5 oct. 2014

IMPERIALISMO HISPÁNICO. ALFONSO VII.

El siglo XII es una época de fermentación política dentro de los reinos cristianos de la Península. Estos pequeños estados se sienten invadidos de una pujanza y vitalidad nada comunes. Desde el exterior, y aun desde el mismo suelo patrio, diversas ideas y tendencias los solicitan. El pontificado ha conseguido triunfos sustanciosos al obtener el vasallaje de algunos condes catalanes y de los reyes de Aragón, al que en estos momentos está unida Navarra, y en los reinos occidentales, el de la familia borgoñona y sus aliados, los monjes partidarios de Roma y no tardará mucho tiempo sin que un descendiente de la casa de Borgoña, segregando Portugal del reino castellano-leonés, lo constituya, a su vez, en feudatario y vasallo de la Santa Sede, que así podía reclamar sus aspiraciones soberanas y hacer sentir su acción sobre la Península. Ya hicimos notar el desagrado con que Alfonso VI, el gran introductos del universalismo pontificio en España, veía la actuación de Alejandro II y de Gregorio VII, quienes, al predicar la cruzada contra los almorávides de la Península, declaraban que las tierras que se conquistasen pertenecían al patrimonio de San Pedro en plena soberanía.
Al igual que otros países extremos de Occidente, como Inglaterra, España había quedado un poco marginada de Europa durante los siglos precedentes, mientras se había desarrollado el Imperio Carolingio, que posteriormente resucitaba bajo los otónidas. Como en las islas británicas, también aquí aparecieron múltiples reinos independientes. Éstos constituían pequeños "orbes", que pronto acomodaron la idea imperial como forma de organizar ese mundo reducido que ellos formaban. Antes de Alfonso I, dicha idea había aparecido tímidamente en las crónicas y diplomas regios, confeccionados en la cancillería por personas de la corte. Pero ningún rey se había atrevido a titularse a sí mismo emperador. Alfonso VI, siguiendo la línea marcada por su hermano Sancho II, ya empezó su reinado afirmándose rey de España, no de Castilla o de León. Y algunos años más tarde, en 1077, esa aspiración al dominio sobre toda la Península es expresada por el propio rey mediante la adopción del título imperial: "Yo, Alfonso, emperador de toda España...". Es difícil separar este paso dado por el rey de Castilla de las pretensiones ideológicas y políticas que el papado ejercía sobre los reinos peninsulares. España formaba una unidad, reconocida y admitida aquí y en Roma. Pocos años antes, Gregorio VII hablaba del "regnun Hispaniae" en una carta dirigida a Alfonso VI y a Sancho IV de Navarra. Pero mientras el Papa reclamaba una y otra vez sobre toda ella el derecho de la Iglesia, nacido de la evangelización de los siete varones apostólicos, y se cuidaba de tratar a sus reyes como iguales entre sí ("regibus Hispaniae a paribus"), Alfonso VI se esmerará en dejar bien clara su total autonomía, eludiendo cualquier posible subordinación a la Santa Sede, y su absoluta superioridad sobre los demás monarcas españoles.
El heredero de su ideal unificador, Alfonso el Batallador, quien, por sus propios merecimientos, se había convertido en el paladín de las armas cristianas frente a los musulmanes, fue designado por Castilla para continuar la unificación y consolidación de los reinos cristianos de España. Con este fin se le había propuesto en la Curia Regia de Toledo para contraer matrimonio con Urraca, la viuda de Raimundo de Borgoña, de quien tenía un hijo, Alfonso Raimúndez, cuyos derechos al trono eran pasados por alto, en pro de una sucesión que uniera las herencias castellano-leonesa y navarro-aragonesa. Alfonso I y Urraca se enfrentaban así con una importante misión histórica, contra la que no tardaron en desatarse las principales fuerzas políticas del país, que urdieron tal cúmulo de intrigas cual pocas veces se recuerda en la Historia.

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