12 sept. 2014

LA DINASTIA AMRI Y EL FIN DEL CALIFATO (y IV)

Beréberes y castellanos marcharon sobre Córdoba, después de derrotar al jefe de la frontera superior, Wadih, fiel ahora a Muhammad II, quien desde Medinaceli había bajado a atacarles a Alcalá de Henares. Cerca de Alcolea vencieron a las tropas del califa, a quien de nada sirvió regresar a Córdoba, sacar a Hisham II de su retiro y presentarlo al pueblo como verdadero califa, del que él era sólo su humilde lugarteniente. Los beréberes le respondieron que Hisham estaba muerto y que él mismo había rezado ante su cadáver. Entraron en Córdoba, junto con el conde castellano, y proclamaron califa a otro descendiente de Abd Al-Rahmán III, Sulayman ben Al-Hakam. Todos estos acontecimientos, que en ocasiones adquirían caracteres tragicómicos, causaban profundo malestar entre la población cordobesa, para la que los beréberes continuaban siendo unos bárbaros. Por otro lado, Muhammad II, que había huido de Córdoba a Toledo, rehacía su poder gracias al apoyo de las fronteras media y superior, donde el eslavo Wadih le seguía fiel. Éste, además, había llegado a un acuerdo con los condes Ramón Borrell de Barcelona y Amengol de Urgel, con cuya ayuda logró recuperar Córdoba y reponer en el trono califal a Muhammad II. La capital sufrió mucho con esta nueva ocupación de musulmanes y cristianos, que completaron la destrucción de Medinat Al-Zahira, donde últimamente se habían instalado los beréberes.
La división y la anarquía se enseñoreaban de Al-Ándalus, sin que hubiera ya ninguna fuerza capaz de galvanizar un cuerpo social que marchaba hacia la desintegración: ni la aristocracia andalusí, cuyas tendencias feudalizantes habían sido apenas contenidas por un poder central fuerte hasta entonces; ni el ejército, dominado como estaba por facciones rivales; ni el prestigio de la dinastía omeya, últimamente vilipendiado hasta el extremo...
Como en las postreras décadas del Imperio romano, los califas se suceden ahora de manera vertiginosa. A quien hoy se ensalza, mañana se le asesina vilmente. También como antaño, entrar en la rueda de las altas dignidades del Estado era firmar su sentencia de muerte. Muhammad II, apenas se vio falto del apoyo de los catalanes, se sintió impotente entre los bereberiscos, que volvían a la carga. Su colaborador, Wadih, pensó entonces que el único medio de contener a éstos era volver a la legitimidad. Asesinó a Muhammad II y volvió a colocar a Hisham II en el trono. Pero la argucia no le sirvió más que para suscitar temores ante una posible dictadura de Wadih, al estilo de la de Almanzor. La situación se volvió angustiosa, en Córdoba dominaban los beréberes, el hambre y la peste. Wadih tuvo que ser sacrificado, pereciendo asesinado por orden del prefecto de la policía de Córdoba. Ya nadie podía contener a los asaltantes beréberes que tenían sitiada la capital. El 9 de mayo del 1013 tomaron la ciudad y la sometieron a uno de los saqueos más despiadados de la historia. En él pereció Hisham II, seguramente asesinado en medio del desconcierto general. El antiguo candidato de los beréberes, Sulayman ben Al-Hakam, fue repuesto en el trono y utilizado como fachada, tras la que aquéllos ususpaban el gobierno en provecho propio.
Se llegaba a un punto en el que cualquiera podía aspirar a la dignidad califal. De Ceuta vinieron dos príncipes idrisíes, Alí y Al-Qasim ben Hammud, con la pretensión de ser designados herederos por Hisham II. Pronto contaron con el apoyo de los eslavones, enemigos irreconciliables de los beréberes, y de gran parte de la población, que ansiaba un caudillaje que los librara de tantas calamidades y humillaciones. Alí ben Hammud consiguió entrar en Córdoba y apoderarse de Sulayman, a quien mandó ejecutar, acusándolo de haber asesinado a Hisham II; mas, al querer implantar una política de reconciliación con los beréberes, se vio privado del apoyo de los eslavones, que le habían elevado en el poder. Éstos nombraron otro califa en la persona de Abd Al-Rahmán IV, bisnieto del fundador del califato, pero ambos contendientes cayeron asesinados por quienes los habían levantado. Entonces los eslavones pusieron en el trono a Al-Qasim ben Hammud, quien, a su vez, fue derribado por los beréberes, que colocaron en su lugar a un hijo de su hermano, de nombre Yahya. Éste, tras triunfar sobre su tío, buscó estabilidad en Málaga, donde los berberiscos tenían más apoyo. La medida era acertada, pero llevaba consigo la renuncia a la reunificación de Al-Ándalus. Los califas hammudíes, tras arrebatar la antorcha a los omeyas, huían de la Córdoba que éstos habían engrandecido, mas desde la que resultaba imposible gobernar. en vano los notables de la capital intentaron reaccionar restaurando en ella a los califas legítimos. Abd Al-Rahmán IV, un poeta que reinó 47 días, fue asesinado al cabo de ellos. Muhammad IV, que le sucedió, atacado por el hammudí Yahya, huyó disfrazado de mujer y murió en Uclés asesinado por un miembro de su séquito. En 1027, un hermano suyo, Hisham III, era nombrado para sustituirle. Iba a ser el último califa de Córdoba, a la que ya nadie obedecía. En Denia y Almería se habían constituído taifas eslavonas. El consejo municipal de Sevilla se había puesto al frente de la ciudad. El 30 de noviembre de 1031 los cordobeses siguieron su ejemplo derribando a Hisham III, quien fue a refugiarse a Lérida, y proclamaron en Córdoba una especie de república municipal. El califato había terminado. Tras él quedaba una estela de minúsculos estados, los taifas, que se repartieron la geografía de la España musulmana.

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