3 sept. 2014

LOS CALIFAS, ÁRBITROS DE LA ESPAÑA CRISTIANA (y III)

Durante los años que siguieron Al-Ándalus ve desfilar por su corte una serie ininterrumpuda de embajadas cristianas que acuden a Córdoba a prestar su reconocimiento y pleitesía al califa o a negociar con él tratados de paz. El primero en acudir fue el reino de León, donde un niño de corta edad, Ramiro III, había sucedido a su padre, Sancho el Craso bajo la tutela de su tía doña Elvira, que vivía retirada en un monasterio de San Salvador de León. Aunque la sucesión de Ramiro III fue refrendada por un simulacro de elección en la que tomaron parte los nobles, éstos rehusaron bien pronto el gobierno el niño y una monja, dotada, no bstante, de excepcionales dotes de energía, y comenzaron a obrar por su cuenta y riesgo. En tales condiciones, la regente doña Elvira pensó que debía tener seguras sus fronteras con el Islam, para lo cual renovó con Al-Hakam II la tregua que anteriormente se había concertado. Detrás de ella acuden a Córdoba los magnates gallegos y leoneses independientes, declarándose vasallos del califa y sometiéndose a la resolución de sus pleitos. Entretanto, Galicia y Portugal reciben el acoso violento de los vikingos, desviados hacia la Península por el duque de Normandía, Ricardo I, quien consigue de esta forma que dejen sus dominios. En Galicia, bajo la dirección de su jefe, Gunderedo, devastan la región y matan al obispo de Santiago, que había intentado oponérseles con sus tropas. Pero un monje de Celanova, llamado a sucederle en el episcopado, consigue, en unión con el conde Gonzalo Sánchez, aniquilarlos e incendiar sus naves. Todo esto no hace sino aumentar la sensación de desunión que recorre por entonces a todo el reino leonés. La desaparición del peligro normando en el 971 no aminoró esa sensación, seguida por el abatimiento y multiplicación de las prestaciones de vasallaje a Córdoba, que entre el 971 y el 974 conoció sus momentos de máximo esplendor.
Pero el brillante desfile de comitivas y legaciones que acudían a rendir pleitesía al califa se vio enturbiado de vez en cuando por incidentes que igual podían surgir durante los parlamentos de las embajadas como en los puntos alejados de Córdoba, a causa del choque entre fuerzas fronterizas o de ataques a algún lugar o fortaleza cercanos al territorio enemigo.
Durante la visita de la legación que en el 973 envió doña Elvira para concertar una prórroga a la tregua, una mala traducción del intérprete a las palabras de los leoneses motivó que éstas fuesen consideradas como una ofensa por parte del califa, quien ordenó expulsar a los embajadores de su presencia. Y aunque al día siguiente les presentó toda clase de excusas, éstos cortaron as ngociaciones y regresaron a León, donde una Curia Regia o asamblea de los magnates y altos dignatarios del reino, convocada por Elvira al año siguiente, decidió romper la paz mantenida hasta entonces con Al-Hakam. García Fernández, por su parte, mantenía ne Castilla una conducta equívoca, pues mientras una embajada suya negociaba en Córdoba, atacó la plaza de Deza, a unos 50 km al nordeste de Medinaceli, aprovechando la larga ausencia del general que defendía la plaza.
Al Hakam acabó dictando órdenes de persecución y captura de los embajadores castellanos, condujo a éstos a Córdoba y los encerró en prisión. El conde de Castilla consiguió entonces formar una coalición de castellanos, leoneses y navarros, a la que se unieron los condes de Monzón y Saldaña, formando un potente ejército de más de 60.000 hombres que cercaron la fortaleza de Gormaz sin poder tomarla. Tras varias derrotas ante los musulmanes, los reinos del norte se vieron obligados a aceptar la supremacía cordobesa que supervisaría en adelante el mantenimiento del satatu quo en todo el territorio. Así consiguieron los musulmanes mantener una hegemonía pacífica durante un largo período hasta que el 1 de octubre del 976 moría Al-Hakam, siendo sucedido por su hijo Hisham, quien nada pudo hacer por impedir que emergiera muy pronto como dueño de la situación política de Al-Ándalus la gran figura de Almanzor para mayor gloria, y también ruina, del califato.

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