29 ago. 2014

LOS REINOS CRISTIANOS ANTE EL CALIFATO (II)

A pesar de su fulgurante victoria, no parece que repercutiera mucho en los planes de los cristianos ni que quebrantara excesivamente su poder militar, ya que muy pronto recobran la iniciativa y se lanzan a nuevas conquistas. Lo que sí reveló, en cambio, fue la falta de solidaridad entre leoneses y castellanos, síntoma cada vez más alarmante de sus discordias, que conducirían, andando el tiempo, a la ruptura y separación de Castilla. Con eso y todo, apenas habían transcurrido tres años desde el desastre de Valdejunquera, cuando nuevamente Ordoño II y Sancho Garcés tentaron fortuna sobre La Rioja, apoderándose esta vez de Nájera, que quedó incorporada a Navarra, así como Viguera, no lejos de la cual fundó el navarro el monasterio de San Martín de Albelda. Mientras Sancho Garcés extendía los límites de su terrotorio, el complacinte Ordoño II se limitaba a repudiar a su mujer, la gallega Aragouta, y a aceptar en su lugar a la princesa Sancha, hija del rey navarro. Aquel mismo año moría el rey leonés, siendo sucedido por su hermano, el débil Fruela II, que había permanecido en la penumbra en la antigua capital asturiana; mas sus partidarios lograron imponerse a los de los hijos de Ordoño II y hacer que ocupara el trono vacante.
Éste es el momento elegido por Abd alRahmán para responder a la nueva provocación de los cristianos. En el 924 dirigió contra ellos la "campaña de Pamplona", así llamada por ir dirigida contra la capital del reino navarro. La elección que el emir cordobés hace de Navarra como objetivo de sus expediciones militares estaba determinada no solo por la incorporación a este reino de los principales territorios conquistados, sino que jugaban en ello, al parecer, los sentimientos personales del futuro primer califa de Al-Andalus, pues mientras sentía cierta admiración hacia Ordoño II por su gallardía y valor, consideraba a Sancho Garcés un advenedizo poseído en extremo de su propia estima.
El ejército cordobés había salido en la primavera en dirección a Levante, siguiendo la costumbre del emir de obtener a su paso la sumisión de algún punto rebelde del interior. Tras ver reconocida su autoridad en las comarcas de Orihuela y Valencia se dirigió a Tudela, y desde allí a Pamplona, destruyendo cuantos castillos y fortalezas encontró a su paso. Derrotó a Sancho Garcés que, con algunos refuerzos leoneses, le esperaba apostado al otro lado del río Irati. Ya nada podía detenerle en su marcha hacia la capital, abandonada por sus habitantes, como de costumbre. Pamplona fue saqueada, su catedral incendiada y sus fortificaciones destruídas. Pero Abd Al-Rahmán quiso llegar aún más lejos y continuó su marcha hasta la Roca de Qays, probablemente la actual Huarte Araquil, desde donde descendió nuevamente por Mojardín, Calahorra y Valtierra hacia Tudela.
La victoria del emir de Córdoba se vio acompañada de una serie de circunstancias que contribuyeron a acrecentar su ascendiente sobre los reinos cristianos de la Península. A la desaparición de Ordoño II se le sumó poco después la del rey navarro Sancho Garcés, a quien sucedió su hijo García Sánchez, todavía un niño, bajo la tutela de su tío Jimeno Garcés y de su madre, la reina Toda, quien pronto tomaría la dirección de los asuntos públicos. En León, tras el insignificante reinado de Fruela II, se desencadenó una guerra civil entre los hijos de Ordoño, Alfonso IV y Sancho quienes, después del expulsar del trono al hijo de Fruela, llamado Alfonso Froilaz el Jorobado, combatieron entre sí hasta llegar a una especie de reparto tácito del reino que dejaba Galicia a Sancho y el resto a Alfonso IV. Éste contribuyó aún más a la inestabilidad política del Estado cuando en 931, impresionado por la muerte de su mujer, Oneca, decidió retirarse a un monasterio y dejar el trono a su hermano menor, Ramiro. Con él llegaba un hombre más enérgico a la monarquía leonesa. Cuando Alfonso, transcurrido el impacto que le llevó a su decisión, quiso dar marcha atrás y recuperar el trono, fue frenado por su hermano, que recuperó León, le hizo prisionero y ordenó que le sacasen los ojos tanto a él como a los demás pretendientes que pudieran enturbiar la paz de su reino.
Este período turbio de la vida de los países cristianos fue aprovechado por Abd Al-Rahmán III para imponerles su hegemonía. Sus monarcas hubieron de reconocer la superioridad del califa y atenerse a las consecuencias, no atreviéndose en todo este tiempo a llevar sus acciones ofensivas contra el territorio musulmán, cuyo soberano supo aprovechar esta pausa que le proporcionaba no sólo la frontera cristiana, sino también la situación interior, donde únicamente seguía resistiendo la indómita Toledo, sometida al fin en 932. Fue entonces cuando coronó su dignidad personal tomando el título de califa y aprovechó para organizar la administración, el ejército y la Hacienda.

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