29 sept. 2014

LA IGLESIA EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XI

Por lo que a España se refiere, el afán universalista del papado se manifestó en la tendencia a centralizar las formas de culto, sustituyendo el rito mozárabe por el romano; en la mayor dependencia de la jerarquía eclesiástica con respecto a Roma y en el reconocimiento por algunos estados de la soberanía superior de la Santa Sede mediante la prestación del juramento de vasallaje. El primer paso en esta dirección fue dado por Sancho Ramírez de Aragón en 1068, apenas concluída la "guerra de los Tres Sanchos", que consagraba la hegemonía de Castilla y su protectorado sobre los reyes musulmanes del valle del Ebro. La amenaza de asfixia que pesaba sobre el reino aragonés, e ingluso el peligro de desaparecer absorbido por Castilla o Navarra, movió a Sancho Ramírez a dar este paso, que lo convertiría en estado feudatario de la Santa Sede, la cual, a causa de su pugna con el Imperio, intentaba vincular al mayor número de estados eurpeos. El rey aragonés había viajado probablemente a Roma, donde había sido hecho "caballero de San Pedro", prestando vasallaje a Alejandro II y comprometiéndose al pago anual de 500 mancusos en concepto de tributo.
La infeudación de Aragón fue la cabeza de puente empleada por el papado para una serie de reformas. La más importante de todas fue la del rito. Efectivamente, en las centurias anteriores España había vivido al margen de Roma, lo que había dado a su organización eclesiástia un aire de singularidad, que se manifestaba sobre todo en la liturgia. Por influencia de los mozárabes principalmente, se habían conservado las formas toledanas de la Iglesia visigoda, que afectaban tanto a la celebración de la misa y los sacramentos como al rezo de las horas canónicas. Esta tradición se había visto enriquecida con las aportaciones de las grandes figuras de la Iglesia española, como San Isidoro, San Leandro, San Eugenio y San Julián de Toledo, San Braulio de Zaragoza, etc... De ahí qeu se considerase como una venerable reliquia nacional, digna de ser respetada y conservada.
Para vencer a las resistencias nacionalistas que había de producirse, Alejando II primero y Gregorio VII después contaron con dos instrumentos sumamente eficades: los monjes cluniacenses y los legados pontificios. Los primeros habían sido introducidos en Aragón y Navarra en tiempos de Sancho el Mayor, implantando la antigua observancia benedictina en monasterios tan importantes como Leire y San Juan de la Peña. Precisamente fue en este lugar donde en 1017, en presencia del legado papal, Hugo Cándido, Aragón cedió a las pretensiones de éste y renunciaba al rito toledano, aceptando el romano en lo sucesivo. En 1073 el monje cluniacense Hildebrando subió al trono pontificio con el nombre de Gregorio VII. En Castilla, Alfonso VI tampoco era desfavorable a la reforma del rito, pero debía hacer frente a las resistencias que existían dentro del país. Para abordar estos y otros problemas de reforma monástica, solictó el envío de monjes cluniacenses, aquienes introdujo en el monasterio de Sahagún, poniendo de abad a uno de ellos, Roberto. También pidió a Gregorio VII que le mandase de legado suyo al cardenal Ricardo, hombre de gran prestigio. Ya en 1075, en un viaje de Alfonso VI a Oviedo para abrir el Arca Santa y dar cuenta puntual de su contenido, se habían celebrado los oficios del Viernes Santo mezclando los ritos mozárabe y romano. Desde entonces, hubo una lucha continua entre el clero y el pueblo, partidario de sus antiguas costumbres, y el rey, quien, con sus colaboradores extranjeros, pretendía extender a España la reforma unificada romana. La marcha de éste se vio momentáneamente en peligro, ya que el monje Roberto, que había llegado a adquirir gran ascendiente sobre el monarca, se había pasado al bando de los defensores del rito mozárabe. Ocasionalmente la cuestión se vio meclada con los devaneos amorosos de Alfonso VI, que se había enamorado de una dama francesa llegada a España en la comitica de Costanza, hija del duque de Borgoña, con la que el rey acababa de contraer matrimonio. El abar de Sahagún, acaso para acabar con los escándalos que provocaban estos amores, prometió a Alfonso que conseguiría la anulación de su anterior matrimonio, con lo que el rey dejó de apoyar la causa reformista y se puso de nuevo a favor del rito tradicional. Gregorio VII hubo de enviar nuevamente a su legado, el cardenal Ricardo, quien, en un concilio celebrado en Burgos en 1080, acordó, junto con los prelados y el clero español , el abandono definitivo de la liturgia mozárabe y la incorporación de la Península a la reforma que se extendía por Europa. También confirmó como abad de Sahagún a otro cluniacense, Bernardo, que acababa de ser elegido por los monjes. En vano Alfonso VI y Roberto quisieron seguir resistiendo. Desde Roma, el Papa amenazó con fulminar sobre ellos sentencia de excomunión si el primero no se apartaba de su amante y no consentía en que Roberto fuera recluído en Cluny. A pesar de tratarse de un arama espiritual, la amenaza del Papa era terrible, ya que desvinculaba a todos los súbditos y vasallos del rey y les facultaba para elegir a otro señor. En lo sucesivo, nadie se atrevió a suscitar la cuestión.
El asunto del rito no era más que una de las facetas del programa gregoriano sobre España. Buscando apoyos históricos para su asppiración a la monarquía universal, apareció el argumento, varias veces empleado, de que la Península pertenecía al patrimonio de San Pedro tanto por la supuesta donación de Constantino como por haber sido evangelizada por los siete varones apostólicos enviados por San Pablo. Este argumento era especialmente válido de cara a la Reconquista, ya que, habiéndose perdido parte del país para la fe por la ocupación musulmana, incumbía al Sumo Pontífice dirigir su recuperación mediante la predicación de la cruzada, tal como se estaba haciedo para rescatar los Santos Lugares de Jerusalén. Estas ideas habían inspirado ya un intento de cruzada, pregonada por Alejandro II, y que habría de ser dirigida por el famoso capitán Ebles de Roucy, perteneciente a una noble familia de Champagne. Al morir dicho pontífice y sucederle Gregorio VII, éste animó a la empresa, al tiempo que pregonaba que las teirras que se conquistasen (la expedición iba dirigida contra el reino de Zaragoza) quedarían bajo la soberanía de Roma. Como es de suponer, semejantes pretensiones no hallaron eco alguno entre los monarcas españoles, sino más bien una oposición sorda. La expedición de Ebles de Roucy no llegó a efectuarse. Pero el principio de inervención del papado en la romoción de las guerras contra el Islam quedaba sentado. Por otra parte, poseía en sus manos un poderoso medio de control, que le permitía apoyar o rechazar cualquier iniciativa en este terreno: las rentas eclesiásticas. El rey no tenía poder alguno seobre ellas. En cambio, el Papa podía autorizarle a percibir parte de ellas si las destinaba a la lucha contra los infieles.
Efectivamente, los problemas de soberanía universal y reforma de cultos se entremezclaban con el afán de imponer una mayor dependencia de la Curia Romana a las iglesias de los diferentes países. Durante los primeros siglos de la Reconquista, los pequeños núcleos cristianos habían vivido al margen del papado. Las comunicaciones eran difíciles, y las noticias tardaban a veces años en llegar. Por eso su jerarquía había tenido que organizarse con gran independencia. el nombramiento de los obispos, e incluso la creación de nuevas diócesis, se hacía sin contar con el Papa. Además, la forma como habían crecido estos reinos había vinculado estrechamente su organización eclesiástica a los poderes temporales, haciéndoles intervenir al lado del rey en asuntos viciles, del mismo modo que los reyes habían tomado como cosa propia el nombramiento de obispos, erección de diócesis, regulación de la disciplina clerical... Aunque en este campo los éxitos no fueron notables, sí se consiguió al menos que funcioanra la comunicación entre la Iglesia española y Roma y que se reconociera de hecho la superior jurisdicción de los pontífices.

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