21 ago. 2014

SANTIAGO APÓSTOL.

La trascendental importancia que tiene para el resto de la Edad Media española y europea justifica que nos detengamos un poco en explicar los orígenes del culto a Santiago. Mientras ya resulta de por sí bastante discutible que el apóstol San Pablo predicase en España la doctrina evangélica, todavía lo es menos que lo hiciera Santiago. La primera noticia histórica que se tiene de ello apareció en un Breviarium Apostolorum difundido por las Galias durante el siglo VII. De allí la recogió el Beato de Liébana, quien, a través de sus Comentarios al Apocalipsis, escritos en 776, la difundió por toda España. El mismo Beato compuso un himno al apóstol con la probable intención de propagar su culto en la Península.
La noticia de la predicación del apóstol Santiago en España y la propagación de su culto dio pie, seguramente, para identificar ciertas reliquias que se veneraban en la costa gallega con el cuerpo del apóstol. Efectivamente, en un lugar cercano a la ría de Padrón se rendía culto a reliquias de los apóstoles Pablo, Juan y Santiago, que, al parecer, habían sido llevadas allí por cristianos fugitivos de los musulmanes, procedentes probablemente de Mérida. En torno a estos hechos históricos surgió una bella leyenda, según la cual el cuerpo de Santiago, martirizado en Jerusalén, había sido embarcado en Jaffa y desde allí conducido milagrosamente hasta la ría gallega de Padrón y sepultado en un lugar cercano. Con el transcurrir de los años se había perdido la memoria de su sepulcro, hasta que una señal luminosa, una estrella, indicó a los habitantes del sitio, conocido con el nombre de Campus Stellae, originando después el apelativo de Compostela con el que se designa la ciudad que sobre él se levantó. El rey Alfonso II mandó edificar una pequeña iglesia donde se suponía descubierto el sepulcro de Santiago. Allí surgió un centro de devoción y peregrinación, a todas luces propagandístico, que los reyes siguientes favorecieron y engrandecieron. El número de peregrinos aumentó de manera sorprendente, irradiando su devoción por todo el mundo occidental.
Para los españoles, la formación del culto a Santiago y su localización en Compostela tuvo dos consecuencias importantísimas. Frente a Toledo, en primer lugar, los cristianos del norte poseyeron un centro de espiritualidad legítima que les ponía en pie de igualdad con el decadente Toledo. No deja de ser significativo que por entonces se restaurase en el reino asturiano la jerarquía eclesiástica. Alfonso II creó el obispado de Oviedo, restauró el de Iria Flavia (Padrón) y, poco antes, un obispo de probable orígen mozárabe llamado Odario, repoblaba Lugo, restauraba la diócesis y adoptaba el título de arzobispo de Braga, manifestando de este modo su aspiración a convertirse en metropolitano de Galicia, ya que la ciudad a la que correspondía estaba abandonada por sus habitantes por encontrarse muy expuesta a los ataques musulmanes. La participación de Alfonso II en la restauración eclesiástica se manifiesta en su intervención en el nombramiento de los obispos, creación de diócesis y convocatoria de asambleas. Todo ello pone de manifiesto que el reino asturiano funcionaba ya en lo eclesiástico como independiente de la Iglesia primada de Toledo. El norte cristiano había roto sus lazos espirituales con el sur.
La segunda consecuencia del culto a Santiago para los reinos cristianos del norte fue dotar a éstos de un símbolo religioso para la lucha contra el Islam. Frente a los musulmanes, que invocaban el nombre de Mahoma y recordaban las promesas de un paraíso lleno de placeres materiales para los que cayeran en la guerra santa, los cristianos contaban ahora con el protector celestial en la persona del apóstol. Pronto Santiago se convertirá en un mito al que se le atribuirían intercesiones fabulosas, una de ellas en la batalla de Clavijo, en la que se hacía descender al santo montado en su caballo y esgrimiendo la espada para conducir a los cristianos hacia la victoria. Obviamente el hecho carece de fundamento histórico y racional, pero eso es lo de menos; lo principal para el historiador es consignar el entusiasmo que este símbolo fue capaz de infundir en muchas ocasiones a los cristianos y el sentido religioso que, a través de él, adquiere la Reconquista, no obstante los intereses políticos o económicos que en cada caso pudieran animar a los protagonistas concretos de la misma.

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