11 oct. 2014

LOS CINCO REINOS

Una pieza histórico-literaria, el Poema de Almería, cantó con palabras brillantes la que iba a ser la última gesta del Imperio español y, al mismo tiempo, testigo de su desmoronamiento: la campaña de Almería. En 1147, Alfonso VII, rodeado de cuantos le acataban como emperador, había decidido apoderarse de aquella ciudad que, además de ser el más importante puerto del Mediterráneo occidental, se había convertido en un nido y refugio de piratas que ponían en constante peligro el comercio de los países cristianos en ese mar. De ahí que en aquella última etapa gloriosa, Alfonso VII tuviera a su lado, además, a los genoveses y pisanos, los cuales, junto con los catalanes, ofrecieron apoyo naval a la empresa.
A las pocas semanas, Almería había caído en poder de los cristianos, quienes poseyeron la ciudad durante diez años, al cabo de los cuales fue sitiada por los almohades y, aunque Alfonso VII acudió en su socorro con un ejército, no consiguió levantar el cerco al que los musulmanes la tenían sometida. A su regreso, el emperador moría el 21 de agosto de 1157 en Fresneda, lugar próximo al desfiladero de Despeñaperros. De acuerdo con la división que él había hecho, le sucedieron sus dos hijos, Sancho III en Castilla y Fernando II en León, que reaparece como reino, si bien es Galicia el centro de los dominios de Fernando. El testamento de Alfonso VII pone de manifiesto una vez más que las ideas patrimoniales, que llevaban implícita la idea de reparto de los reinos, como si fuesen una herencia cualquiera, eran más fuertes que las tendencias unitarias, y que los reinos habían conseguido una consistencia interna tal, que resultaba y del todo imposible fundirlos en uno solo.
Por unas u otras razones, Sancho III, que, como primogénito, había heredado la parte principal, Castilla, no pensó ya en reconstruir la unidad despojando a su hermano de sus reinos. Asimismo, Fernando II, no obstante seguir usando títulos como "rey de las Españas" y alguna ligera alusión al Imperio, que por tradición correspondía al reino leonés, no intenta en ningún momento sacar consecuencias de ese título. En España hay ya cinco reinos. Además de los dos que conforman el tronco castellano-leonés, Portugal, Navarra y Aragón-Cataluña constituyen las tres unidades políticas restantes. Las relaciones entre estos reinos en lo que queda de siglo no son tranquilas, aunque tampoco éstos se ven sacudidos por problemas trascendentales. Mas bien son asuntos domésticos los que los entretienen: luchas con cada estado por el ejercicio del poder o por la tutoría de reyes menores de edad; reajustes de fronteras que pretenden enmendar indebidas apropiaciones; repartos de las zonas de influencia en las tierras musulmanas.
Un incidente acaecido en Zamora hizo que las primera rencillas familiares entre Sancho III y Fernando II acabasen en un tratado de paz. En aquella ciudad leonesa se había producido un motín contra el mayordomo real Ponce de Cabrera, amenazando sus habitantes con irse a Portugal si éste no era destituído. Ponce de Cabrera se refugió en Castilla, desde donde empujó a realizar campañas, primero contra Navarra y luego contra León. Pero antes de llegar a las armas en esta última, los dos hermanos se pusieron de acuerdo y firmaron el Tratado de Sahagún (1158), por el que se comprometían ambos a ayudarse mutuamente contra cualquier otro príncipe, a excepción de Ramón Berenguer IV. También acordaron repartirse el reino de Portugal y asimismo fijaron la parte de la España musulmana que correspondería a cada uno en la Reconquista. Finalmente se determinaba que si alguno de los dos moría sin descendientes legítimos, el otro le sucedería en todas sus posesiones. Era el primer intento realizado sobre el plano de igualdad de regular las relaciones entre los reinos castellano y leonés.
Sin embargo, ese equilibrio se vio muy pronto roto por la muerte de Sancho III, a quien le sucedía un niño de tres años, su hijo Alfonso VIII. La minoría de edad del rey iba a ocasionar disturbios internos, y permitiría a su tío Fernando II de León ejercer cierta tutela sobre Castilla, y algunos visos de hegemonía penisular.
Al morir, Sancho III había dejado la tutela de su hijo a Gutierre Fernández de Castro, señor de Castrojériz, vinculado a las familias de los Ansúrez y los Ordóñez, condes de Nájera. Eran aquéllos unos años difíciles para la nobleza, ya que sus patrimonios no crecían al mismo ritmo que la riqueza general del reino, y el cobro de tributos que algunos taifas seguían pagando sólo beneficiaba a los reyes. Por eso la nobleza, ansiosa de aventura y de enriquecerse, tenía que debatirse aquí y allá en conflictos internos o fronterizos que permitieran hacer fortuna. Y una ocasión bien prometedora era la tutoría del pequeño rey que heredaba el trono de Castilla. Frente a los Castro, disputándoles la regencia, surgió otra poderosa y turbulenta familia, la de los Lara, sin relación de parentesco con los forjadores de la independencia castellana, pero muy poderosos, sobre todo desde que Pedro González de Lara emparentara años atrás con la familia gallega de los Traba y se ganara el favor de la reina doña Urraca, con la que tuvo varios hijos. Este conde de Lara había mantenido siempre una actitud hostil hacia Alfonso VII, y alguno de sus hijos ilegítimos aparecen luchando junto a otros reyes peninsulares. Él mismo falleció mientras sitiaba Bayona en el ejército de Alfonso el Batallador. Ello no fue obstáculo para que sus hijos, Manrique, Nuño y Álvaro, poseyeran buenos patrimonios en Castilla. El primero de ellos podía considerarse el noble más poderoso y, además, había sido investido por el difunto rey con el cargo de alférez del reino. Es por ello que muy pronto aspiraría a hacerse con la regencia. Gutierre Fernández de Castro buscó una solución entregando la persona real a García de Daza, que estaba emparentado con los Castro y los Lara. Pero esto no satisfizo a Manrique por mucho tiempo, y acabó por exigir que se le cediera la tutoría. Con ésta en sus manos y el título de alférez del reino que Sancho III le había otorgado, su poder en Castilla no conocía límites. Los Castro fueron privados de sus tenencias y huyeron a León. Allí instigaron a Fernando II para que interviniera en el reino vecino, lo mismo que Sancho VI de Navarra, que ya lo venía haciendo. El navarro se había apoderado de Logroño y Cerezo, llegando hasta Briviesca. Fernando II hubiera querido aprovechas esta oportunidad , que acaso le diera ocasión de obtener el título imperial, al que tímidamente aspiraba. Pero por el momento se hallaba entretenido en contener lo movimientos expansivos de Alfonso Enríquez hacia sus propias tierras de Extremadura y Salamanca. Había tenido que repoblar Ciudad Rodrigo para que actuara de barrera frente a las ambiciones del portugués. Luego fueron lor burgueses de Salamanca los que se alzaron contra él y hubo de vencerlos por las armas en batalla campal reñida en Valmuza, al sur del Tormes. Cuando en 1162 se vio libre de estos problemas, se decidió a invadir Castilla. Mas para entonces los Lara habían afianzado ya su posición.

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