28 ago. 2014

LOS REINOS CRISTIANOS ANTE EL CALIFATO

La llegada de Abd Al-Rahmán III al poder había coincidido con el último impulso dado a la repoblación de la ribera superior del Duero por los hijos de Alfonso III, quienes, como ya se vio, se habían repartido su herencia. Mas no tardó en producirse la reunificación política en manos de Ordoño II, ya que su hermano García falleció en Zamora, en 914, al regreso de una expedición contra los musulmanes, a quienes derrotó frente al castillo de Arnedo. El otro de los hermanos, Fruela, seguía gobernando Asturias desde Oviedo; pero dejó que Ordoño fuera quien dirigiera la política del reino, y hasta parece ser que le prestó algún tipo de vasallaje.
Estas circunstancias motivaron que Ordoño buscase otra residencia distinta de Oviedo, que desde hacía más de siglo y medio venía acogiendo a los reyes anteriores. Fue a instalarse en León, la antigua ciudad romana fundada para asentar la Legio Septima Gemina, la cual conservaba de su vieja grandeza restos suficientes para servir de base a la nueva capital del reino. Fueron reconstruidas las murallas, que los musulmanes, en su última ocupación de la ciudad, no habían sido capaces de derribar completamente. Se construyeron palacios, edificios públicos, iglesias y mercados, aprovechando a veces las mismas ruinas romanas -por ejemplo se edificó el palacio del primer obispo leonés en las antiguas termas -, que le dieron empaque de capital y la convirtieron pronto en el centro urbano más importante de la España cristiana. Pero León era una ciudad pequeña si se la comparaba con las grandes urbes andaluzas de la época y su monarca necesitó apoyos para afrontar los ataques de las tropas califales. El rey leonés contó casi siempre con la ayuda de Sancho Garcés de Navarra, que había unido bajo su mando los núcleos cristianos del Pirineo central y occidental, mientras en la zona oriental los cordobeses se unían y desunían de acuerdo con las conveniencias dinásticas.
El primer ataque dirigido por las tropas cordobesas contra las cristianas tuvo como objetivo la fortaleza de San Esteban de Gormaz, recientemente repoblada por Gonzalo Fernández, señor de Lara. La expedición, emprendida en el verano del 917 bajo las órdenes de Ahmad ben Abda, no consiguió forzar sus enormes murallas, sometidas a un riguroso bloqueo, hasta que Ordoño II, en colaboración con Sancho Garcés, obligó a los musulmanes a levantar el sitio y emprender una huída precipitada, en la que perdió la vida el propio general islamista.
Este revés debió dolerle al emir cordobés, tanto más cuanto que en los años transcurridos de reinado apenas conocía otra cosa que los éxitos militares. Por el contrario, el triunfo animó a los reyes de León y de Navarra, quienes, no contentos ya con los avances anteriores de la Reconquista, pensaron que había llegado el momento de dar un paso más al frente. Dueños de la margen nórdica del Duero y de la montaña navarra, quedaba entre ambos, a modo de cuña, la fértil comarca riojana, que no sólo ofrecía a los reyes cristianos el atractivo de su riqueza, sino que llevaba consigo un importante valor estratégico, pues, de ser ocupada, cerraba una abertura cómoda para los musulmanes en sus infiltraciones a ambos lados del territorio cristiano. Ordoño II y Sancho Garcés emprendieron, pues, una serie de acciones conjuntas, destinadas a apoderarse de aquella zona.
Mas la política de cooperación de estos monarcas no dejaba de provocar recelos y fricciones. Los más perjudicados era, obviamente, los Banu Qasi, a quienes pertenecían gran parte de las tierras que los monarcas cristianos ambicionaban. En el 918 hicieron una expedición conjunta contra Nájera y Tudela, y se apoderaron de Arnedo y Calahorra. Los éxitos obtenidos permitieron al rey navarro traspasar la línea del Ebro y ocupar tierras sitas al sur de éste, levantando el castillo de Viguera para fortificarla. Pero los avances de Sancho Garcés, principal beneficiario de la empresa, chocaban además con los intereses de los condes castellanos, quienes, sin duda, aspiraban también a instalarse en las fértiles tierras de La Rioja. No se conocen muy bien las relaciones que en esta época mantenían con su monarca leonér, per todo parece apuntar hacia la existencia entre uno y otro de cierto recelo, motivado quizá por las veleidades separatistas de los condes, a las que respondió el rey con una elevada hostilidad, destinada a impedir su excesivo engrandecimiento. La actitud complaciente con que Ordoño II veía la apropiación por el rey navarro de las tierras riojanas debió ser para los condes castellanos la prueba palmaria de esa hostilidad del monarca hacia sus propios intereses.
Fue, sin embargo, Abd Al-Rahmán III quien más vivamente reaccionó contra este intento expansivo de los cristianos. Si hasta entonces se había contentado con enviar pequeños contingentes de tropas encargadas casi exclusivamente de mantener en pie las tradicionales aceifas, ahora, dejando momentáneamente la tarea de pacificación interior, va a organizar un ejército en toda regla, conducido por él personalmente. Ésta va a ser la primera de las campañas de gran estilo - las crónicas musulmanas suelen designarlas con el nombre del lugar en el que culminaron sus objetivos -, llamada "campaña de Muez", del nombre de un pequeño castillo situado al sudeste de Pamplona, que fue escenario de los mayores éxitos obtenidos por Abd Al-Rahmán en su triunfante expedición. El emir salió de Córdoba en los comienzos del verano del 920, dirigiéndose a Toledo y tomando luego la antigua calzada romana, que conducía a las altiplanicies sorianas por Guadalajara y Medinaceli. Marchó sobre Osma, abandonada por sus habitantes al tener noticias de la llegada del ejército cordobés. Siguiendo luego la ruta que bordeaba el Duero, avanzó en dirección a occidente, arrasando cuantas ciudades y fortalezas encontró a su paso, entre ellas las de San Esteban de Gormaz y Clunia. Al recibir la llamada de los habitantes de Tudela, atacados por el rey navarro, volvió sobre sus pasos, y por la misma calzada que iba de Astorga a Zaragoza penetró en Navarra, recuperando algunas de las plazas ocupadas recientemente por los cristianos, como Calahorra. Luego tomó el camino de Pamplona, lo que obligó a Sancho Garcés, encerrado en el castillo de Arnedo, a marchar también a defender su capital. Entretanto, se habían unido al emir los Banu Qasi, cuyos territorios estaban siendo amenazados. Ordoño II, por su parte, había acudido desde Nájera en apoyo del rey navarro. La batalla campal entre ambos ejércitos se produjo en Valdejunquera, cerca de Muez, y fue desastrosa para las tropas cristianas. Muchos cayeron prisioneros. Otros fueron a refugiarse en los castillos de Muez y Viguera; mas Abd Al-Rahmán tomó ambas fortalezas y pasó a cuchillo a sus guarniciones. Luego, tras arrasar las campiñas, regresó a Córdoba, contento de haber dejado sentada su autoridad en esa zona.

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