17 ago. 2014

LA RECONQUISTA EN EL PIRINEO CENTRAL. ARAGÓN (y III).

Más al este de los valles aragoneses nos hallamos con los condados de Sobrarbe y Ribagorza. La formación de ambos, sobre todo del primero, es sumamente oscura. Hemos de suponer que sus habitantes no se diferenciarían mucho de sus vecinos aragoneses: las mismas condiciones geográficas, el mismo tipo de actividad económica, propia de la montaña, la misma actitud levantisca contra la autoridad islámica, que, con el apoyo de los refugiados rebeldes, acabó un día por sacudir su yugo definitivamente. Ya dijimos que habían logrado su independencia merced al apoyo de los francos de Toulouse. En el año 806 aparece el primer conde de Ribagorza. La proximidad de esa fecha con la intervención de los francos en Cataluña, que había conducido a la liberación de la llamada "Cataluña Vieja", nos hace suponer que en ambos casos se perseguía el antiguo objetivo carolingio, mas con una nueva táctica: la expansión desde Cataluña hacia el Pirineo occidental, una vez el ataque frontal contra Zaragoza había fracasado estrepitosamente en la gesta de Roncesvalles. Los francos dieron muestras, en más de una ocasión, de que ésos eran sus propósitos. Ludovico Pío, siendo rey de Aquitania, dirigió no menos de dos expediciones que, desde tierras catalanas, intentaron alcanzar plazas estratégicas más occidentales, como Lérida y Huesca. Pero los intentos fracasaron y hubieron sin duda de mermar el prestigio de los francos entre los cristianos de la zona. El derrotero que habían tomado las armas carolingias, al dirigirlas directamente contra las grandes ciudades había tenido éxito en Cataluña, donde la población visigoda prestó su apoyo definitivo. En Aragón, en cambio, las ciudades se resistían. Los francos debieron recurrir a los pequeños valles de la montaña para poner sus bases, fortificarlas y dotarlas de una mínima organización política.
Decíamos que en el 806 los francos ya habían designado al primer conde de Ribagorza, de nombre Bigo. Es de suponer que otro tanto harían en Sobrarbe. Mientras que del primero, unido con el tiempo a Pallars, se conoce la serie completa de sus condes, la historia política de éste permanece casi por completo en la oscuridad. No fue ajena esta circunstancia a la formación de la leyenda del origen del reino de los fueros de Sobrarbe. Cuando los nobles aragoneses, siglos después, necesitaron contrarrestar la marcha ascendente que emprendía el absolutismo de sus reyes, echaron mano de cuantos recuerdos poseían de antiguas tradiciones que limitaran ese poder. Cualquier pequeño vestigio o alusión escrita era inmediatamente elevado a la categoría de mito político. Lo histórico y lo fabuloso se mezclaron aquí de forma tan intrincada que los historiadores no han aclarado todavía cuál es la parte de verdad que subyace en toda la leyenda. En el encabezamiento de algunos fueros, extendidos también por Navarra, se cuenta cómo los montañeses vivían sin ningún tipo de organización política. Combatían a los musulmanes por su cuenta, sin mutua ayuda, hasta que, viendo las dificultades que que entre ellos mismos surgían, decidieron darse un rey, tras consultar a los lombardos y al legado pontificio. Estos breves y confusos datos entremezclan lo fabuloso con recuerdos de épocas muy distintas.
Los legados pontificios fueron, sin duda, los que en el siglo XI envió Gregorio VII, y que recorrín estas tierras cuando Aragón se convertía de condado en reino, a consecuencia del testamento de Sancho el Mayor de Navarra, reino que comprendería dentro de él poco después a Ribagorza y Sobrarbe. Más oscura es la alusión a los lombardos, justificable en todo caso por el ascendiente que sus leyes llegaron a adquirir en determinado momento entre los reinos germánicos de Occidente. Estas narraciones dan por sentado que la nobleza existió antes que la monarquía, lo cual es evidentemente cierto si reducimos el término nobleza a sus justos límites de hombres libres, habitantes de la montaña y con alguna preeminencia económica. Luego afirman que éstos impusieron a la monarquía ciertas normas que coartaban el poder de la misma. De ahí el aforismo aragonés "primero hubo leyes que reyes". Bajo esta afirmación no es difícil percibir un rebrote del principio consuetudinario del derecho, de herencia germánica, según el cual la ley es anterior al monarca, que es elegido por el pueblo para que la haga cumplir. De todos modos, cualquier rastreo más minucioso en torno a estos datos legendarios acerca del fabuloso reino de Sobrarbe apenas nos alumbrará con nuevos acontecimientos sobre los primeros pasos políticos de esa comarca durante esta etapa que correspondería a la que la leyenda nos pinta guerreando sin rey y acaso en tratos con los francos para introducir la autoridad de un conde. El verdadero interés de esta leyenda del reino y los fueros de Sobrarbe está en la intención de quienes la inventaron, Y ESTO CORRESPONDE A UNA ÉPOCA POSTERIOR EN VARIOS SIGLOS.
De los dos condados, el de Ribagorza, más hacia el este, es un punto de contacto de las influencias francas difundidas por Cataluña y la cultura visigoda, común a todas estas tierra. La vida religiosa organizada bajo la mirada de los francos, depende jerárquicamente de éstos, al igual que Aragón; pero, lo mismo que en este territorio, la contrapartida hispánica corre a cargo de los monjes, a quienes corresponde la parte principal del desarrollo de la vida religiosa en los valles y entre los cuales abundan monjes mozárabes emigrados del sur. Otro punto de fricción era la frontera con los musulmanes, con los que estaban en contacto debido a la apertura meridional de los valles. Contacto hostil, por supuesto, que les obligaba a cerrar el paso mediante la construcción de fortalezas, como las de Roda, Fantova, Güell, etc... Lo mismo que las tierras aragonesas, estos condados acabarán incrementando las posesiones de los reyes de Navarra, que constituyeron un imperio feudal sobre la mayor parte del territorio cristiano de España.
Cuando Sancho el Mayor dividió este imperio entre sus hijos, ambos condados, Sobrarbe y Ribagorza, pasaron al menor de ellos, Gonzalo, quien pronto los perdió, yendo entonces a engrosar la herencia de Ramiro, que por aquellos días se constituía en rey de Aragón. El nuevo reino venía a complicar el panorama político de la Península, donde la primacía que hasta poco antes habían detentado los monarcas astur-leoneses les era cada vez más discutida por los reinos de nueva creación, como Navarra, Aragón y Castilla, y por los condados catalanes. La cosa se complicaba.

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