10 oct. 2014

IMPERIALISMO HISPÁNICO. ALFONSO VII. (y VI)

Las hostilidades entre el rey portugués y Alfonso VII siguieron. Aquél invadió la comarca del Miño, que motivó la invasión de Portugal por el rey leonés. Se dice que a punto estuvieron de llegar ambos a las manos en la batalla campal que se dio cerca de Viana do Castelo. Pero se impuso el buen sentido y dejaron que fuesen los soldados quienes muriesen por ellos para luego, ambos primos -porque eran primos- firmar una tregua de tres años. Era el tiempo que faltaba para que Alfonso VII el Emperador reconociera la independencia de Portugal. Por mediación del cardenal Guido, que representaba los intereses pontificios en la Península y, especialmente, en Portugal, ambos monarcas se reunieron en Zamora en octubre de 1143. allí el rey castellano reconoció la independencia portuguesa. Alfonso Enríquez, para recompensar los servicios prestados por la Iglesia, y también por su propio interés, se hizo feudatario de la Santa Sede, comprometiéndose a pagar un tributo anual al Papa a cambio de su protección.
Alfonso VII daba sensación de cansancio, tal vez de hartazgo. El mismo año que reconoce la independencia de Portugal, hace las paces con el rey de Navarra, García Ramírez, quien contrae matrimonio con una hija bastarda del emperador. Hay algo que puede más que su propia voluntad de imperar, y es el peso mismo de cada uno de los reinos que forman España. Sólo hay un campo en el que Alfonso VII se mueve a gusto: el de la guerra contra el Islam, una lucha monótona y sangrienta que todavía ofrece a los cronistas algún que otro episodio caballeresco. Por ejemplo, en 1139, el emperador sitia la fortaleza de Oreja (Castrum Aurelia, actual Colmenar de Oreja). Sabedores de su alejamiento de la capital toledana, los alcaides almorávides de Córdoba, Sevilla y Valencia fueron con un gran ejército contra ella. Allí estaba sola para defenderla la emperatriz doña Berenguela, rodeada de todas las damas de su corte. Pero, dando muestras de gran intrepidez, subió a las murallas con ella e increpó a los almorávides, haciéndoles ver la poca gloria que obtendrían combatiendo contra mujeres. Les dijo después que fuesen a Oreja, donde su marido les esperaba con las tropas. Impresionados, los musulmanes levantaron el cerco de Toledo y se retiraron. Poco después, Alfonoso VII entraba en Oreja y fundaba allí una población, a la que dotó de fueros. Aún sonreiría la fortuna en más ocasiones al monarca, e incluso se vería acompañado del resto de príncipes españoles en sus campañas. Mas el sueño imperial se desvanecía. A todos les unía un mismo afán de luchar contra el Islam, pero en provecho propio, para engordar sus estados. En lo sucesivo, el reino castellano-leonés, en vez de celebrar solemnes coronaciones imperiales, tendrá que firmar tratados de reparto de las tierras musulmanas. Los cinco reinos llaban a la puerta y forcejeaban para que las decisiones que afectaban a todos fuesen tomadas en una mesa redonda.

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