4 oct. 2014

DEFENSA CRISTIANA. DEL CID A ALFONSO EL BATALLADOR (y III)

Y es ahora cuando los almorávides van a alcanzar su momento de máxima expansión por España. Tras la desaparición del Cid Campeador, a quien la leyenda hizo ganar batallas aun después de muerto, Jimena, su esposa, no pudo mantenerse en Valencia. Yusuf envió contra la ciudad un poderoso ejército. Aunque Alfonso VI le obligó son su sola presencia a que se retirara a Cullera, el castellano comprendió la imposibilidad de seguir defendiendo una plaza tan distante del resto de sus dominios. La viuda del Cid cargó sobre acémilas todos sus bienes y tesoros, entre los que no era el menor la espada de su esposo, y salió de Valencia, que fue entregada en llamas. Centenares de castellanos, vasallos de su esposo, hombres duros y valientes que le habían acompañado retornaban con sus restos mortales hacia Castilla. Ello privaba a los estados cristianos de la parte oriental de la protección que hasta entonces les habían prestado los castellanos. Pronto notaron los efectos. En Cataluña la paz interna se veía amenazada por la rivalidad existente entre los condados de Barcelona y el de Urgel, nunca resignado a ser satélite del anterior. Su conde, Armengol IV, había buscado el apoyo del poderoso conde castellano, Pedro Ansúrez, casado a la sazón con una hija suya. Mientras tanto, el de Barcelona, Ramón Berenguer II, se había favorecido del Cid, el rival de los Ansúrez, casando a su vez con una hija del Campeador. Los beneficiarios de tanto conflicto no fueron otros que los almorávides. En la primera década del siglo XII se apoderaron del valle del Ebro. Después de adueñarse de Albarracín, que había permanecido independiente, en 1110 se apoderaron de Zaragoza. Y aunque en el reino aragonés Pedro I seguía con paso firme sus pequeños avances, que le habían proporcionado las plazas de Calasanz, Bolea y Barbastro, en Cataluña, los almorávides se apoderaban de Balaguer y penetraban por el interior sometiendo la tierra al pillaje.
En el lado castellan las cosas no iban precisamente mejor. A los problemas internos que proporcionaban a Alfonso VI la ausencia de herederos varones y las ambiciones de sus yernos borgoñones, que aspiraban a repartirse la España occidental, se unían los desastres militares que la postrera oleada almorávide la hebía infligido. En 1108 sufrió su última gran derrota en Uclés. Con ella perdió Alfonso todo lo que debía a la mora Zaida, la princesa sevillana que, convertida al cristianismo con el nombre de Isabel, había llegado a ser su esposa. Las plazas de Uclés, Cuenca, Ocaña y Huete, que habían constituido su dote, pasaron a poder de los musulmanes, y lo que es peor, el infante Sancho que aquélla le había dado,único hijo varón por entonces de Alfonso VI, perecía en la batalla a los diez años de edad, al lado del conde de Nájera, que comandaba las tropas castellanas. Fue un desastre del que el rey de Castilla, que años antes se había titulado pomposamente "emperador de las dos regiones", no pudo recuperarse. Al año siguiente moría, dejando un reino amenazado desde fuera por los alomrávides, que habían realizado una espectacular entrada en sus dominios del norte del Tajo, por Talavera, Madrid, Alcalá de Henares y Guadalajara. Falto de sucesión maculina y desconfiando de las ambiciones de sus yernos borgoñones, Alfonso VI había vuelto sus ojos en el último momento al que a la vista de todos aparecía como sucesor del Cid en la dirección de las armas cristianas contra los almorávides: el rey de Aragón, Alfonso I el Batallador. SU designación como cabeza rectora de los estados cristianos a través del matrimonio con Urraca, hija de Alfonso VI, en cuyo proyecto el mismo padre parece que tomó parte, no dejó de ser un gesto simbólico. En realidad, "aquellas malditas y descomulagadas bodas", según la tendenciosa frase de un cronista de la época, no proporcionaron al aragonés ningún refuerzo para enfrentarse a los almorávides. Como habremos de ver en seguida, todas las fuerzas vivas de Galicia, Portugal, León y Castilla parece que se conjuraron para hacer fracasar una unión que tenía ya de por sí bastantes obstáculos en los caracteres personales de los propios contrayentes.
Tanto Alfonso el Batallador (1104-1134) como su hermano y predecesor, Pedro I se movían dentro de un ambiente de cruzada y exaltación cual no se había dado hasta entonces en la Reconquista. Ambos poseían un valor extraordinario y un temperamento idealista que a veces rozaba la improcedencia. Después de algunos éxitos concretos en tierras aragonesas y de contener en Valtierra (enero de 1110) a los alomrávides que atacaban Castilla, llega para Alfonso el momento de los grandes proyectos. Objetivos inmediatos fueron la ocupación de Lérida y Zaragoza; y más remotamente la conquista de Tortosa y Valencia que le abriera una ruta hasta... ¡Jerusalén! Sí, estamos en pleno ideal de cruzadas. Su tío, el conde don Sancho, y su hermano, el rey don Pedro, habían proyectado tiempo atrás ese viaje, el uno como peregrino y el otro como cruzado. El mismo rey Pedro, luchando con el estandarte de la cruz había intentado en otro tiempo tomar Zaragoza y al castillo que instaló en sus proximidades puso el significativo nombre de Deus o vol (Julisbol), que era el grito de guerra lanzado por el Papa en el Concilio de Clermont.
El espíritu cruzado llevó a Alfonso a pedir ayuda a uno y otro lado de los Pirineos para combatir a los musulmanes. En 1118 en un concilio reunido en Toulouse se predicó la cruzada contra los infieles españoles. La gran ofensiva que proporcionaría al Batallador la conquista del valle del Ebro estaba a punto de comenzar. Al sitio de Zaragoza vinieron muchos caballeros franceses, algunos de los cuales, como Gastón de Bearn, habían participado en la primera cruzada. Con ellos trajeron catapultas y otras armas destinadas a combatir recintos amurallados, empleados también por los cruzados en Tierra Santa. Zaragoza se rendía por hambre en 1118, tras varios meses de asedio. Era la puerta que se abría al gran valle aragonés. Todas las ciudades de los ríos Ebro, Jalón y Jiloca fueron cayendo una tras otra: Tudela, Tarazona, Daroca y Calatayud.
Los asuntos de los almorávides comenaron a flaquear en España, por lo que el nuevo dirigente del Imperio, Alí ben Yusuf, decidió trasladarse a la Península con sus tropas, a fin de someter también a aquellos musulmanes que intentaban sacudirse el yugo almorávide. Una parte del ejército fue enviado al socorro de la ciudad de Calatayud. Sin darles tiempo a que llegaran, Alfonso I les alió al encuentro y les presentó batalla campal en Cutanda, cerca de Calamocha. El rey aragonés iba acompañado por Guillermo IX el Trovador, duque de Aquitania, y 600 caballeros escogidos. La victoria fue completa. No sólo se ocupaban los valles adyacentes del Ebro, sino que podía asomarse a los llanos de Teruel. Tras esta victoria el peligro almorávide quedaba conjurado, máxime habida cuenta de que el la montañas del Atlas empezaba a difundirse un movimiento ideológico contrario, el de los almohades, que acabaría suplantándoles.
Con todo, la gloria del Batallador no había llegado aún a su cénit. Ahjroa se empeñaba en la toma de Lérida. Y sin duda lo hubiera conseguido fácilmente; mas Ramón Berenguer III, que ambicionaba extenderse en esa dirección, manifestó su oposición al proyecto, que Alfonso abandonó finalmente. Siguiendo la expansión natural de las tierras conquistadas, se apoderó por el este de Mequinenza, llegando hasta Gandesa y Valderrobles. En dirección sur penetró por la serranía de Cuenca, se apoderó de Molina de Aragón y puso cerco a Valencia. Pero su hazaña más espectacular fue, sin duda, el viaje que realizó por Granada y Andalucía en apoyo de los mozárabes, sañudamente perseguidos por las nuevas autoridades islámicas, especialmente alentadas por los alfaquíes granadinos. Aunque no se cumplió el objetivo, que era tomar Granada (habría que esperar unos siglos para eso), el rey aragonés pudo regresar acompañado de un gran número de cristianos, que empleó en repoblar los grandes espacios recién conquistados.
Las gestas del Batallador tuvieron un triste epílogo en el sitio de Fraga. Continuaba el rey en su empeño de dominar el Ebro y, mientras sus tropas cercaban la plaza de Mequinenza, que de nuevo poseían los musulmanes, el monara organizaba una flota desde Zaragoza, formada por buzas y otras clases de embarcaciones dotada para navegar los ríos, que marchó para apoyar a los sitiadores. Mequinenza hubo de rendirse. Alfonso continuó río abajo, remontando acaso el Segre y el Cinca y luego se dirigió por tierra a Fraga con lo mejor de sus tropas y de sus colaboradores franceses. El cerco que se puso a la ciudad no pudo forzar a los sitiados a una pronta entrega, lo que permitió que Tashufín ben Alí enviara un ejército en su ayuda. Los cristianos se vieron cogidos entre dos fuegos, ya que los sitiados, en una salida, atacaron el campamento, y las tropas almorávides que llegaban cayeron también sobre ellos. La derrota cristiana fue grande y muchos nobles y caballeros perecieron en ella. El propio Batallador tuvo que intervenir en la lucha, resultando herido. Cuando se retiraba hacia Huesca murió por el camino a causa de las heridas recibidas. Con él desaparecía el rey que mejor había encarnado en España el ideal de cruzado.

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