26 oct. 2014

EL REINO CASTELLANO-LEONÉS. FERNANDO III (I).

La gran gesta de las Navas de Tolosa había tenido el efecto de detener el peligro almohade sobre los reinos cristianos, pero también había servido para clarificar posiciones entre éstos, sobre todo en lo que se refiere a la zona occidental. Alfonso IX de eón no había participado en la batalla, lo que le colocaba en aquellos momentos de júbilo en un segundo plano, mientras contemplaba cómo su gran antagonista, Alfonso VIII de Castilla, se cubría de gloria a los ojos de toda la cristiandad. A su lado, los otros reyes participantes en la gran jornada quedaban también relegados, no obstante la importancia de algunas de sus acciones antes y durante la batalla. Los temores que alentaron casi siempre la política del rey leonés de verse cerrado el paso por castellanos y portugueses hasta las tierras conquistables del sur, crecían ahora tras los últimos acontecimientos. La potencia castellana y el dinamismo portugués, que se beneficiaba del paso de las flotas de cruzados por sus costas para arrebatar fortalezas a los musulmanes, le amenazaban con la asfixia. Todo el trabajo de una vida podía venirse abajo en un momento. En efecto, Alfonso IX había dedicado todos sus esfuerzos a engrandecer el reino que había recibido, robusteciéndolo interiormente y moviéndose en el delicado campo de las relaciones exteriores entre muchas dificultades. A veces se había visto obligado a adoptar posturas que alejaron las simpatías de su persona. Pactó con los almohades para que Extremadura no fuera portuguesa. Favoreció las rencillas internas de Castilla, a fin de conservar zonas trigueras, necesarias para ateder a las necesidades de consumo de la población de su reino. En fin, había quedado en Babia (residencia de recreo de los monarcas leoneses) a causa de esto último, mientras los demás reyes obtenían el mayor triunfo de las armas cristianas sobre el Islam en la Península. Alfonso IX había dado fueros y libertades a los hombres de ciudades y villas, procurando reedificar y poblar el mayr número posible de ellas. Había buscado el apoyo del clero de su reino mediante concesiones materiales y favoreciendo sus aspiraciones jerárquicas, sobre todo en lo que a la iglesia de Santiago se refiere, que él mandó consagrar solemnemente en 1211, a fin de convertirla en el centro espiritual del país.
En 1211, en vísperas de la gran empresa contra los almohades, una posible alianza castellano-portuguesa, nada improbable, podía cortar la vitalidad de su reino, y acaso su independencia. Como jabalí herido que siente el acoso de los cazadores que le persiguen, Alfonso IX descendió de las montañas leonesas y comenzó a dar dentelldas a uno y otro lado de Castilla y Portugal, sin esperar a que los reyes de estos países tomasen ningún acuerdo en contra suya. A Portugal, aprovechando la sucesión de Alfonso II y los problemas iniciales de su reino le arrebató Coimbra, y a Castilla, que se preparaba para luchar contra los almohades, varios castillos, como Ardón y Alba de Aliste.
A pesar de todas estas inquietudes, la magnanimidad de Alfonso VIII vino a sembrar la tranquilidad en el corazón del rey leonés y abrió un cauce de relaciones pacíficas, por el que, a pesar de las desconfianzas de Alfonso IX, iba a allegar a la reunificación de ambos reinos. En noviembre de 1212, los reyes de León, Castilla y Portugal se reunieron en Coimbra, donde firmaron un importante tratado que fijaba las zonas de reconquista que correspondían a cada uno de ellos. Así quedaba solucionado el problema que más había inquietado al rey leonés. Ahora sólo quedaba por saber hacia qué lado se rompería el difícil equilibrio que los tres reinos occidentales se esforzaban por conseguir. De ello dependía el futuro de gran parte de España. Como siempre, las ambiciones de las familias poderosas o los intereses dinásticos, badajados por medio de alianzas matrimoniales, forjaban los destinos de los pueblos. Buena muestra de ello son los sucesos que afectaron en años sucesivos a los reinos que nos ocupan.
El 5 de octubre de 1214 moría Alfonso VIII. De sus hijos varones (tres de ellos habían llevado el nombre de Fernando), sólo le había sobrevivido uno, que le sucedió con el nombre de Enrique I. Era éste un niño de once años de edad, el cual quedó muy pronto bajo a tutela de su hermana mayor, Berenguela, la cual había estado casada con Alfonso IX de León y luego separada por órdenes pontificias, a causa del parentesco existente entre ambos. Berenguela estaba dotada de un temple y una inteligencia excepcionales. Muy pronto hubo de dar muestras de ambas cosas, pues la familia de los Lara, encabezada por Alvar Núñez, aspiró a hacerse con la regencia, pretextando la inconveniencia de que fuese ejercida por una mujer. Berenguela supo ceder para evitar males mayores, contentándose con exigir ciertas garantías al conde de Lara, que éste no cumpliría. La reina buscó entonces el apoyo de otras familias de la nobleza, que no figuraban en el partido de los Lara: los Téllez y los Girón, que hacía poco que habían constituído sus patrimonios por tierras palentinas. Entonces se reveló una guerra sorda entre Berenguela y el nuevo regente, que puso sobre el tapete la cuestión a la que aquélla iba a dedicar todos sus esfuerzos: la defensa de los derechos de su hijo Fernando habido en su matrimonio con el rey de León, y que era considerado legítimo, no obstante la ulterior separación de los cónyuges, impuesta por Roma.
Este príncipe, al que la Historia conocerá como Fernando III el Santo, había nacido en 1199 en Zamora, donde lugego se levantaría el monasterio de Valparaíso. Tenía un hermano mayor (muerto en 1214), hijo de Alfonso IX y Teresa de Portugal, también separada del rey por la misma causa, quien le había dado previamente dos hijas, Sancha y Dulce. Fernando creció, por tanto, en Castilla, donde Enrique I sucedía a Alfonso VIII, como en León, donde Alfonso IX no sentía ninguna prediección por el hijo de doña Berenguela y hacía esfuerzos por dejar el reino a las hijas de Teresa de Portugal. Sin embargo, Berenguela iba a luchar por los derechos preferentes de su hijo, en calidad de varón, al trono leonés (mismos argumentos que a ella le habían impedido la regencia),derechos que ella había respetado en Castilla al permitir que su hermano menor, Enrique I, heredase la corona. Pero el conde de Lara, no satisfecho con haberla apartado de la regencia castellana o más probablemente por no considerarse muy seguro, intentó una maniobra destinada a privar a Fernando de sus derechos al trono leonés. Propuso el matrimonio de Enrique I con la hija mayor de Alfonso IX de León y Teresa de Portugal. De esta forma, los esposos reunirían las dos herencias y León y Castilla se reunificarían de nuevo. No obstante, Berenguela no necesitó emplear demasiadas energías, como en anteriores ocasiones, para desbaratar este nuevo proyecto de su enemigo. El escaso entusiasmo con que fue recibido en León, donde no se confiaba mucho en los Lara, hizo que fuera retrasado.

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