12 ago. 2014

LA RECONQUISTA EN LA ZONA PIRENAICA. EL NÚCLEO CATALÁN (I).

La España "perdida" por las rencillas entre viticianos y rodriguistas, que no era otra cosa que la España romana fecundada por el cristianismo, más algunas estructuras políticas y prácticas consuetudinarias germánicas, no estuvo nunca del todo sujeta al Islam, que sólo en muy pocas ocasiones, a lo largo de toda su historia, podrá mantener bajo la autoridad central los territorios que domina. Y si los árabes no pudieron mantener la unidad política en la Península, mucho menos pudieron islamizarla por completo. Su escaso número les obligó a ser tolerantes con los sumisos. Y esa tolerancia hizo que durante siglos quedaran islote de españoles que, fieles a la cultura romana y al cristianismo, añoraban una organización política en la que libremente pudieran desarrollar ambas cosas. Naturalmente, las comarcas del norte, alejadas del punto de penetración de los árabes y del contacto con el mundo musulmán, estaban en situación privilegiada para permanecer dentro de sus tradiciones, sobre todo aquellas que mantenían contactos con el cada vez más poderoso Estado franco. En Galicia y Asturias - lo hemos visto - se formó el primer Estado cristiano con los mismos hombres que habían intentado detener la invasión muslmana, y ese reino pronto descendió, por León y Portugal, hasta el Duero, que quedó mucho tiempo como frontera entre cristianos y musulmanes.
A lo largo de la cordillera pirenaica fueron surgiendo, como jirones de esa España romana, la cual se niega a ser musulmana, una serie de núcleos de resistencia que, al correr de los años, daran lugar a tres estados importantísimos en toda la Historia de España: catalán, navarro y aragonés.
En sus comienzos, los focos de resistencias fueron muchos más: numerosos valles pirenaicos de reducidas dimensiones en su mayoría que, por diversas circunstancias, consiguen hacerse independientes: Pamplona, Aragón, Sobrarbe, Ribagorza, Alto Urgel las ciudades catalanas sin relación unas con otras... Su misma constitución en grupos independientes ofrece gran variedad en cuanto a su origen y a la forma de producirse. Navarra, por ejemplo, nacida en torno a la ciudad de Pamplona, contiene elementos refractarios a toda civilización. Se trata del centro del territorio vasco, a pesar de la desorientación que las nomenclaturas actuales puedan producir en el lector no avisado. Los vascos habían procurado siempre sacudirse cualquier yugo extranjero. Del mismo modo, ahora se oponen por igual a los musulmanes, a los francos o a los asturianos. Aragón, por sus reducidas dimensiones, debe en sus comienzos apoyarse en otro poder. Primero lo hará en los francos tramontanos. Pero en cuanto el reino pamplonés cobre fuerza, la natural comunicación con él, a través del valle del río Aragón, hará que caiga bajo su órbita. Pallars y Ribagorza son conquistados por los condes de Tolosa, a los que quedan vinculados durante mucho tiempo. Cataluña, cuyo nombre no aparece hasta los siglos XI o XII, era el lugar de paso hacia la Septimania gala. La facilidad de sus comunicaciones con el reino franco justifican el apoyo prestado por éste a la consecución de la independencia. Al lado de estas motivaciones diferenciales hay una causa bastante común en su enfrentamiento con el Islam: la negativa a pagar tributos. No es que se rebelaran contra los invasores para no tener que pagarlos. Más bien era al revés: porque se habían negado a pagarlos, se encontraban enfrentados con ellos y se veían obligados a tomar las armas, al amparo de sus estrechos valles. Pero esto ya lo iremos viendo al estudiar los casos concretos. Comencemos por el núcleo catalán.
La sumisión de estas tierras al Islam, de la que ya se ha dado noticia anteriormente, debió llegar a ser, por algún momento, completa. Puestas en el camino que las columnas musulmanas habían de seguir en sus repetidos ataques a la Galia, resulta difícil sostener la hipótesis del gran arabista Francisco Codera, quien creyó que algunos lugares de la zona montañosa, como el Alto Urgel, Roda y el Valle de Arán, se mantuvieron siempre independientes. Hoy día se piensa más bien lo contrario. Ya sabemos, por lo demás, cuál era el alcance de esa sumisión en las zonas limítrofes: faltos de personal para una verdadera ocupación, solían quedar bajo la autoridad de jefes indígenas, que podían ser los mismos que tenían con los visigodos, y únicamente manifestaban su dependencia en el pago de los tributos territoriales y la capitación personal de los no musulmanes.
La liberación de esta zona tiene como punto inicial las ciudades de Gerona y Barcelona, junto con sus comarcas, desde las que va irradiando a las vecinas. Para su puesta en marcha fue definitiva la intervención de Carlomagno. Este monarca, siguiendo el camino de sus predecesores, venía engrandeciendo el reino franco durante la segunda mitad del siglo VIII, mediante una política expansiva en la que se mezclaban tanto el afán de botín de sus guerreros como las necesidades estratégicas a fin de asegurar sus fronteras contra vecinos peligrosos, o las religiosas, como en su guerra contra los lombardos, ante las llamadas insistentes del papado. Motivaciones estratégicas y, a un tiempo, religiosas son las que le van a hacer intervenir en Cataluña.
Carlomagno había pensado cubrir las espaldsas de su reino en la Península mediante la conquista de las plazas de Pamplona, Zaragoza y Barcelona. A este fin obedeció la campaña del año 777, que acabaría con la derrota de Roncesvalles, objeto de tantas metamorfosis legendarias. Después de ella, las esperanzas de conseguir un apoyo en el Pirineo central y occidental se vinieron abajo. Quedaba tan sólo la zona oriental.

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