16 ago. 2014

LA RECONQUISTA EN EL PIRINEO CENTRAL. ARAGÓN (II).

En el 797, Ludovico Pío intenta tomar Huesca aprovechando los disturbios que hay en la ciudad, pero no consigue entrar en ella, como tampoco después la toma de Barcelona, en un segundo intento. Mientras Pamplona se somete en el 812, aunque de forma perentoria, Zaragoza primero, y luego Huesca, resisten con éxito cuantos intentos dirigen los carolingios contra ellas. No les quedaba otro remedio que apoyarse en los valles montañeses.
A principios del siglo IX aparece al frente de ellos el primer conde franco, Aurelio, muerto hacia el 809. Su título es bien significativo: "conde del territorio frente a Huesca y Zaragoza".
Los valles inician una etapa nueva a partir de ese conde franco. Pronto, no obstante, encontramos a un natural de esa tierra, Aznar Galindo, con el título de conde (seguramente un terrateniente investido del poder por los propios francos), cuyos descendientes se suceden sin problema unos tras otros al frente del condado. Sólo hubo de soportar éste una prueba al final de su gobierno. Habiendo casado a su hija Matrona con García el Malo, éste la hace víctima de una burla cruel, la repudia y se casa con la hija de Íñigo Arita, y, apoyado en él y por los Banu Qasi, expulsa a Aznar Galindo del condado, quien se ve obligado a buscar refugio en la corte tolosana de Ludovico Pío, de quien recibe el encargo de repoblar Urgel y la Cerdaña mediante la aprisio o libre ocupación de las tierras no roturadas. Esto ocurría hacia el año 820. Poco después, un hijo del despojado conde, Galindo Aznar, recupera el condado, que ya conservará hasta su anexión a Navarra bajo Sancho Garcés II. Ésta fue la culminación de un proceso de aproximación al nuevo reino pamplonés. Aznar Galindo II - todos los condes llevarán esos dos nombres, cambiando tan sólo, alternativamente, su orden - se casa con la princesa navarra Unneca o Íñiga, hija de García Íñiguez. La apertura del condado aragonés hacia Navarra a través del valle del Aragón, acaba por sustraerlo a la influencia franca y ponerlo en manos de los nuevos vecinos. Tampoco descuidaron los condes aragoneses las buenas relaciones con los gobernadores musulmanes de Huesca. Una hija de Aznar Galindo II se casó precisamente con uno de ellos, Al-Tawil. Con la próspera amistad de unos y otros, el pequeño territorio aragonés podía ir ganando terreno y dedicarse a una lenta política expansiva.
Pero no fue tarea fácil. Al sur de los valles pirenaicos estaba el canal de Berdún, tierra abierta, recorrida por el Aragón y expuesta, por tanto, a las incursiones musulmanas del sur. Al oeste, Pamplona había edificado, a partir de Sangüesa, una línea de fortalezas que impedían a los aragoneses extenderse en esa dirección. Sólo los valles de Ansó y Ausmuer quedaban desocupados y fueron muy pronto repoblados. Si quisieron extenderse, hubieron de hacerlo hacia San Juan de la Peña, al sur del canal de Berdún, o por el valle de Tena, en direción a Sobrarbe. De cualquier forma, los avances fueron lentos. Entre los siglos VIII y XI su extensión pasó tan sólo de 600 a 4.000 km cuadrados. Durante tan largo período, los aragoneses vivieron en su reducido territorio prácticamente aislados ya que Pamplona, aun cuando anexionó el territorio, respetó totalmente su personalidad, entre otras cosas porque tampoco tenía muchas oportunidades de influir en ella. Los aragoneses se afirmaron a sí mismos frente a los musulmanes y a los colaboracionistas del sur en defensa de sus gentes, sus propiedades y la fe que recibieron de sus mayores. El hecho va a ser trascendental para la formación de la personalidad aragonesa, marcada de forma indeleble por el aislamiento sobre un pequeño territorio que podían gobernar sin gran aparato institucional. Esto hizo que creciera un derecho consuetudinario de fuerte impronta aragonesa que luego se extendería con el reino por las nuevas tierras conquistadas. La indudable unidad cultural que adquieren y la recia personalidad aragonesa les permitirá, al separarse de Pamplona, reanudar la expansión por su cuenta y con estilo propio.
El grupo humano que en tan estrecho marco se desarrollaba contaba, como sustrato étnico, con los montañeses habitantes de aquella zona a los que se añadieron los rebeldes fugitivos que acudían en busca de refugio. Éstos son los que incitan a los pacíficos montañeses a levantarse contra las autoridades musulmanas. Hubo también una aportación humana franca, ijmportante no tanto por su número cuanto por la huella que dejaron en los niveles directivos de aquella sociedad, es decir, en lo militar y en lo religioso. En el primer aspecto, a través sobre todo de la institución condal que ellos introdujeron, aunque muy pronto evolucionó por derroteros propios. La vida religiosa de los aragoneses quedó inicialmente vinculada a los francos, a pesar de que anteriormente los francos recibieron la influencia y colaboración personal de aragoneses representantes de la cultura visigoda, como Prudencio Galindo y, tal vez, el mismo Teodulfo de Orleáns, el mayor poeta y teólogo de la corte de Carlomagno, que emigraron a las Galias desde los territorios españoles dominados por los musulmanes. Pero los pequeños valles fueron puestos bajo la autoridad eclesiástica de los obispos ultrapirenaicos. Monjes francos animan la vida religiosa en los monasterios de San Martín de Cillas, Cercito, San Pedro de Siresa, San Zacarías, etc... La vida monástica, sin embargo, recobra pronto su antigua fisonomía hispano-goda, debido quizá al aflujo de monjes mozárabes desde el sur. El representante de esta nueva tendencia es el monasterio de San Juan de la Peña, auténtico nido de águilas colgado en la roca que le da su nombre y muy pronto centro espiritual del reino y tumba de sus monarcas.

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