3 oct. 2014

DEFENSA CRISTIANA. DEL CID A ALFONSO EL BATALLADOR (II)

El primer plan de defensa ideado por Alfonso VI preveía la ocupación por los cristianos de todo el territorio situado al norte de Valencia y Lisboa, en el que colaborarían todos los príncipes españoles, incluidos los musulmanes no sujetos a los almorávides, además de las repúblicas de Génova y Pisa, que buscaban apoyos comerciales en el levante español. Pero el plan se rebeó inconsistente cuando el monarca atacó Tortosa y Valencia, se quedo solo y hubo de batirse en retirada. Este y otros reveses de Alfonso VI movieron al cadí valenciano Abu Ahmad ben Chahhaf a deponer a Al-Qádir, instaurando en su lugar un gobierno republicano presidido por él. El viejo amigo de los cristianos tenía que salir huyendo de Valencia, mas en la huída fue alcanzado, pereciendo con su tesoro, que llevaba consigo. En él figuraba un famoso cinturón de piedras preciosas, lucido siglos antes por Zubayda, la bella favorita de Harum Al-Rashid y protagonista con él de tantos episodios de Las Mil y Una Noches. Entretanto, Alfonso VI, que perseuía con obstinación su antiguo plan, conseguía entrar en Lisboa, Santarem y Cintra, alargando sus dominios portugueses, sobre los que se empezaba a enseñorear la casa de Borgoña. En el extremo oriental, el Cid parecía darle fácil remate, al entrar, en 1094, en Valencia, tras someterla a un largo cerco y expulsar a la guarnición almorávide que el nuevo gobierno de la ciudad había reclamado. Un pacto de ayuda mutua, firmado entre Rodrigo y Pedro I, rey de Aragón y Navarra, parecía que incluso iba a hacer efectivos los proyectos soñados por Alfonso VI de colaboración entre los príncipes cristianos.
Entretanto, los almorávides preparaban su respuesta. Con escaso intervalo de tiempo atacaron Valenci y Lisboa. A Valencia fue enviado un sobrino de Yusuf con un poderoso ejército. El Cid creyó oportuno recabar auxilios de Alfonso VI y de su aliado, el rey aragonés. Pero antes de que los refuerzos llegaran tuvo que entrar en combate. Por la noche sacó sus tropas de Valencia, apostando una parte de ellas cerca del campamento almorávide y atacando él con el resto hacia el amanecer. Entonces puso en práctica una táctica aprendida de los musulmanes, llamada de "torna fuye", consistente en retiradas simuladas que engañaban al enemigo. El Cid consiguió por este sistema alejar del campamento a las mejores tropas enemigas, después de lo cual los apostados se lanzaron sobre éstas, produciendo el pánico general de los almorávides, quienes huyeron derrotados. Por primera vez sufrían los invasores una derrota en campo abierto. Su vencedor era Rodrigo Díaz de Vivar, el héroe castellano con quien tanto jugó la fortuna, pero al que nunca faltó el valor. Ufano de su triunfo, envió a su rey el quinto del fabuloso botín recogido en el asalto al campamento. En el otro extremo de la Península, la suerte no sonrió tanto a los cristianos. Los almorávides recuperaron Lisboa y derrotaron a Raimundo de Borgoña.
Mientras tanto, el pequeño reino de Aragón daba un paso importante en su expansión hacia el sur, al conquistar en 1096 la ciudad de Huesca. La victoria tenía un doble significado. En primer lugar porque permitía a los aragoneses salir de su encierro entre montañas a los llanos que miraban hacia el valle del Ebro; pero además, la toma de Huesca tenía la virtud de romper el cerco a que habían sometido los castellanosal reino aragonés, tomando bajo su protectorado a los príncipes musulmanes de la zona. De acucerdo con esto, Al-Must'in de Huesca, al verse en situación apurada, pues Pedro I le asediaba desde un montículo próximo llamado "El Pueyo de Sancho", pidió auxilio a sus aliados castellanos. El conde de Nájera, García Ordóñez, acudió en su ayuda, pero ambos fueron derrotados por el rey aragonés en la batalla de Alcaraz, después de lo cual Huesca hubo de rendirse a sus condiciones. Esta victoria dejaba al aragonés las manos libres para ir en ayuda del Cid, su gran amigo, quien ante la inminencia de un fuerte ataque almorávide, le pidió refuerzos.
Efectivamente, Yusuf hacía su cuarto y último viaje a España, con el fin de imponer definitivamente su dominio. En Levante, las tropas del Cid y Pedro I, a quien acompañaba su hermano Alfonso, el futuro Batallador, acudieron en socorro del castillo de Peña Cadiella, cercado de almorávides, a los que hicieron huir y poco después derrotaron en Bairén, cerca del mar, donde el enemigo era abastecido por una flota. Corría elmes de enero de 1097. Por el centro, las tropas musulmanas atacaron Consuegra. Día amargo para el emperador y también para el Cid, cuyo único hijo varón, Diego, cayó muerto en la batalla. A continuación, Alvar Fáñez era, a su vez, vencido cerca de Cuenca. En definitiva, el Cid se revelaba como el único valladar capaz de contener a los almorávides. A su lado, los aragoneses olvidaban la rivalidad con Castilla por la posesión de las tierras del Ebro y juntaban las armas para oponerse a los invasores. Mas pronto iba a producirse el relevo en la defensa cristiana de la zona oriental. El Cid, que había completado la posesión de Valencia con la conquista de otras plazas, muere prematuramente en el verano del 1099. Con él desaparecía no sólo un héroe providencial que con las armas había podido hacer frente a los almorávides, sino también el hombre de gran talento y singular cordura que había sabido elevarse sobre los intereses de su tierra castellana, en pro de una cooperación con los otros reinos cristianos de la Península. De uno de ellos precisamente, Aragón, saldrá la gran figura de Alfonso el Batallador, a quien corresponderá poner el freno definitivo a los almorávides.

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