25 sept. 2014

EL DESPEGUE DE CASTILLA (II)

En tanto que en el norte de África se formaba el Imperio almorávide, que había de dar respuesta a la agresividad de los reinos cristianos, los monarcas de éstos, únicos beneficiarios del cobro de las parias, pudieron, gracias al oro que les proporcionaban, mantener una política más personal que hasta entonces, ya que poseían medios de gestión suficientes para conseguir el apoyo que necesitaban. Hay que reconocer que el oro de las parias no sirvió para revitalizar la economía de los reinos cristianos creando industrias y nuevas fuentes de riqueza. En cambio sirvió para donaciones a iglesias, con lo cual se favoreció el arte románico, sobre todo en sus manifestaciones más suntuosas, como la orfebrería. También pudieron comprar la fidelidad de la nobleza, nacional y extranjera, adquiriendo así adeptos para su política. Mas este dinero casi nunca paraba en España. Unos y otros lo solían emplear en la compra de objetos de lujo traídos allende los Pirineos, como se desprende del tráfico que entonces se realiza entre España y Francia principalmente, testimoniado por los aranceles de aduanas conservados de esa época.
Entretanto, la relación política entre unos estados y otros se hacía sobre la base de una gran movilidad. Mientras en Cataluña Ramón Berenguer I consolidaba su posición hegemónica sobre los otros condados y territorios catalanes, siquiera fuese sobre los débiles vínculos del vasallaje, y contaba para ello con la colaboración de personas extraordinarias, como el abad de Oliva de Ripoll, Aragón ensayaba sus primeros pasos en la Reconquista. Ramiro I había caído en 1063 ante los muros de Graus. Las noticias ya circulaban por Europa con más celeridad que en las centurias pasadas, debido al mayor intercambio de comunicaciones a todos los niveles. El papa Alejandro II se enteró de la desgracia que había caído sobre el reino aragonés y, para ayudarlo, decidió instar a los caballeros de la cristiandad a que acudiesen en su ayuda, otorgándoles los mismos privilegios y gracias espirituales que se concedían a quienes marchaban a defender los Santos Lugares. Franceses e italianos se alistaron bajo Guillermo de Poitiers, duque de Aquitania, reuniendo un gran ejército que se dirigió contra Barbastro. Por primera vez en España la lucha contra el Islam adquiría formalmente el carácter de cruzada. Era todo un síntoma. Los reinos cristianos de la Península, que hasta ahora habían combatido por su cuenta y bajo su propia iniciativa, contaban ahora con el apoyo del pontificado, quien, a su vez, empezaba a coniderar es lucha como algo de su incumbencia, por su carácter religioso. Indudablemente, España se estaba abriendo a Europa, y los poderes universales, en este caso el pontificado, iniciaban una serie de contactos con ella. Los resultados de esta primera cruzada, por otra parte, fueron efímeros. Barbastro cayó en manos de los sitiadores en 1064 y fue entregada al saqueo, obteniéndose un enorme botín. La plaza quedó para Aragón; pero se puso al frente de ella Armengol de Urgel, quien no pudo defenderla después que se retiraron los cruzados, siendo recuperada al año siguiente por los musulmanes.
Ese mismo año de 1065 moría Fernando I. Con ello se iniciaban una serie de luchas entre sus sucesores, las cuales afectarían a los reinos occidentales que constituían su herencia. En la Curia de León de 1063 había dejado Castilla a su hijo Sancho, León a Alfonso VI y Galicia a García. Todos tomaron el título de rey a la muerte de su padre y entraron en pacífica posesión de sus reinos. Mas no tardaron en surgir desavenencias. Sancho II de Castilla fue el que se mostró más belicoso, yendo con sus exigencias a uno y otro lado de sus fronteras. En primer lugar reclamó de Navarra el castillo de Pazuenzos, situado en los montes de Oca, en las proximidades de la frontera navarra. Dado que el rey castellano presentó su demanda como una cuestión de derecho, hubo de reunirse una junta en 1066 que, de acuerdo con las costumbres de la época, la sometió al duelo judicial, en el cual la decisión se fiaba a la suerte de las armas. Era costumbre que en los duelos entre reyes éstos no combatieran personalmente, sino que designaran a dos caballeros que tomasen su lugar. En Castilla, la figura de Rodrigo Díaz de Vivar venía ya señalándose por su valor y por su adhesión al nuevo monarca, quien, en recompensa, le había nombrado su alférez. Esto equivalía a confiarle el mando de la milicia real. Sancho II lo eligió para que se enfrentara al escogido por el rey de Navarra, un caballero vascón llamado Jimeno Garcés. En el combate se siguieron todas las normas que señalaba la costumbre. El Cid desafió al navarro mediante el riepto o reto. Luego lucharon entre sí hasta que Jimeno Garcés fue vencido. Rodrigo, el vencedor, recibió a partir de ese momento el apelativo de Campeador o "campi doctoris", esto es, el vencedor en el campo de batalla.
Esta victoria castellana alentó sin duda en el corazón del rey Sancho la esperanza de restaurar la antigua grandeza que Castilla había tenido bajo su padre, Fernando I, y aun más si era posible. Aspiraba ante todo a recuperar todas las tierras castellanas que Sancho el Mayor había anexionado a Navarra y que Fernando I no supo o no creyó prudente anexionar después de la victoria de Atapuerca. Por eso, al año siguiente del duelo judicial sobre Pazuenzos, invadió La Bureba y La Rioja, penetrando hasta el corazón mismo de Navarra, donde se apoderó de la plaza de Viana. Ante lo grave de la situación, Sancho IV Garcés hubo de pedir ayuda a su primo Sancho Ramírez, rey de Aragón. Así dio comienzo la llamada "Guerra de los Tres Sanchos", en la que tres nietos de Sancho el Mayor, homónimos de su abuelo, combatieron entre sí.

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