6 sept. 2014

ALMANZOR. GLORIA Y RUINA DEL CALIFATO (III)

Inmediatamente después de su traslado Almanzor tomó, al estilo de los califas, el título de Al-Mansur bil-lah (El victorioso por la gracia de Dios), de donde proviene su nombre castellanizado. Acto seguido comunicó a la nación la voluntad de Hisham II de vivir aislado en su palacio para dedicarse exclusivamente a la vidad de piedad, y que el califa delegaba en él todos los poderes públicos. Con el fin de que ese aislamiento fuese lo más real posible, Almanzor rodeó el alcázar con un muro y doble foso, uno por cada lado, y montó un regimiento de guardia para que nadie pasara a hablar con el príncipe sin su autorización. Los cordobeses contemplaban boquiabiertos tanta audacia, pero nadie se atrevía a oponerse. La figura de Almanzor dominaba toda la escena política. Por otro lado, daba una vez más muestras de su habiidad al conservar la figura del califa al frente del poder espiritual, reservándose él el político. El destronamiento del califa, jefe religioso del país, hubiera levantado a las masas contra él. De esta forma pudo mantenerse hasta su muerte e incluso transmitir sus poderes a sus hijos. En cualquier caso, nada le estorbaba ya la existencia del califa. Almanzor había sustituido el sello de éste por el suyo propio en la firma de documentos; se despojaría a partir del 991 del título de hachib en beneficio de uno de sus hijos; recibía audiencia con la pompa y el ceremonial de cualquier monarca. Pasará algún tiempo hasta que en 996 se decida a tomar el título de málik Kárim (noble rey).
La última resistencia a esta marcha ascendente vino de la corte y del viejo general Galib, acuartelado en su fortaleza de Medinaceli. Desde allí asistía, atónito, a las audacias cada vez mayores de su yerno, cuyas relaciones familiares no le habían hecho olvidar su vinculacion con la dinastía omeya, a la que debía la libertad y toda su grandeza, que acabaron por prevalecer en su corazón por encima de los vínculos de parentesco que le unían a Almanzor. Las relaciones entre ambos empeoraron, y Almanzor hizo venir de África contingentes de beréberes con que enfrentarse a las tropas de su suegro. Un día se encontraron en la fortaleza de Atienza, en julio del 981. Éste le reprendió agriamente su conducta hacia el joven califa y llegó a herirle en una mano de un sablazo. Almanzor hubo de salir huyendo, dispuesto a acabar con Galib. El viejo general, a su vez, buscó apoyo entre los castellanos y navarro, pero todos fueron derrotados en la batalla de San Vicente, cerca de Atienza, en julio del 981. Allí acabó sus días el valeroso general omeya. En el 989 hubo de hacer frente Almanzor a otra conjura dirigida por el gobernador de Toledo, un miembro de la familia del califa apellidado "Piedra Seca" en lengua romance, en la que tomaba parte un hijo del propio dictador, Abd Allah; pero fueron descubiertos y los que no pudieron escapar, pagaron la traición con sus vidas, incluido Abd Allah. Finalmente hubo un intento a cargo de la reina madre Subh, quien, después que Almanzor tomara el título real en 996, había comprendido ya todo el juego de éste y temía por el trono de su hijo. Por otro lado pensaba la reina que ya era hora de acabar con la "regencia" del príncipe, puesto que éste estaba ya a punto de cumplir... ¡los treinta años! y aún no había dado ningún paso para encargarlo personalmente del gobierno. A fin de preparar un golpe de Estado contra su antiguo amante, al que ahora odiaba, empezó a sacar dinero del alcázar. Mas Almanzor, advertido de ello, se anticipó. Se incautó del dinero, que depositó en el tesoro público, y puso a Subh en evidencia ante la corte. Luego se exhibió junto con Hisham por toda la capital andaluza, he hizo que éste le confirmara en todos sus poderes mediante un documento. La oposición a su dictadura había concluido.
Paralela a esta labor de afianzamiento del poder personal, Almanzor desplegaba sus grandes cualidades políticas y militares al servicio del Estado cordobés. No se destacarán sus muchas realizaciones internas, donde su buena administración y sentido de la justicia hicieron que Al-Ándalus gozara de un período de paz y prosperidad, la cual, al decir de los cronistas e historiadores, sobrepasó a la de los mejores califas.
Corresponde ahora compendiar la política exterior, en la que continuó la pauta marcada por Abd Al-Rahmán III y Al-Hakam II. La obra expansiva de éstos encontró en Almanzor su más excelso paladín, y, bajo él, el poder de la España califal alcanzó su momento cenital. Nunca los reinos cristianos ni en norte africano se habían tenido que mostrar tan sumisos como ahora.

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