6 ago. 2014

LA REVUELTA HISPÁNICA. LOS MOZÁRABES.

Los últimos años del reinado de Abd Al-Rahmán II y de sus sucesores, Muhammad I (852-886) y Abd Allah (888-912) están totalmente ocupados por los levantamientos y problemas que provoca la población de orígen hispánico: muladíes y mozárabes. El mal venía ya de antes, pues vimos cómo Al-Hakam había tenido que enfrentarse a varios movimientos indígenas en las ciudades del centro y del norte. Ahora se añadirán otros muchos en estos mismos escenarios, pero también invadirán el sur de la Península, en toda su latitud. Al igual que entonces, los levantamientos son dirigidos por muladíes, siendo los mozárabes, a lo más, colaboradores de los mismos. Pero aparte de esta colaboración, fueron protagonistas de un movimiento de afirmación propia, iniciado cuando aún gobernaba Abd Al-Rahmán II.
La comunidad mozárabe, que sobrevivía muy numerosa en la España musulmana, estaba legalmente en situación de "protegidos" del Islam, el cual, dueño por conquista del territorio, había impuesto a los vencidos su ley y condiciones. Éstas no fueron muy onerosas; los conquistadores no se entrometían en la vida jurídica ni religiosa, de la que, a lo sumo, los emires se reservaban la ratificación del nombramiento de la jerarquía eclesiástica. Otras limitaciones impuestas les impedían edificar nuevas iglesias y dificultaban el uso de las campanas, ya que su sonido molestó siempre a los musulmanes. Sin duda alguna, la más dura condición impuesta por éstos a los cristianos, como a todos los no creyentes, era la que les impedía apostatar de la fe de Mahoma una vez que se hubieran convertido a ella. Por esta causa, quienes, en un momento de oportunismo o debilidad, renunciaban públicamente a su fe cristiana por el islamismo, se veían imposibilitados para rectificar su conducta, so pena de muerte.
Esta circunstancia debió doler siempre a los más selectos de entre los mozárabes, que se sentían impotentes para contener el río de conversos, cada vez más numerosos, quienes debilitaban de día en día la vida de la comunidad mozárabe. Pero su preocupación subió de punto cuando las conversiones aumentaron en forma alarmante a mediados del siglo IX. El fenómeno venía condicionado por un hecho del que ya hemos habado: el esplendor cultural que la sociedad musulmana de Al-Ándalus estaba logrando. Hasta aquel momento los vencidos y sojuzgados mozárabes podían todavía sentirse orgullosos por la superioridad de su cultura, y alimentaban con ello la confianza de sus correligionarios. Pero este importante apoyo psicológico empezaba a faltarles ahora. Atraídos por el nuevo brillo de la cultura musulmana, muchos cristianos se dejaron llevar por sus atractivos, cultivando la lengua y la poesía árabes y adaptándose a ellos en el modo de vestir y otras costumbres. El caso de la lengua es sumamente interesante y significativo, ya que primeramente nos revela cómo hasta entonces la mayoría del pueblo andaluz hablaba el romance mozárabe, y muy pocos, incluídos los conversos, conocían el árabe. En la Historia de los Jueces de Córdoba, por ejemplo, se cita a un anciano venerable, especie de santón musulmán, que dictaba sus sentencias en romance porque no conocía otro idioma. Las autoridades cordobesas habían de ser, por fuerza, en su mayor parte bilingües. Naturalmente, las jerarquías y las clases altasde los mozárabes también lo eran, mas en este caso los idiomas eran el romance y el latín, no el árabe.
Este equilibrio se rompe cuando muchos mozárabes empiezan a estudiar el árabe en vez del latín. Esta complaciente preferencia por la lengua y literatura árabes no era lo peor. Había cristianos que se sentían acobardados por la acusación de "politeístas" que contra ellos lanzaban los musulmanes, por adorar a las tres Personas de la Trinidad como si fueran tres dioses. Asi que algunos capitularon y empezaron a difundir herejías de carácter unitario que negaban la divinidad de algunas de las Personas, con lo que podían presumir de monoteístas ante los acusadores musulmanes. Así nació la herejía de los acéfalos. Para poner orden entre los mismos mozárabes, el emir ordenó que se reuniera un concilio en Córdoba, en el 839, en el que la herejía fue condenada. Todo venía a demostrar la pérdida de confianza de los mozárabes en sí mismos, la cual les llevaba a adoptar posturas acomodaticias contra las que era preciso reaccionar si no querían verse fatalmente anulados hasta la desaparición total.
El caso es que las disputas y comparaciones entre una religión y otra, entre una cultura y otra se hicieron cada vez más frecuentes y fueron electrizando el ambiente. En una de ellas, iniciada en un clima de cordialidad, un presbítero de Córdoba llamado Perfecto acabó profiriendo que Mahoma era un falso profeta. Por ello fue acusado ante el cadí, que dictó contra él sentencia de muerte. Su ejecución fue reservada por el eunuco Nasr hasta una de las fiestas musulmanas, en la que fue decapitado en medio del regocijo de la muchedumbre.
El espectáculo era humillante para los cristianos, y más todavía en las condiciones por las que entonces atravesaban. Una oleada de fervor y exaltación acabó recorriendo toda la comunidad mozárabe. Ante el número creciente de deserciones, que amenazaban con la vida misma de la comunidad; ante las provocaciones constantes de los esbirros de la policía cordobesa; ante la ignominiosa muerte del presbítero Perfecto, el pueblo reaccionó. Un grupo capitaneado por dos personajes, Eulogio y Álvaro, se dedicó a difundir entre ellos el espíritu de resistencia y la idea de la necesidad de padecer por la defensa de la fe. Pronto una oleada de exaltación mística conmovió la capital andaluza y la sangre de los mártires voluntarios comenzó a correr por sus calles. Convencidos de la necesidad de levantar el ánimo de los pusilánimes, se inicia la costumbre de maldecir públicamente de Mahoma, con lo que la condena a muerte era segura. El primero fue Isaac, monje del monasterio de Tábanos, en los suburbios cordobeses, quien en el 851 se presentó en la misma corte del cadí a proferir sus insultos, y, aunque éste quiso absolverlo por demente, el emir ordenó que fuera decapitado. Uno tras otro fueron cayendo once mozárabes en menos de dos meses. No acudieron solamente los varones a esta cita con la muerte. Dos vírgenes cordobesas, Flora y María, insultaron también al profeta y resistieron a las inútiles tentativas de los jueces que les pedían una retractación a fin de salvar sus vidas.

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