace mediante un vasallaje privado, sino por el "vasallaje natural", el vínculo de súbdito que relaciona a éstos, por el hecho de serlo, con la autoridad respectiva, y que durante el siglo XIII adopta como forma de expresión el juramento de fidelidad al nuevo rey, juramento que nada tiene que ver con el vasallaje feudal. Además, dichas relaciones se habían estructurado en los comienzos de los estados germánicos sobre las bases de las ideas contractuales que no concedían al rey un poder absoluto, ya que quedaba limitado por el interés de la comunidad y la participación de ésta en las tareas de gobierno. Esta situación se había desfigurado, participando en el poder tan sólo los nobles o barones, si bien bajo una fórmula ambigua, la obligación que tenían de dar consejo al rey y de asistir para ello a la Curia Regia siempre que fueran requeridos.
La defensa de los intereses de la comunidad evolucionó, a su vez, hacia la formulación de unos derechos de los súbditos que, también bajo la presión de las ideas feudales, adquirirían casi siempre la apariencia de una concesión graciosa del rey a sus vasallos y que, por tanto, estaban contenidos en fueros y cartas de franquicia o de privilegio.
Semejante situación no va a poder durar mucho tiempo. Frente a la monarquía que, con la ayuda del renaciente derecho romano, intenta aprovechar el necesario desarrollo del Estado para implantar las ideas absolutistas del Bajo Imperio, las cuales sacralizan al monarca y le conceden plenos poderes, los súbditos, por el contrario, van poner en vigor la también antigua corriente contractualista, que prevé su propia participación en el gobierno y la concesión por parte del rey de garantías constitucionales. Ambas corrientes lucharán en el seno del Estado medieval, hasta que en la Edad Moderna triunfe la monarquía absoluta. Analicemos, pues, los medios de poder y su personificación.
El rey, como cabeza de la institución monarquica, es a su vez la personificación misma del Estado. Es el "señor natural" de todos los súbditos del país. Como tal, es el primer poder,la primera autoridad del mismo. Y aunque en épocas anteriores se haya desentendido de muchas funciones (como acuñación de moneda, legislación para todo el territorio, política comercial...), ya fuera por falta de medios, ya por la inexistencia de esas actividades, lo cierto es que ahora se siente dispuesto a tomar las riendas del poder y a no admitir intromisiones que redunden en menoscabo de sus atribuciones o de "su señorío y dignidad real".
Para ello, el monarca reconstruye su figura ante los súbditos. La corriente romanista le envía un fuerte apoyo en hombres y en ideas. Perfilando el concepto de soberanía del príncipe, se llega a afirmar la superioridad de éste sobre la ley, infiriéndose de ello no sólo su capacidad para legislar, sino también la no sujección del rey a las leyes. Según esta ideología, nada podía impedirle que diese leyes nuevas, suprimiera fueros, impusiese nuevos tributos.... Unas ideas muy peligrosas para los súbditos, si éstos no reaccionaban para atajarlas antes de que fuera demasiado tarde. La reacción ciertamente se produjo, por lo que la monarquía necesitó evidenciar ante el pueblo todos los signos de su poder, a fin de vencer resistencias y mantener su criterio en la medida de lo posible. La tradición feudal, al hacer del rey, no un señor cualquiera que se toma o se deja, sino el señor natural y supremo sobre la tierra, había volcado sobre él todos los compromisos de respeto debidos por el vasallo, elevados a su máxima expresión. Este deber de fidelidad y de honra hacia el soberano será constantemente esgrimido por éstos, y los súbditos, antes de enfrentársele por cualquier motivo, habrán de pensárselo muy bien. La intervención de la Iglesia a la hora de ungir y coronar a los reyes introducía un nuevo concepto que venía de largo tiempo atrás: "el rey es rey por la gracia de Dios", y al recibir el poder directamente de la divinidad, cuya intermediaria es la Iglesia, se queda para sí las atribuciones del cuidado espiritual de sus súbditos, además del temporal, no teniendo el monarca que rendir cuentas ante nadie que no sea Dios. En cierto modo los monarcas hacían así suya la ideología de los antiguos emperadores romanos, lo cual no tenía nada de particular si recordamos la época carolingia. Fue un medio más de afianzar el poder, como lo fue también la elección de los colaboradores, funcionarios y oficiales, así como la multiplicación de organismos que abre las puertas a una nueva legislación impositiva ante la que la nobleza se ve obligada a claudicar.

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