27 sept. 2014

EL DESPEGUE DE CASTILLA (y IV)

La muerte de Sancho desanimó a los castellanos. Urraca, en cambio, se apresuró a enviar mensajeros a su hermano, Alfonso VI. Pero cuando llegaron, ya éste se había enterado por los espía existentes en los lugares fronterizos, llamados enaciados, que transmitían las noticias entre uno y otro lado. Alfonso VI fue reconocido como rey de Zamora -adonde llegó acompañado por Pedro Ansúrez- por los magnates y obispos de todos los reinos menos Castilla. Urraca era recompensada con el título de reina. Pero Alfonso aspiraba a la totalidad de la herencia y los castellanos, que se encontraron ante el dilema de que Sancho había muerto sin dejar herederos, tuvieron que reconocerle los derechos que le asistían, a pesar de que pesaran sobre él las sospechas de alevosía y traición, pues lo consideraban vinculado al magnicidio de su predecesor en el trono. Es por ello que Alfonso tuvo previamente que exculparse de su pecado mediante un juramento expurgatorio, de que no había tenido parte en la muerte de su hermano. Era ésta una costumbre germánica, por la cual el sospechoso declaraba solemnemente la verdad de los sucedido. Solía ir acompañado de conjuradores, es decir, de personas que reforzaban su aserto, y cuyo número variaba según la importancia del asunto. En la iglesia de Santa Gadea, próxima a Burgos, el Cid, como alférez del rey difunto, tomó juramento a Alfonso VI y pronunció sobre él las palabras de la confusión o amenazas contra los que quebrantaban su juramento. El rey sintió una sensación de ira que, al decir de los cronistas, mudó su semblante. Es cierto que todo estaba sujeto a derecho, por así decir, pero nunca antes un rey se había sometido a semejante trámite por exigencias de los nobles. El Poema del mío Cid nos dice que, acto seguido, Alfonso ordenó al Campeador qu abandonara sus reinos y marchase al destierro. No fue así. El Cid se hizo en aquel momento vasallo del rey besándole la mano y prometiéndole fidelidad especial, a cambio de su protección. Mas ya no gozaba del favor real, y pronto iba a tener ocasión de comprobarlo. De momento dejaba de ser su alférez, cargo que pasaba a desempeñar su rival, Pedro Ansúrez, conde de Carrión.
La subida al poder de Alfonso VI suponá la restauración de la hegemonía castellana en toda su integridad, que, en sus manos, se vio robustecida por la anexión de La Rioja y la reanudación de la Reconquista. Llegaba a la corte un hombre totalmente ganado por las corrientes europeas, y es precisamente con ese tipo de monarca con el que va a tropezar el Cid, llevado por su entereza caballeresca. No pocos historiadores han presentado al Cid como defensor de las tradiciones hispánicas, cuya más viva encarnación sería el mozarabismo (se ha llegado a sugerir que el héroe de Vivar era mozárabe), frente a un Alfonso VI progresivo, abierto y extranjerizante. Es cierto que el conservadurismo a ultranza del Cid es rechazado por algunos autores: que el Cid siguiera empleando la letra visigótica , mientras que la carolina o francesa se introducía en la cancillería castellano-leonesa, nada prueba, pues el cambio no se efectuó precisamente en un día, y mucha gente, incluido el monarca, siguieron empleando la tradicional letra española. Si el Cid colocó a mozarabes para la defensa de las torres de Valencia, Alfonso nombró a uno de ellos, Sisnando, gobernador de Toledo, cuando le arrebató esta ciudad a los musulmanes. Finalmente, la admiración que el Cid sentía hacia la cutura y los libros musulmanes es un rasgo común a todo hombre culto de la época. La suerte quiso oponer, en uno de sus lances, a Alfonso y al Cid. Por eso se tiende a ver en ellos a dos personajes contrapuestos. Mas se demuestra que la contraposición, al menos, no se cifraba en torno a los conceptos de modernidad y tradicionalismo en aquella época.

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