8 sept. 2014

ALMANZOR. GLORIA Y RUINA DEL CALIFATO (y V)

La acción contra Barcelona tuvo repercusiones en la capital leonesa, donde Bermudo II estaba cansado ya de la presencia de tropas andalusíes en sus estados, y sobre todo de la altanería con que Almanzor intervenía en sus asuntos y se negaba a responder a las reclamaciones hechas por el leonés. Aprovechando la marcha de Almanzor a tierras catalanas, decidió expulsar a las tropas que aquél tenía acuarteladas en su territorio. La respuesta no se hizo esperar. En 987 envió un ejército contra Coimbra, arrasándola de tal forma que en siete años nadievolvió a habitar en ella. Al año siguiente marchó él en persona contra León y Zamora, que, por sus fortificaciones, había sido elegida por Bermudo para resistir al invasor. Éste contó en su empresa con la colaboración de algunos nobles cristianos descontentos con su rey, como los condes de Luna y Saldaña. León, encomendada a la defensa del conde gallego Gonzalo González, fue demolida tras pocos días de asedio. Igual suerte ocupó Zamora. Almanzor obligó a Bermudo II a escapar hacia Galicia, donde comenzó a recomponer su poder sometiendo uno a uno a los condes gallegos que se habían declarado en rebeldía. Entretanto, las tierras conquistadas por los musulmanes, vandálicamente saqueadas, quedaron, como de costumbre, bajo el control de los condes colaboracionistas y el de los ejércitos acantonados allí por orden de Almanzor.
Un año más tarde tendría lugar la conjura que, para derribar a éste, preparaban Abd Allah Piedra Seca y el hijo del dictador. Para mejor apoderarse de los conjurados, Almanzor organizó una expedición contra Castilla y se dirigió a San Esteban de Gormaz, que los cristianos habían conquistado. Mientras algunos de los conjurados iban siendo descubiertos, el hijo de Almanzor escapó a Castilla y se puso bajo la protección de García Fernández. Su padre descargó entonces su ira sobre las tierras castellanas, que recorrió de Osma a Álava, causando tales estragos que García Fernández hubo de entregarle al refugiado, quien fue decapitado allí mismo. Mientras Bermudo II recupera su capital, León, y el rey Sancho Abarca hace una visita a Córdoba para conocer a su nieto -visita que Almanzor aprovechó para desplegar ante su suegro toda la grandeza de la corte cordobesa y en la que el navarro dio muestras de adulador acatamiento-, el bravo conde castellano hubo de enfrentarse de nuevo con el jefe musulmán, que intentaba sacar partido de los problemas familiares de aquél. Efectivamente, el hijo del conde de Castilla, Sancho García, se había rebelado contra su padre, instigado probablemente por la esposa del conde castellano, Aba, hija de los condes de Ribagorza. Almanzor pudo apoderarse así de San Esteban de Gormaz. Pero García Fernández, lejos de darse por vencido, se dedicó a hostigar a los musulmanes, llegando hasta los alrededores de Medinaceli. Mas en uno de los encuentros con el enemigo, entre las localidades de Alcozar y Langa, cayó herido y fue llevado prisionero a Medinaceli, donde falleció a los pocos días. A continuación Almanzor se puso a combatir a los condes de Saldaña, los Beni Gómez, sus colaboradores en el arrasamiento de Zamora y León, los cuales se habían formado un señorío semiindependiente que comprendía además Saldaña, Liébana y Carrión, de donde luego tomarían el título. Acto seguido marchó contra Bermudo II, que dos años antes, en 993, había llegado en su sumisión a enviarle a su propia hija, Tarasia -o Teresa-, para que la hiciera su concubina, aunque Almanzor la emancipó y la convirtió en su esposa.
Nadie podía contra Almanzor. Durante el verano del 997 decidió emprender la más espectacular de sus campañas, cuyo objetivo no parecía ser otro que el de herir el orgullo de los cristianos donde más podía dolerles: atacando el santuario de Santiago de Compostela. Por aquel entonces la tumba del Apóstol se había convertido ya en el centro de peregrinación más frecuentado de todo Occidente. Para los reinos cristianos de la Península su figura era el símbolo universal de la resistencia al Islam. Atacar su tumba era ultrajarles a todos ellos y hacía allí se encaminó Almanzor, al frente de toda su caballería, mientras la infantería era transportada en naves a Oporto, donde formó su ejército y con él se internó en Galicia por la costa. De este modo, el día 10 de agosto sus tropas avistaron la ciudad santa de los cristianos. La ciudad, abandonada por sus vecinos, fue presa de las tropas del caudillo, que lo arrasaron todo a su paso, incluyendo la basílica donde se veneraba al Apóstol. Cabe destacar que el sepulcro de éste fue respetado por orden expresa de Almanzor (¿había colmado su vanidad personal o actuaba movido por algún tipo de superstición?). Tras devastar toda la comarca, el ejército se llegó hasta La Coruña, donde Almanzor dispuso el regreso a casa no sin hacerse acompañar de una larga comitiva de esclavos y prisioneros cristianos. Como testimonio de su hazaña eran llevadas a Córdoba las gigantescas campanas de Compostela. Cuando doscientos cincuenta años más tarde Fernando III conquista la capital del califato se invertirán los papeles y las campanas regresarán a Compostela, esta vez a hombros de los musulmanes. También se llevó Almanzor las puertas de la ciudad, empleando sus maderas para armar los techos de las nuevas naves de la mezquita cordobesa, que experimentaba entonces su última ampliación. La expedición, que contó con el apoyo de algunos condes de la región de Viseo, obligó al rey Bermudo II a negociar una tregua y a iniciar pacientemente la reconstrucción del templo de Santiago.
Únicamente Pamplona seguía sin experimentar sobre su suelo la dura pisada del dictador andalusí. Sin otros motivos que lo justifiquen, en el año 999 Almanzor llevó allí sus armas, arrasó la ciudad y prolongó las consabidas rapiñas y depredaciones hasta Segorbe y Ribagorza. Ya todo parecía hecho cuando alboreaba el año 1000, año de tantas inquietudes y temores apocalípticos, que en España serían asociados, sin duda, a otros terrores más reales, provocados por doquier al solo nombre del fiero guerrero musulmán. En este clima, el conde de Castilla, Sancho García, tuvo ánimos para ponerse al frente de una coalición que reunía en torno a sí leoneses, vascones y a los condes de Saldaña. Inmediatamente Almanzor se lanzó contra ellos, yéndolos a buscar a Peña Cervera, un lugar montañoso de la provincia de Soria, a 50 kilómetros de Calatañazor. A punto estuvo Almanzor de que la última victoria se le convirtiera en la primera derrota. Las cargas que el bravo conde castellano hizo sobre las dos alas de su ejército se hicieron sentir, obligando a las tropas musulmanas a emprender la retirada. El ardor infundido a la tropa por los propios hijos de Almanzor, que se mezclaron en el combate, no habría sido suficiente si éste, con evidente astucia, no hubiera recorrido a una estratagema. Ordenó que el campamento fuera trasladado del llano donde se hallaba a una colina. Sancho García, que vio la estratagema, pensó que se trataba de tropas de refuerzo que se disponían a entrar en combate, por lo que ordenó a las huestes cristianas que se replegaran, lo que pronto se convirtió en una huída desordenada que dejaba a los musulmanes dueños del campo de batalla y de toda la impedimenta abandonada en su campamento. Almanzor explotó su éxito saqueando buena parte de Castilla y Navarra, asolando Burgos y regresando con un cuantioso botín. De todas formas, sus éxitos llegaban ya a su fin. Sólo la pequeña aceifa del 1002 le llevó a La Rioja, donde saqueó el monasterio de San Millán de la Cogolla. Sus días estaban ya contados. A su regreso de esta expedición, cuando contaba poco más de sesenta años de edad, se sintió gravemente enfermo. Una dolencia de cuya naturaleza nada se sabe, venía minando su salud. Hubo de continuar el viaje en litera hasta Medinaceli, donde expiró a los pocos días. Cubierto con una mortaja que había mandado preparar a sus dos hijas y rociado con el polvo que, al final de cada campaña contra los cristianos, recogía cuidadosamente de sus vestidos, Almanzor fue sepultado en el patio del alcázar de Medinaceli. Mientras la noticia de su muerte llevaba la alegría al mundo cristiano y la consternación al islámico, una estela cantaba sobre su tumba su gloria de caudillo invicto.
En Castilla, el autor del Cronicón Burguense le asignaba otro epitafio bien distinto, cuyas lacónicas palabras expresaban mejor que nada los sentimientos del mundo cristiano hacia él: "Y fue sepultado en los infiernos".

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