11 sept. 2014

LA DINASTIA AMRI Y EL FIN DEL CALIFATO (III)

El sucesor de Abd Al-Malik fue otro hijo de Almanzor, Abd Al-Rahmán Ibn Sanchul, el nieto del rey de Navarra, Sancho Abarca, del que ya hicimos mención. Era éste un personaje mediocre que unía a su falta de talento una vanidad inigualable. Consiguió de Hisham II el nombramiento de sucesor de su hermano; mas las torpezas que continuamente cometió acabaron no sólo con su mandato, sino con el mismo Estado cordobés. Éste se mantenía últimamente gracias al prestigio personal de los dos dictadores que le habían precedido. La autoridad del califa había sido desprestigiada; la sociedad, sistemáticamente apartada de la política. En tales condiciones se hubiera necesitado un hombre enérgico que, al menos con su prestigio personal, mantuviera la unidad. Abd Al-Rahmán ibn Sanchul no era ése precisamente. Pronto se manifestaron en el seno del ejército diferentes tendencias, que ponen y deponen califas efímeros de acuerdo con sus intereses, provocando en Córdoba una delirante sucesión de gobiernos que la llevan al colapso final. Junto al partido beréber, constituído por los contingentes de tropas llamadas recientemente por Almanzor, y al lado de los eslavones, tradicionales guardias palatinos del califato, surge un tercer grupo: el partido andalusí, formado por todos los "musulmanes viejos", ya fueran de ascendencia árabe, beréber o muladí, que veían cómo últimamente habían sido desplazados por los advenedizos, quienes, ya desde palacio, ya desde el ejército, les habían privado del favor de los amos del Estado.
Una cadena de errores condujeron a Ibn Sanchul a su desenlace fatal. El primero, y acaso el más grave, fue hacer que el califa, su habitual acompañante en fiestas y salidas nocturnas, le nombrara sucesor en el califato. Esto desató contra él todas las fueras legitimistas del clan omeya, quienes no podían tolerar semejante despojo, y al mismo tiempo le indispuso con la población, que seguía viendo en los califas a los descendientes del Profeta y no podía mirar sino con asombro e indignación la osadía del príncipe amirí. Entretanto, había llegado a la corte cordobesa el conde de Saldaña con noticias alarmantes. El refente de León, Menendo González, había sido asesinado en octubre de 1008, provocando el ascenso al gobierno efectivo del joven monarca Alfonso V. En Navarra, SAncho III el Mayor tamnbién alcanzaba la mayoría de edad y lograba incorporar a sus dominios, además de Aragón y Sobrarbe, el condado de Ribagorza. Además contraía matrimonio con la hija mayor del conde de Castilla, Sancho García, que ya estaba haciendo la guerra al Islam. No tardó en unírsele el rey de León, y todo parecía presuponer que el navarro le seguiría, dados los vínculos familiares que acababan de establecerse. Así que en pleno invierno preparó un ejército y se dispuso a ir a la frontera a combatir a los cristianos.
La víspera de la partida cometió su segundo grave error al prescribir que en adelante los miembros de la corte deberían usar el turbante beréber para ser recibidos en audiencia, en vez del acostumbrado bonete árabe. El acto, insignificante en apariencia, no podía ser más inoportuno en aquellos momentos en los que las diferentes facciones pugnaban por ganarse al nuevo soberano, quien con esta medida favorecía abiertamente a los beréberes en menoscabo de los demás. No había llegado aún Ibn Sanchul a la frontera cristiana cuando estalló en Córdoba una conspiración, cuyo jefe era un descendiente de Abd Al-Rahmán III llamado Muhammad Ben Hisham, hombre de costumbres plebeyas, habituado a alternar con la chusma de la capital. Los revoltosos asaltaron el alcázar, se apoderaron de las armas que había en él y obligaron a Hisham II a abdicar en Muhammad, quien, después de ser jurado por los funcionarios y alfaquíes, adoptó el título de Al-Mahdí (el bien dirigido por Alá). Rodeado de colaboradores sacados de entre sus antiguos compañeros de la plebe, Al-Mahdí marchó luego contra la ciudad de Almanzor, Madinat Al-Zahira, que quedó completamente destruida. Abd Al-Rahmán ibn Sanchul, al enterarse de estos sucesos, regresó a Córdoba; pero en el camino fue abandonado de casi todos sus partidarios, incluídos los beréberes. Cuando llegó a la capital, lo único que pudo hacer fue encerrarse en su finca privada en las proximidades de Guadalmellato y esperar allí a que el nuevo califa mandara a por él. Cuando lo llevaban prisionero, en unión del conde de Saldaña, que le había permanecido fiel, intentó suicidarse, siendo luego muerto, junto con su acompañante, por quienes les llevaban. Con su muerte y el arrasamiento de Madinat Al-Zahira desaparecía toda huella de la dinastía amirí.
Pero el nuevo califa, Muhammad II (1009-1010), lejos de llevar la paz y el orden a Al-Ándalus, iba a fomentar, con su ineptitud, la escalada de la violencia que venía desencadenándose. La chusma, que le había elevado al poder, se enseñoreaba de la ciudad y provocaba continuos incidentes. Uno de ellos motivó que las tropas beréberes se acuartelaran en el barrio de la Rusafa. Muchos eslavones y antiguos oficiales de Almanzor, así como buen número de gente principal, abandonaron Córdoba y se dispersaron por las provincias, donde iniciaron una fuerte campaña subversiva, fomentando antiguos separatismos. La situación de Muhammad II, por otra parte, empeoraba de día en día. La comedia que montó para borrar del recurdo popular al califa legítimo le granjeó la oposición del clan familiar omeya. El nuevo califa conservaba la persona de Hisham II oculta en una residencia cercana a Córdoba. Un día anunció su muerte y celebró con toda pompa su funeral, sustituyéndole en ese acto por el cadáver de un judío o cristiano, con el que guardaba cierto parecido; mas la maniobra no engañó a nadie. Uno de los omeyas, llamado también Hisham, se puso al frente de un levantamiento que intentó asaltar el alcázar, pero fue rechazado y muerto. Entonces los beréberes, que le habían apoyado, decidieron obrar por su cuenta e imponer un califa a su gusto. Buscaron el apoyo del conde de Castilla, Sancho García, quien se lo prometió a cambio de ciertas plazas fuertes de la frontera musulmana. La alianza de beréberes y castellanos marcaba un cambio de signo en la historia de las relaciones entre las dos Españas. Hasta ahora eran los cristianos quienes debían acudir a Córdoba a solicitar el apoyo de sus gobernantes o a someter a su arbitraje los problemas interiores. En adelante van a ser los musulmanes quienes recaben el apoyo de los príncipes cristianos para su causa.

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