24 sept. 2014

EL DESPEGUE DE CASTILLA (I)

Sancho el Mayor de Navarra había dejado el condado de Castilla a su hijo Fernando, quien, como ya vimos, aparecía al poco tiempo intitulándose rey y gobernaba los antiguos territorios castellanos más las tierras del Cea y el Pisuerga, que le habían llegado probablemente como dote de su mujer, doña Sancha, hermana del rey leonés Bermudo III. Cuando éste, que había sido arrinconado en Galicia, recuperó su capital, León, y contó con el apoyo de la mayor parte de la nobleza de su reino, se apresuró a reclamar dichas tierras, atacando al rey de Castilla, quien hubo de solicitar la ayuda de su hermano, el rey de Navarra. Ambos juntos derrotaron en 1037, en el valle de Tamarón, a Bermudo, que encontró la muerte en el campo de batalla. Alegando los derechos de su esposa, Fernando I se trasladó a León, donde ambos quedaron reconocidos como herederos, actuando el rey en nombre de doña Sancha. Poco tiempo después era solemnemente ungido y coronado, pasando de este modo a un monarca castellano el título imperial que hasta entonces habían ostentado únicamente los reyes de León y, de forma pasajera, Sancho el Mayor de Navarra. Esto suponía la adquisición por parte de Castilla de cierta primacía sobre los reinos peninsulares, supremacía que le llegaba de la mano del hijo de Sancho el Mayor, y, por lo tanto, de una dinastía abierta a Europa y a todas las innovaciones que de ella llegaban. Efectivamente, Castilla fue siempre considerada por Fernando I como la parte más importante de sus posesiones. Ello no obsta para que, con notoria prudencia, prestase particular atención a los problemas de los leoneses. Con ese fin se reunió hacia 1055 con una especie de concilio o asamblea, en la que participaron los miembros de la Curia Plena más los obispos. La asamblea concfirmó el fuero de León y otras disposiciones dadas por Alfonso V, dio leyes nuevas aplicadas a todo el reino, puso en vigor otras pertenecientes a la antigua legislación visigoda e hizo algunas concesiones a la Iglesia, como el derecho de asilo, por el cual se prohibía herir, matar o sacar violentamente de los templos a los perseguidos por la justicia que se hubiesen refugiado en ellos. También hubo de atender Fernando I a la recuperación para Castilla de los territorios que su padre había desgajado de ella en favor de Navarra. Ya vimos que este asunto llevó a enfrentarle con su hermano García Sánchez III en Atapuerca en 1054, donde el rey navarro fue derrotado y muerto. Su hijo y sucesor, Sancho IV, reconoció la supremacía del rey castellano prestándole vasallaje.
Este engrandecimiento de Castilla, bien conducida políticamente por Fernando I, contaba además con otras raíces más hondas. La política de libertades, franquicias y privilegios había contribuido a provocar una corriente inmigratoria que cubrió pronto su extenso territorio de ciudades populosas y villas llenas de vitalidad, gracias a la autonomía con que llevaban la gestión de los asuntos propios del municipio. Las peregrinaciones, que surcaban todo el país, junto con lo anterior, fueron motor de actividades mercantiles y de contactos con el mundo espiritual y cultural de Europa, y atrajeron a muchos extranjeros o francos, que reforzaron la política castellana. La explotación por esta población creciente de la propia riqueza no habría conseguido quizá este despegue castellano si las finanzas de sus reyes no hubieran recibido una fuerte inyección de oro, proveniente de los tributos que, bajo el nombre de parias, comenzaron a pagar desde el siglo XI los taifas andalusíes a los reyes cristianos de la Península.
Aunque Castilla iba a ser pronto la máxima beneficiaria, las parias tuvieron su origen en los estados orientales, más concretamente en los condados catalanes, en especial en el de Urgel. Los reyezuelos musulmanes vecinos a estos condados fueron casi unánimemente forzados a aceptar esta protección de los cristianos, quienes les obligaban a pagarles fuertes tributos. Por las mismas fechas el condado de Barcelona emergía poderosamente como cabeza de Cataluña, gracias sobre todo a la gran figura de Ramón Berenguer I el Viejo (1035-1076), quien supo oponerse a todas las dificultades que se le presentaron, obteniendo el reconocimiento de varios condes, como los de Ampurias, Besalú, Cerdaña y el mismo Urgel. También consiguió por entonces dominar la insurrección del Penedés y el Vallés, en los que el vizconde de Barcelona, Mir Geriberto, intentaba construirse un dominio para sí. Su tercer matrimonio con Almodis la Marche le proporcionó para sus descendientes los derechos al condado de Carcasonne-Rases, con lo que echaba los fundamentos del Imperio occitánico. De todos modos, en orden a las parias, el vasallaje de Urgel fue trascendental.
También Navarra, que desde la mitad del siglo XI interviene en los asuntos de la taifa de Zaragoza, percibe parias musulmanas. Aragón, a su vez, las percibía de los jefes locales situados entre Sobabre y el Gállego, así como de Huesca, Tudela y Zaragoza, cuya posición fronteriza con varios estados cristianos la obliga a pagarles a casi todos. La anexión de Navarra a Aragón por Sancho Ramírez en 1076 proporcionará a éste los tributos musulmanes que aquel reino percibía. Castilla fue de los últimos en llegar a este festín tributario, pero se puso a la cabeza gracias a la acción de Fernando I y el Cid Campeador. Hacia 1055, Fernando I reanudó los avances de la Reconquista apoderándose de Viseo y Lamego, que pertenecían a la taifa de Badajoz. Su rey ofreció al castellano hacerse tributario suyo, lo que equivalía, igual que en los restantes casos, a comprar su protección y el derecho a no ser atacado por los restantes príncipes cristianos. La falta de pobladores para ulteriores conquistas obligó a Fernando I a aceptar la propuesta. Lugo fueron Zaragoza y Toledo las que hubieron de enviarle parias. De este modo tres grandes taifas quedaban bajo su protectorado. De ellas, la que más complicaciones podía ofrecerle era la de Zaragoza, pues su situación geográfica la colocaba como camino natural para la expansión del joven reino aragonés. En 1063, el infante don Sancho, junto con el Cid Campeador, fueron enviados en apoyo de Al-Muqtadir de Zaragoza, víctima de los afanes expansivos de Ramiro I de Aragón, a quien derrotaron en el sitio de Graus, donde el rey halló la muerte. Las posteriores intervenciones del Cid por tierras aragonesas y levantinas en favor de los príncipes musulmanes, que han motivado el calificativo de condottiero que le dan algunos historiadores, tuvo una benéfica repercusión para Castilla, ya que canalizó hacia ella las parias de Zaragoza, Lérida, Denia y Valencia, pagadas antes a los príncipes de los reinos orientales. Pero los condes de Barcelona no abandonaron fácilmente la presa que se les esccapaba. Ramón Berenguer II, llamado "Cap d'Estopa", pacta en 1078 con el visir de Sevilla la conquista de Murcia. En 1088 las tropas catalanas intervienen al lado del rey de Lérida en el sitio de Valencia. Al año siguiente, recibe dinero de Zaragoza y Lérida para que expulse al Cid de sus tierras. Mas Rodrigo Díaz de Vivar, que se había fortificado en el pinar de Tevar, en las proximidades de Morella, logró derrotar al conde catalán y a sus aliados musulmanes. Ramón Berenguer fue hecho prisionero y, aunque muy pronto se le puso en libertad, debió de renunciar, en favor del Campeador, a su protectorado sobre los musulmanes. El Cid aparece entonces como árbitro indiscutible en los asuntos internos de los reinos islámicos. Es él quien obsequia a Castilla y a sus monarcas con este liderazgo y todos los imponentes beneficios económicos que reporta.

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