1 oct. 2014

ALFONSO VI: EUROPEÍSMO Y CRUZADA CONTRA EL ISLAM. LOS ALMORAVIDES (II)

La enorme fragilidad estructural de los Imperios dentro del mundo musulmán, hacía que apareciera con relativa frecuencia un pueblo dotado de singular pujanza, el cual construía su propio Imperio sobre los restos de los anteriores. Después de la caída delos abasíes, nadie podía soñar en volver con la unidad de los inmensos territorios islamizados desde el Indo hasta el Atlántico. Surgieron diversas unidades geográficas de menor extensión, una de las cuales estaba constituida por la España musulmana y el norte de África. Dentro de ella sólo el Magreb y Al-Ándalus poseían un grado de civilización e islamización avanzado. Los del lado africano estaban, por lo general, constituidos sobre la base de la organización tribal, con un amplio margen de insumisión, lo que daba a cualquier organización estatal una gran fragilidad. Casi siempre todos los Imperios que durante la Edad Media irradiaron de esta zona tenían como centro a alguna tribu que había conseguido imponer su yugo sobre las demás. La base económica de estas potencias no era despreciable: existía una importante fuente de riqueza, el oro, que había afluido desde el corazón de África hacia los grandes centros comerciales de Europa y Asia. Una de sus rutas atravesaba el norte de África y Al-Ándalus para dirigirse a los países del Occidente europeo. Quien poseyera el control de esa ruta tenía el poder económico suficiente para extender su dominio sobre todas las tribus y países islámicos circundantes.
Casi siempre estos movimientos solían originarse en torno a una idea religiosa. En el caso almorávide, la iniciativa partió de Yahya ben Ibrahim, jefe perteneciente a la tribu de los Snhacha, que habitaba en las proximidades del desierto y poseía una islamización muy superficial. Hacia 1038 Yahya realizó una peregrinación a La Meca, donde pudo comprobar las diferencias que había entre el verdadero Islam y el que su tribu practicaba. De regreso, se hizo acompañar de un alfiquí de Tafilat, llamado Abd Allah ben Yasin, para que predicara la religión a la gente de su tribu. Pero los beréberes no recibieron bien a este predicador. En vista del fracaso, se retiraron con los pocos seguidores que tenían a uno de esos ribat o monasterios fortificados cerca del Níger, donde practicaron un islamismo rudimentario y rigorista, en el que entraban como principios fundamentales el odio a los países islámicos dominados por el lujo y la molicie, como el Magreb y los taifas españoles, y la guerra santa contra los infieles. En virtud de esta fiera condición, ellos son los que van a crear la imagen del musulmán fanático y cruel que luego ha conservado la Historia (y que nada tiene que ver con los musulmanes anteriores a ellos).
Ambos jefes, político y religioso, de estos "habitantes del ribat" pronto se adueñaron de las regiones circundantes y extendieron sus dominios hasta la costa atlántica. Al morir ambos, quedó de jefe de la comunidad Yusuf ben Tashufín, que dio al movimiento una mayor consistencia política conquistando nuevas tierras en dirección al Mediterráneo. Como centro del nuevo imperio fundó la ciudad de Marrakech, a la que convirtió en capital de la dinastía por él inaugurada, que acabaría dominando todo el Occidente africano, a excepción de Ifriquiya, después de imponer s dominio a todas las tribus beréberes. A pesar del recelo que les producían estos fanáticos enemigos de todo refinamiento, los taifas españoles comprendieron que eran la única salvación que les quedaba frente a las ambiciones expansionistas e imperialistas de Alfonso VI. Durante varios años estuvieron repitiendo su llamada de socorro a los almorávides. Éstos tardaron en responder, debido a que antes creyeron necesario asegurar su dominio sobre el Estrecho, conquistando sus principales plazas del lado africano. Este objetivo quedó conseguido cuando en 1084 se apoderaron de Ceuta.
En 1085 las acciones de los cristianos colmaron la paciencia de los musulmanes. Toledo se rendía este año a Alfonso VI con unas más que honrosas condiciones, entre las cuales estaba la conservación de la mezquita mayor -hecho que escandalizó a los miembros franceses de la corte del monarca castellano, entre los que se encontraba el abad de Sahagún, Bernardo, nombrado primer arzobispo de Toledo-. A pesar de que el gobernador de esta plaza, el mozárabe Sisnando Davídiz, comprendía la necesidad de seguir con los musulmanes una política de tolerancia, no pudo impedir que entre la reina y el arzobispo armasen a un grupo de caballeros, quienes una noche se apoderaron de la mezquita y la convirtieron en catedral. A este atropello se unió la exigencia de más tributos y el envío de lugartenientes de Alfonso a las capitales de sus taifas vasallos, que los fiscalizaban y coartaban su libertad de movimientos. A Sevilla fue destinado Alvar Fáñez, el héroe compañero del Cid, con una carta en la que el rey de Castilla osaba titularle "emperador de las dos regiones". En Valencia era entronizado el inhábil Al-Qadir. En la región murciana, un caballero llamado García Jiménez construía la inexpugnable fortaleza de Aledo. Ningún punto de la España musulmana podía resistirle. Muchos pensaron que "era preferible ser pastores de camellos con los almorávides que guardar puercos con los cristianos" (Al-Mu'támid de Sevilla). Cuando el rey de Sevilla recibió de Alfonso VI la reclamación de todas las plazas que en algún momento habían pertenecido al reino de Toledo, no aguantó más. En unión de los reyes de Badajoz y Granada llamó a Yusuf ben Tashufín, quien en el verano de 1086 atravesó por primera vez el Estrecho, al frente de un numeroso ejército.
Yusuf era un anciano cuando pisó por primera vez el suelo español. A pesar de ello, realizó cuatro viajes para atender los asuntos islámicos de la Península. Dos objetivos principales se había propuesto, uno militar y otro religioso, muy en consonancia con el espíritu que alentaba al movimiento almorávide. El primero de ellos apuntaba a la recuperación de Toledo y a la destrucciónde la fortaleza de Aledo. En el plano religioso, aspiraba a reformar las frívolas costumbres de los príncipes musulmanes de la Península y a restablecer en todo su rigor las normas coránicas a cualquier precio. De hecho, después de consultar con sus correligionarios de Oriente, llegará a destituir a los príncipes poco fervorosos para sustituirlos por otros más ejemplares. Con su habitual fiereza, concluyó una larga tradición de tolerancia hacia los mozárabes que seguían viviendo en las tierras musulmanas, colocándolos en el dilema de abrazar el islamismo o ser deportados al norte de África. Aunque no tuvo tiempo de ponerlo totalmente en práctica, sí llevó a cabo alguno de esos trasvases de población, que supusieron una merma considerable de las comunidades mozárabes y la llegada al sur de Andalucía, para sustituirlos, de grupos de beréberes, quienes contribuyeron a africanizarla.

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