21 sept. 2014

SANCHO III EL MAYOR DE NAVARRA

Efectivamente, a partir del año Mil, los estados cristianos españoles entraron en una nueva etapa de su historia con una nueva fisonomía política.
Puede decirse que el autor de las transformaciones que van a producirse es Sancho III el Mayor, rey de Navarra. Este monarca, que reinó durante los primeros 35 años del siglo XI, trastocó por completo las relaciones de unos estados con otros. Por primera vez la hegemonía política de la España cristiana sale del reino astur-leonés para ser detentada por el monarca navarro. Por primera vez también desde que se han multiplicado los reinos cristianos deja de ser una pura aspiración, una primacía honorífica sobre los demás, para convertirse en algo real. Sancho el Mayor consigue hacer efectivo su dominio e imperar "desde Zamora a Barcelona", como diría en alguno de sus documentos. Llegado al culmen de su poder, se considerará legítimo sucesor de los monarcas leoneses, que él ha arrinconado en Galici, y tomará también el título de emperador. Así figura en algunos de los últimos documentos de su reinado, donde a veces se llama Serenissimus princeps magunos, al estilo de los emperadores de allende los Pirineos, y en las monedas acuñadas en Nájera con la leyenda "Imperator". A pesar de que el monarca vascón vive y siente la unidad española, tampoco ignora su pluralismo político. Él es el primero en titularse "rey de España", iniciando una larga costumbre seguida por sus sucesores, para quienes la idea de la unidad peninsular se mantiene de forma milagrosa, a pesar de la fragmentación cada vez más evidente. Mas también sabrá respetar la cohesión interna de cada una de las comunidades peninsulares sobre las que impera con plenitud de soberanía. A su muerte, Sancho el Mayor repartió los estados entre sus hijos, como si se tratara de un patrimonio privado. Pero eso es sólo parcialmente cierto, ya que ninguna de las comunidades que entraban en juego -Castilla, Navarra, Aragón- fue repartida, sino que a cada una se le asignó su príncipe correspondiente, respetando su unidad interna. El pluralismo político quedaba consagrado. Cualquier afán imperial o hegemónico ulterior habrá de hacerse sobre esta base.
En otro ámbito, la obra de Sancho el Mayor supuso un incremento de las relaciones e intercambios culturales con Europa. Como parte de un fenómeno general de Occidente, al facilitarse las comunicaciones, esos contactos llegaron a través de Navarra, favorecidos por su situación geográfica y por el brillante momento que atravesaba su monarquía. A través de Navarra -por el Camino de Santiago- van a entrar en los estados cristianos las ideas feudales, que pronto servirán de vehículo para subordinar unos príncipes a otros. Reflejo de tales novedades son algunos vocablos que por el mismo camino nos llegan, como la palabra "vasallo" o los vocablos "curia" o "Cort" con que se empiezan a designar las asambleas palatinas y las que darán luego origen a las Cortes medievales. El propio monarca navarro introduce en España la reforma de Cluny, implantada por él en los importantes monasterios de San Salvador, de Leire y San Juan de la Peña. Estos monjes serán los mejores colaboradores del papado en su política reformista y unificadora. Finalmente, Sancho el Mayor impulsará la corriente de peregrinaciones que, al reactivarse la vida europea, aumenta también en dirección a Santiago de Compostela. Él la conduce por mejores derroteros de los que tradicionalmente venía siguiendo por las abruptas montañas cántabras. Un nuevo trazado al sur de la cordillera llevará a los peregrinos por Navarra y La Rioja, en vez de por Álava. En lo sucesivo, será la ruta tradicional.
Decíamos antes que Sancho III el Mayor había conseguido tener bajo su autoridad a casi toda la España cristiana. El rey navarro empleó todo el inmenso caudal de sus energías para conseguirlo. Se le ha acusado por ello de haber descuidado la lucha contra el Islam, a fin de dedicarse a intervenir en la vida de los otros estados cristianos. Esto es, efectivamente, cierto. Y no por falta de aptitudes militares, pues su destreza y habilidad en el manejo de las armas le merecieron el epíteto de Cuatro Manos. Pero la idea de regir el pequeño mundo cristiano de la Península pesaba más en él que la de guerrear con los musulmanes. Y no le faltaron éxitos en la dirección que dio a su política. Durante los años de su reinado, nuevas tierras vinieron a unirse a sus dominios y algunos príncipes le rindieron vasallaje.
Castilla fue el campo más inmediato, y a la vez el más importante, sobre el que Sancho empezó a ejercer su influencia. En 1017 había tenido lugar la muerte del conde Sancho García, que tanto había trabajado por sustraer el condado a la autoridad leonesa. Su labor emancipadora se vio pronto frenada por la sucesión de un niño, su hijo el infante García. Mas ya era un hecho notable que un niño pudiera mantenerse como su sucesor. Castilla daba con ello una prueba de que su enfrentamiento a León no era obra de un guerrero afortunado, sino de todo un pueblo que estaba llegando a la madurez política. Pero al mismo tiempo la minoridad de su príncipe dejaba la puerta abierta a todas las injerencias. Por ella entró el rey navarro, casado con Munia, la hermana del conde castellano. Sancho supo presentarse como defensor de los intereses de Castilla cuando el rey de León, Alfonso V, aprovechando la minoría de edad del infante García, suscitó una vez más la cuestión de las tierras comprendidas entre el Cea y el Pisuerga, de las que se apoderó en 1017. Durante los años siguientes, León y Navarra estuvieron al borde de la guerra. No obstante, la cuestión se zanjó mediante el matrimonio de Alfonso con Urraca, hermana del rey navarro. De esta forma Sancho el Mayor se vinculaba, mediante enlaces matrimoniales, con León y Castilla, la cual, a su vez, establecía lazos de parentesco con los condes catalanes, al casar la princesa Sancha con Berenguer Ramón. Los frutos de estos acercamientos iban a ser para Navarra. Su rey obtuvo de Castilla una fijación de fronteras que dejaba dentro de su terrotorio toda La Rioja. Luego obtenía -o por lo menos se arrogaba- cierta soberanía feudal sobre los condados de Barcelona y Gascuña.
Notardó en hacerse dueño de toda Castilla. La ocasión vino con motivo de las proyectadas bodas del infante García con Sancha, hermana del nuevo rey de León, Bermudo III. Se había llegado a este acuerdo gracias a la influencia del partido navarro que actuaba en la corte leonesa, capitaneado por la reina viuda doña Urraca. En el trasfondo de él estaban las aspiraciones castellanas de recuperar las tierras del Cea y el Pisuerga y obtener definitivamente el título de reino. Parece ser que la dote que la princesa leonesa aportaría al matrimonio serían las tierras citadas. El príncipe castellano, que apenas alcanzaba los dieciocho años, se encaminó a León. Pero la boda no llegaría a celebrarse. En las montañas leonesas, en sus dominios de Somozas, vivía la familia alavesa de los Velas, viejos rivales de Fernán González y de sus descendientes, los condes de Castilla. Para satisfacer su antiguo deseo de venganza, tres miembros de los Velas, Diego, Rodrigo e Íñigo, aprovecharon el viaje del conde castellano a León y lo asesinaron cuando salía del palacio real de conocer a su prometida. El rey de Navarra, que había acampado en las afueras de la capital, recogió el cadáver del infortunado príncipe, al que dio definitivo descanso en el monasterio de Oña. Mas los tristes sucesos favorecían de manera especial a Sancho el Mayor, quien, por su matrimonio con la hermana de la víctima, cabía esperar que reclamase el condado de Castilla, como así fue. Esta circunstancia, y la de que en su séquito figuraran algunos cómplices del atentado, contribuyó a difundir la sospecha de que Sancho no había sido del todo ajeno al crimen cometido. Pero ninguna otra prueba que lo confirmase se había podido añadir. El condado de Castilla pasaba a engrosar sus dominios. El rey de Navarra, no atreviéndose a a realizar una anexión completa que hiriese los sentimientos nacionalistas castellanos, dio a su hijo Fernando el título condal, pero se reservó para sí el ejercicio del poder. Con el apoyo navarro, Castilla conseguía apoderarse de las tierras entre el Cea y el Pisuerga. Sancho no cejaba en su afán de intervenir en los asuntos internos de los estados occidentales, poniendo en juego su poder a favor de la causa que más le convenía. Tan pronto apoyaba a los magnates gallegos y al obispo de Santiago, alzados en rebeldía contra Bermudo III, como enviaba tropas en auxilio de éste para someter a los rebeldes.
En los últimos años de su reinado se decide Sancho a atacar al rey de León, quien, al llegar a la mayoría de edad, había expulsado de su corte al partido navarro y a su principal figura, la reina madre, doña Urraca. Tras un intento de paz a través de un proyecto matrimonial entre el infante Fernando, entonces conde de Castilla, y la hija del rey leonés, Sancha, las tropas vasconas finalmente atacaron al rey de León y se apoderaron de Zamora y Astorga en 1033 y, pocos meses más tarde, ocuparon la capital del reino y arrinconaron a Bermudo III en Galicia. Era el cenit del poder militar de Sancho el Mayor, que le impulsaba a manifestarse dueño de la España cristiana "de Zamora a Barcelona" y a hacer figura de emperador desde la augusta urbe leonesa, llevando esa titulación a las monedas y documentos. Pero su dominio sobre León no lo iba a disfrutar mucho tiempo. Al año siguiente moría y era enterrado en Oña. Pocos días después del óbito, una violenta ofensiva lanzada por Bermudo III contra su capital, le deparaba la recuperación de ésta.

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