22 sept. 2014

TRAS LA MUERTE DE SANCHO EL MAYOR: LOS CINCO REINOS

Se cerraba un período de casi 35 años de hegemonía vascona, años de revitalización en todos los órdenes de la vida en el Occidente europeo, que alcanzaron a España a través del reino de Navarra, impregnando particularmente sus instituciones políticas. Al morir Sancho el Mayor, un nuevo panorama aparece ante nuestros ojos. No hubo un heredero único que recoviese sus extensos dominios. El primogénito, García, quedó como rey de Navarra, ya que éste era el Estado patrimonial que, según el derecho navarro-aragonés, correspondía al mayor de los hijos varones. Fue ese mismo derecho, que asimilaba los dominios regios a cualquier patrimonio familiar privado, lo que permitió que los otros hijos de Sancho el Mayor heredasen también. Era tradicional que, mientras los territorios patrimoniales pasaban al mayor de los hijos, los otros podían heredar cuanto el rey hubiese adquirido por su cuenta, esto es, los bienes acapetos o conquistados. Fernando, que había sido investido ya con el título feudal de conde de Castilla, empezó a ejercerlo con plena autonomía. Gonzalo, el menor, recibió los condados de Sobrarbe y Ribagorza. Ramiro, un bastardo que Sancho había tenido con una dama de Aybar, obtuvo el condado de Aragón ensanchado con algunos valles y lugares cercanos. Mas Sancho el Mayor no creó ningún título nuevo. Ni siquiera fragmentó ni repartió sus reinos, conforme había dicho algunas veces. Se contentó con situar a sus hijos al frente de las diferentes comunidades políticas ya existentes, con la misma titulación que venían recibiendo tradicionalmente y con las mismas vinculaciones entre ellas, respetando incluso esa superioridad jerárquica que se reconocía al monarca leonés. Las únicas modificaciones de fronteras se introdujeron para anexionar a Navarra las provincias vascongadas y La Rioja, y a Castilla las tierras entre el Cea y el Pisuerga, siempre en litigio. Y serán en lo sucesivo motivo de continuas fricciones que no acabarán hasta el restablecimiento de la normalidad.
Fueron los propios hijos del rey navarro los que hicieron evolucionar la situación política al tomar algunos de ellos el título real. El primero fue Ramiro, que, al obrar así, convirtió Aragón en la tercera monarquía cristiana de la Península, aunque conservó en ciertos aspectos la subordinación a Navarra hasta la muerte del rey García, su hermano. Ramiro se había visto obligado a jurar a su padre que acataría en todo su testamento, el cual le dejaba en calidad de conde de Aragón, bajo la superior autoridad de García.
Algún tiempo después el ejemplo de Ramiro era seguido por Fernando, quien por el momento seguía titulándose solamente conde de Castilla. Éste había recibido una Castilla mutilada por el costado navarro y ampliada a expensas del reino leonés. Ambas situaciones eran transitorias, aunque de distinta manera. La posesión de las tierras del Cea y el Pisuerga ina a enfrentar al joven conde castellano con el monarca leonés Bermudo III, y a traer como resultado para Castilla el título de reino. Instalado de nuevo en León, y tras ser reconocido su título imperial por los príncipes cristianos, Bermudo se decide a recuperar las tierras que le había arrebatado Castilla. Atacó a las tropas de Fernando, quien, en unión de su hermano, el rey de Navarra, lo derrotó en el valle del Tamarón, tras un duro combate en el que el monarca leonés perdió la vida. Inopinadamente, Fernando I se vio dueño del reino de León por derechos de su esposa, doña Sancha, ya que Bermudo moría sin sucesión. El 22 de junio del 1038 era solemnemente coronado en la catedral leonesa. Castilla y León volvían a formar un todo unido (siempre su separación será considerada una situación anormal). Mas ahora CAstilla aparece figurando como reino y no como condado, y Fernando es rey con igual dignidad en ambos estados. Y lo que es más importante: Castilla suplantaba a León como centro de acción y del poder de la nueva casa real. Era un relevo inevitable, dado el dinamismo castellano y el conservadurismo leonés, al que el pomposo título imperial no era ya capaz de insuflarle la vitalidad necesaria para seguir ejerciendo el liderazgo de los estados cristianos. No obstante, Fernando prestó particular atención a los asuntos leoneses, al menos mientras duró la luna de miel con su nueva conquista. No sólo se adorna a sí mismo y a su esposa doña Sancha con el título imperial, que sus hermanos los reyes de Navarra y de ARagón le reconocen, sino que, para atender a los problemas del reino, reúne una magna asamblea o Curia Regia, a la que asistieron los obispos (el llamado Concilio de Coyanza, actualmente Valencia de don Juan), en la que se confirmó el fuero de León, dado por Alfonso V, y se tomaron otras disposiciones que, al poner en vigor antiguas leyes visigodas, parecían fomentar el tradicionalismo leonés. Pero, a lo más, se trataba del último reverbero de un crepúsculo, porque lo que realmente estaba ocurriendo era la europeización de la corte y la cancillería leonesas, copiándolas de Navarra, la feudalizante terminología europea y, con ella, no pocas de sus instituciones.
En el frente oriental, el primer monarca castellano reclamó a su hermano García de Navarra las tierras que su padre había desmembrado de Castilla para ampliar su Estado patrimonial. Fernando acudió a Nájera con ocasión de una enfermedad de García, y ya la discusión debía ir tomando un mal cariz, pues los navarros intentaron prenderle, debiendo regresar el emperador leonés precipitadamente. Por idénticos motivos, García visitó poco después a Fernando, quien, en reciprocidad, ordenó que le encerraran en una prisión, de la que se evadió al poco tiempo. La guerra llamaba a la puerta. El rey de Navarra, nada más llegar a sus estados, comenzó a hostigar a los lugares fronterizos castellanos, en cuya defensa dio excepcionales muestas de valor un infanzón del lugar fronterizo de Vivar, cuyo nombre, Diego Laínez, no obstante sus propios merecimientos, entraría en la historia de manos de su hijo Rodrigo Díaz, el Cid Campeador. La situación entre Navarra y Castilla iba empeorando, y de nada sirvió la mediación de dos santos abades, Domingo de Silos e Íñigo de Oña, pertenecientes a los dos monasterios más importantes de uno y otro reino. Los dos hermanos se encontraron al fin en Atapuerca, en septiembre de 1054, donde García, abandonado en el último momento por algunos de sus nobles, fue derrotado y muerto en el combate, que resusltó desastroso para los de su bando. Fernando se mostró poco exigente con los vencidos, a los que tan sólo reclamó la devolución de la parte de La Bureba que poseían. Tomó el cadáver de su hermano y marchó a darle sepultura en Santa María de Nájera, que éste había mandado edificar. Mas la victoria mayor de Fernando I fue la consagración de su hegemonía sobre los príncipes cristianos, que el nuevo rey navarro, Sancho IV, designado sobre el mismo campo de batalla de Atapuerca, se había visto obligado a reconocer, rindiéndole pleitesía.
Parecía que de momento la situación de la España cristiana entraba en una fase de estabilidad, bajo la mirada del rey de astilla y emperador de León. En Aragón, Ramiro I había extendido sus dominios sobre Ribagorza y Sobrarbe a la muerte de su hermano Gonzalo. En Cataluña, Ramón Berenguer I había designado en 1035 como sucesores paritariamente a sus tres hijos, Ramón Berenguer I, Sancho y Guillermo, estos dos últimos renunciaban a sus derechos en favor del primero. Se prefilaban, pues, aquí y allá las formaciones políticas que iban a permanecer durante varios siglos en España. Quedaba en pie la vacilante unión de Castilla y León y faltaba tan sólo por emerger a la superficie el reino de Portugal. Cinco estados, cinco reinos, que se preparaban para protagonizadr la gran etapa de expansión económica, cultural y reconquistadora que la nueva coyuntura por la que atravesaba Occidente abría ante sus ojos.

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