8 ago. 2014

LA REVUELTA HISPÁNICA. LOS MULADÍES (I).

La oposición al Estado por parte del elemento hispánico converso, los muladíes, va a adquirir una violencia muy superior a la mozárabe, y se mantendrá con una virulencia inusitada. Éstos no defendían ya una cultura ni una religión, puesto que se habían dejado ganar por las que los conquistadores musulmanes les ofrecían. Se rebelaban porque su participación política en la vida de Al-Ándalus era inferior a lo que su número y poder reclamaban. Los méritos de los conquistadores y su parentesco con las aristocráticas tribus arábigas yacían ya en el olvido pues había pasado mucho tiempo desde su entrada en España. Sin embargo, estas minorías de origen extranjero seguían monopolizando el poder político y los beneficios económicos que les proporcionaba. Su propia altanería, cada día menos justificada, soliviantaba de forma creciente a la población indígena que, carente de privilegios, debía soportar las cargas e impuestos más duros, de los que se tomaban los ricos sueldos que aquéllos percibían. Ciertamente los emires daban entrada, de vez en cundo, a muladíes, cristianos y judíos en el desempeño de cargos importantes en la administración; mas estas ocasiones eran duramente criticadas por los privilegiados, con lo que solamente servían para agriar más el conflicto.
Las agitaciones muladíes cubrieron los gobiernos de los tres últimos emires. La fisonomía del conflicto quedó ya prácticamente dibujada bajo Muhammad I. De las tres marcas de la frontera cristiana, que llevarían el peso de la rebelión, dos de ellas, Toledo y Mérida, se sublevaron. En el otro escenario de la lucha muladí, el sur de Andalucía, tambén estalla en este tiempo el levantamiento más peligroso y espectacular de todos, capitaneado por Umar Ibn Hafsum en la serranía de Ronda. La rebeldía se propaga bajo Al-Mundhir, que ve también como los Banu Qasi aragoneses se ponen en contra de él, arrastrando a toda la marca superior tras ellos. El último de los emires cordobeses, Abd Allah, se verá obligado a sostener una tenaz resistencia contra el foco andaluz de Ronda, al que se sumarán, durante su reinado, los de Sevilla y Granada, y otras agitaciones en número casi incontable. De poco servirán los esfuerzos de los emires. La revolución desbordaba las posibilidades del gobierno central, el cual parecía que iba a perecer bajo su fuerza arrolladora, hasta uqe en su horizonte político apareció la gran figura de Abd Al-Rahmán III. Vamos a intentar ofrecer una sucinta impresión de lo que fue la rebelión muladí en cada uno de estos focos.
La primera ciudad en rebelarse y la última en quedar definitivamente sometida fue Toledo. Un buen número de sus habitantes habían sido llevados a Córdoba como rehenes. Los toledanos hicieron prisionero al gobernador de la ciudad y no lo soltaron hasta que el nuevo emir, Muhammad I, puso a todos en libertad. Luego lanzaron una audaz campaña hacia el sur, apoderándose de Calatrava. Aunque al año siguiente la perdieron, continuaron avanzando hacia Sierra Morena. Cerca de Andújar obtuvieron en el 853 una victoria inesperada sobre el ejército cordobés, que huyó abandonando en el campo de batalla abundante botín. Muhammad I no quiso dejar aquella derrota sin venganza. Durante el verano del año siguiente llevó hasta las proximidades de Toledo un ejército comandado por él mismo, y cerca del arroyo Guazalete se enfrentó a los toledanos y a las tropas cristianas del conde Gatón del Bierzo, que los de toledo habían reclamado como auxilio. El emir, que había emboscado a la mayor parte del ejército, cayó sobre el enemigo, causándole una terrible derrota. Montones de cabezas fueron enviadas como trofeo a las ciudades andaluzas y al norte de África. A pesar de todo, el emir no quiso, o no se atrevió, a marchar contra la ciudad. En los años siguientes fue cercada en varias ocasiones, llegando en una de ellas incluso a minar el puente sobre el Tajo, que se hundió al ser pisado en una salida de los cercados. Faltos de apoyo cristiano, los toledanos hubieron de pedir la paz, que, mientras vivió Muhammad I, sólo en una ocasión se atrevieron a turbar.
Sucede luego un episodio oscuro en la historia de Toledo. Parece ser que, al advenimiento de Al-Mundhir, se sublevó, siendo conquistada por los beréberes del distrito de Santaver (Cuenca) en provecho propio hacia el 888. Poco después estuvo bajo el dominio de los Banu Qasi aragoneses. En los años siguientes fue pasando de una mano a otra, con intervalos de independencia, en uno de los cuales llegó incluso a rendir tributo al rey cristiano Alfonso III. Los emires de Córdoba no ejercieron sobre ella dominio alguno, hasta que subió al poder Abd Al-Rahmán III, quien, como veremos, conseguirá reducirla en el año 932.

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