23 ago. 2014

ASTURIAS: CONTINUADORA DE LA ESPAÑA VISIGODA (y IV)

El avance de la Reconquista fue ocupación primordial de Ordoño I, cuyo reinado queda enclavado entre los dos Alfonsos (850-866), y sobre todo, de Alfonso III. El reinado de Ramiro I había sido relativamente pacífico, en relación con los musulmanes, con cuyo emir, Abd Al-Rahmán II, sostuvo períodos alternos de guerra y paz. Pero su intento de repoblar León apoyándose en sus resistentes murallas ocasionó la más importante intervención de las armas musulmanas (los habitantes, asustados por las máquinas de guerra de los asaltantes, la abandonaron durante la noche). Ordoño I contó a su favor con circunstancias más favorables. Andalucía conocía entonces una de sus más violentas sacudidas a cargo de los muladíes y los mozárabes, ya expuesta, y el nuevo emir, Muhammad I, veía limitadas sus posibilidades de oponerse a los avances cristianos. Las acciones del rey asturiano se centraron en el valle alto del Ebro, en esas tierras de Álava y La Rioja, que habían sido desde el primer momento el camino más fácil de los musulmanes para atacar a los cristianos del otro lado de la cordillera antábrica y que era, además, necesario cerrar con fortalezas para que La Bureba y la tierra de Burgos pudieran ser repobladas con un mínimo de seguridad.
El rey asturiano descendió hasta las proximidades de Logroño, donde uno de los Banu Qasi había construido la fortaleza de Albelda, cuyos enormes muros, cerca de la zona anteriormente citada, constituían una seria amenaza para los cristianos. La fortaleza fue destruida y arrasada y Ordoño I obtuvo aquel día una importante victoria, cuyo eco pasó a las crónicas cristianas que, probablemente, la identifican con la batalla de Clavijo, lugar situado a no más de una legua de Albelda. Libre de este peligro el rey ordenó cerrar con una serie de fortalezas el desfiladero de Pancorvo, en el punto de contacto entre la Cordillera Cantábrica y el Sistema Ibérico, único llugar por el que se podía pasar desde el valle del Ebro a las comarcas burgalesas de Castilla con relativa facilidad. Hecho esto, pudo encomendar al conde don Rodrigo que gobernara en su nombre la "tierra de los castillos", que repoblara la ciudad de Amaya, en la peña del mismo nombre, hecho que ocurría en el 860 y que marcaba el salto de la Reconquista por esta zona a la tierra llana del sur de los montes cántabros. Pero esta empresa del rey, que, entretanto, se había apoderado de Coria y Talamanca en el lado occidental, no fue duradera. Apena Muhamad I tuvo un respiro en sus luchas intestinas, dirigió sus armas contra el norte. En el mismo año 860 se apoderó de Pamplona. Tres años después , un ejército capitaneado por el hijo del emir, llegó al desiladerode Pancorvo, deshizo las fortalezas que allí edificara Ordoño I y penetró en Castilla recorriendo las comarcas cercanas. La sabia política repobladora planeada por el rey cristiano corría peligro de desaparecer si no se oponía una resistencia seria a los ataques musulmanes. En el 865 salió de Córdoba un nuevo ejército para recorrer la tirra, llegando hasta la ciudad de Amaya. En el desfiladerode la Morcuera, cerca de Pancorvo, numerosas tropas cristianas, comandadas por el conde Rodrigo, estaban apostadas esperando su regreso. Los usulmanes quisieron forzar el paso para asaltar de nuevo el valle del Ebro. Se entabló un duro combate de dos días que terminó en un tremendo descalabro para los cristianos. En consecuencia, éstos tuvieron que replegarse tras los montes y la repoblación de esas zonas llanas se retrasó por algún tiempo.
El mayor impulso dado a la Reconquista desde Alfonso I correspondió a Alfonso III. Su elección en el 866 fue contestada por algunos nobles, y uno de ellos, el gallego Fruela Bermúdez, llegó a deponerle momentáneamente, hasta que los fieles al monarca lo repusieron en el trono tras asesinar a Fruela. Este episodio llevaría a una nueva concepción de la monarquía que establecería definitivamente el vasallaje entre los súbditos del rey, el cual haría del reino su patrimonio, afianzando así su poder y el de sus descendientes. Hechos como el destronamiento de Alfonso III se habían producido anteriormente con cierta abundancia, reflejando unas veces el afán legitimista de los nobles, interesados además en conservar en sus manos la facultad de elegir nuevo rey (a la antigua usanza) o, en otros casos, las aspiraciones de algún candidato defraudado. Pero a partir de Alfonso III puede decirse que toda esa oposición cesa y que la sucesión hereditaria queda definitivamente afirmada en la monarquía astur-leonesa. Aunque la base legal del sistema sea sumamente endeble, hay que reconocer que fue una fórmula válida para aquellos tiempos, ya que evitó al renaciente reino cristiano uno de los mayores males que había azotadoa su predecesor, el reino visigodo: las luchas terribles que acompañaban cada cambio de monarca.
La obra conquistadora del nuevo rey se vio favorecida una vez más por las continuas revueltas de Al-Ándalus, que llenaron la segunda mitad del siglo IX. Esto hizo posible quela derrota de Morcuera quedara sin efectos y que a los pocos años los cristianos volvieran a sus antiguos proyectos. El asalto de los cristianos al valle del Duero, que se produjo en este momento, fue espectacular. En pocos años, toda la vertiente nórdica de este río quedaría en su poder definitivamente, y las aguas reflejarían en su ribera las múltiples fortalezas que se asomarían a su orilla.

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