9 sept. 2014

LA DINASTIA AMRI Y EL FIN DEL CALIFATO

Los resonantes éxitos de Almanzor habían pasado sin dejar otra huella sobre los cristianos que la estela de muertes, cautiverios y destrucciones que, sin duda, afectarían a la mayor parte de las familias cristianas. En cambio, la frontera que separaba a la España del norte y la del sur apenas sufre variación alguna. Únicamente las tierras repobladas más abajo de la línea del Duero, como Sepúlveda, Salamanca, Simancas, etc... vuelven otra vez al poder de los musulmanes. Almanzor había logrado cortar el avance cristiano, frenando la marcha hacia el Sistema Central, que se trataba de una zona poco poblada y mal defendida. Pero el dictador andaluz no fue capaz de hacer correr el límite de sus estados más allá del norte del Duero, no obstante su irresistible empuje militar. Y es que la política de repoblación empezaba a dar sus frutos.
Los grandes esfuerzos a que Almanzor sometió tanto a los reinos cristianoscomo al propio Al-Ándalus terminaron por quebrantar el potencial económico de ambos, y acaso dejaron tambien su huella sobre el demográfico. El caso es que tanto el poder central de Córdoba como el de León salieron debilitados en la confrontación. las incesantes luchas que mantuvieron entre sí permitió que en el seno de cada uno de ellos contribuyeran o se consolidaran fuerzas nuevas que, en el confrontamiento con el enemigo, iban adquiriendo conciencia de su propio poder. En Castilla, sus condes han de enfrentarse, a veces solos, a los musulmanes, o se convierten en el alma de las coaliciones de los príncipes cristianos, mientras el rey de León, combatido por sus propios vasallos, tiene que contentarse con un papel secundario. Córdoba, donde el ejército suplanta de hecho al Estado, contempla cómo entre la tropa se forman dos grupos rivales, eslavones y beréberes, que acabarán por resquebrajar el territorio en multitud de pequeños principados independientes, llamados "reinos de taifas". Así, a la larga, y por la combinación de todos los factores, los triunfos de Almanzor provocaron a disgragación de las dos esferas de la Península, cristiana e islámica, pues también Castilla consiguió no sólo ya su independencia, sino que al cabo de treinta y cinco años se convertiría en reino. Portugal seguirá también su mismo camino con algún tiempo de retraso.
De momento, en lo que a Córdoba se refiere, todo parecía que iba a seguir igual. Almanzor, que actuaba como verdadero soberano, había ordenado que le sucediera su hijo Abd Al-Malik, que había dado excelentes muestras de valor en España y en África. Le aconsejo que ante todo siguiera guardando la ficción del callifato, mostrándose sumiso a Hisham II, pero procurando mantenerlo apartado de los negocios públicos y sin permitir que en torno a su persona reuniera una camarilla capaz de amenzar su disfrute del poder. Por último le aconsejó que tratase siempre con benevolencia a los miembros de su propia familia y de la clientela amirí, a quienes debería conceder los puestos de confianza del gobierno y la administración. Estos principios, junto con el apoyo del ejército, iban a ser el fundamento sobre el que la nueva dinastía amirí iba a basar su poder en Al-Ándalus durante el tiempo que sobrevivió a su fundador.

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