7 oct. 2014

IMPERIALISMO HISPÁNICO. ALFONSO VII. (III)

Definitivamente, la idea unionista e imperial de Alfonso VI, que suponía la fusión de todos los reinos, había fracasado. El Batallador, que se había intitulado emperador, sigue usando este título sobre todo hasta que Alfonso VII de Castilla lo recaba para sí. Acaso con ello quiera decirnos que el título imperial le pertenecía, porque había obtenido el dominio de todos los reinos cristianos, y que en adelante sólo podrá ostentarlo quien realmente psoea ese dominio universal al margen de la tradición neogótica. Era una fórmula más que se proponía para encerrar dentro de ella el ordenamiento de los reinos peninsulares. Mas, por el momento, la realidad se encargaba de dejarla sin efecto.
Contra esa tendencia unitaria trabajaba la evolución de los asuntos internos de los diferentes estados peninsulares. En el extremo más oriental, el condado de Barcelona camiaba seguro hacia su papel de aglutinante de los incontables condados, señoríos y ciudades a quienes la disgregación feudal había permitido vivir prácticamente independientes. Se extendían acá y allá del Pirineo. Su único vínculo común era la lengua romance que empezaba a difundirse hasta la Provenza, en sustitución del latín. Históricamente, los territorios del otro lado de los Pirineos pertenecían a Francia, que, a su vez, proclamaba una vaga pretensión sobre las tierras catalanas, a causa de la intervención de Carlomagno y sus sucesores en la expulsión de ellas de los invasores musulmanes y del vasallaje que los condes prestaron a la monarquía franca durante algún tiempo. Pero lo que realmente podía exigir esa monarquía apenas pasaba de una vaga pretensión. Hubo un tiempo en que su poder efectivo apenas llegaba más allá de los alrededores de París. El resto del territorio, disgragado y roto, sólo obedecía a sus señores, muchos de los cuales, como los duques de Borgoña y de Aquitania, tenían un poder real mucho mayor que el de los propios reyes. Desde la segunda parte del reinado de Felipe I -el monarca que inaugura ese nombre griego en las monarquías occidentales, muerto en 1108- hasta Felipe Augusto, que reina en las postrimerías del siglo XII y en los comienzos del XIII, los reyes francos van a realizar un esfuerzo gigantesco por reintegrar todos esos fragmentos sueltos de la Francia que ello restañan como unidad política y que, lenta pero implacablemente, van a ir sometiendo a su autoridad.
Mas los condes de Barcelona se les habían adelantado y, aprovechando la coyuntura favorable que les ofrecía la disgregación feudal, habían procurado extender su influencia a uno y otro lado de los Pirineos. Ya vimos cómo Ramón Berenguer I el Viejo estrechaba lazos con los señores catalanes, sometiéndolos a su vasallaje, y cómo al casar con Almodís de la Marche se le abrían las puerta del mediodía francés, al heredar ésta el condado de Carcassone-Rases. Ahora Ramón Berenguer III (1097-1131) renovaba todos esos triunfos obtenidos por sus predecesores y, al casar con Dulce de Provenza, conseguía ese condado y las tierras de Millau, Carlat y Gavaldán. Pero mientras en las tierras catalanas unas demarcaciones eclesiásticas fijaban límites geográficos y con sus reuniones o concilios contribuían a crear la imagen de que aquello constituía una unidad política, el resto quedaba unido a la casa condal de Barcelona solamente por vínculos feudales, fundados en lazos matrimoniales, que estaban en peligro de desaparecer al morir los condes.
Por entonces aparecía escrito por primera vez en una fuente histórica el nombre de Cataluña. No deja de ser curioso que esto ocurra en una obra:Hazañas de los Pisanos, donde se narran las gestas de éstos, que entonces habían estado a punto de arrebatar a los catalanes una de sus mayores glorias, la conquista de Mallorca. Gregorio VII había concedido las islas, en feudo, a los pisanos en 1085. Años más tarde, en 1113, previa predicación de la cruzada, una flota que había salido a hacer la conquista hubo de refugiarse en las costas catalanas, donde, tras muchas negociaciones, obtuvieron para esa empresa la colaboración de Ramón Berenguer y los principales condes de la tierra, nombrando al primero jefe de la expedición. Se apoderaron de Ibiza y Mallorca y derrotaron a los almorávides -quienes entretanto habían ido a atacar Barcelona- en el Congost de Martorell y en el sitio que más tarde pusioeron a la capital catalana. Pero no pudieron mantenerse en las Baleares, de donde fueron desalojados poco tiempo después por la escuadra almorávide. Con todo, Ramón Berenguer daba muestras de una capacidad expansiva que durante tanto tiempo parecían haber perdido sus predecesores. Obtuvo de Alfonso el Batallador que no tomase Lérida, por considerarla zona de expansión catalana, y comenzó a repoblar los lugares próximos. Hacia 1126 repobló Tarragona, que estaba abandonada en el límite cristiano-musulmán. Quedó al frente de ella el caballero normando Roberto Bordet. La restauración eclesiástica corrió a cargo del obispo de Barcelona, Olegario. Mas hasta 1154 no volverá a su antigua condición de sede metropolitana, recuperando entonces sus sufragáneas catalanas. En todo los frentes se estaba fraguando la unidad catalana, estrechándose cada vez más los lazos entre sus miembros en torno a la autoridad condal creciente. Por entonces, como expresión de todo ello, se hace la redacción definitiva de los Usatges.

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