4 ago. 2014

ABD AL RAHMÁN II. HACIA LA SUPREMACÍA DE OCCIDENTE (II): LOS NORMANDOS

Con Abd Al-Rahmán II quedó establecida la jerarquía rigurosa entre las clases sociales, que regulaba su forma de proceder en los actos oficiales. Ese afán de organización y jerarquización fue también llevado a la administración del Estado. El lugar más eminente en esta pirámide lo ocupaba el hachib, más conocido para nosotros con el nombre de "gran visir". Éste, que hasta ahora había sido una especie de mayordomo de palacio de los emires cordobeses, se convierte en lo sucesivo en el lugarteniente general, especie de viceemir en el que éste delega la mayor parte de sus poderes. No es preciso decir que con emires y califas poco dados a la política, el visir se convertirá en el gobernador efectivo de Al-Ándalus. Era el jefe directo de la administración central, provincial y militar. Estaba encargado del mantenimiento del orden público, y tenía a su servicio personal una red de policías y agentes secretos que le tenían informado de cuanto sucedía en el país. Por el contrario, tampoco es de extrañar que, cuando aparecía un monarca enérgico, procurase debilitar su poder creando varios visires entre los que repartía las atribuciones. Abd Al-Rahmán III poseía cuatro de esta especie de ministros. No resulta, pues, sorprendente que algún visir todopoderoso, como Almanzor, no se molestase en destronar a los califas reinantes, contentándose con establecer una dinastía de visires, paralela a la anterior. A imitación suya, muchos de los jefes de taifas ni siquiera se titularon "rey", sino hachib.
La administración central estaba dividida en dos secciones: la Hacienda y la Cancillería o "Katiba", que tenía a su cargo la recepción y expedición de correspondencia oficial. Bajo la autoridad de un secretario existían varios oficiales, denominados también secretarios o, posteriormente, visires, y múltiples colaboradores, la mayoría de ellos tomados entre los eslavones o esclavos traídos de Europa, en su mayoría eunucos, conocidos con el nombre de fata (domésticos, oficiales), que eran dedicados comúnmente al desempeño de los principales oficios palatinos. El emir poseía también una especie de Consejo, no formal, en el que llamaba a consulta a los altos dignatarios de la corte y de la administración cuando lo consideraba oportuno. En cuanto a la administración provincial, Abd Al-Rahmán respetó la división existente en coras, con sus valí o gobernadores al frente, y el carácter especial de algunas de éstas, las marcas, que se encontraban en la frontera con los cristianos (de ahí "la Marca Hispánica"). También se ocupó de la vida municipal, especialmente en la capital, Córdoba. Descargó la responsabilidad del sahib al-suq (señor del zoco), sobre el que pesaba el control de la policía urbana, el mantenimiento de los pesos y medidas, la vigilancia sobre la calidad de los productos llevados al mercado y la administración de justicia en causas por delitos comunes. En adelante la policía urbana funcionó por separado, agrupada en dos shurtas, a cuyo frente un magistrado ejercía los poderes judiciales y disciplinarios dentro de su competencia, que era el orden público. Al frente de la ciudad se colocó al sahib al-medina (prefecto de la ciudad), que en el Romancero español se convirtió pronto en el "Zalmedina", imitado también en algunas ciudades cristianas. A él le correspondía la dirección de los servicios municipales y la administración de la justicia civil. Es de notar que estos cargos en manera alguna disfrutaban de autonomía de ningún tipo, pues eran simples delegados del gobernador. Como se podía esperar, en el autocratismo islámico no tenían cabida alguna las autonomías municipales que veremos en la España cristiana.
También imprimió Abd Al-Rahmán II su cuño innovador al ejército, aunque aquí la parte principal correpondiera a su predecesor, creador de la guardia personal de los emires: los al-jurs o "silenciosos". Esta guardia no fue descuidada por el nuevo monarca. Estando formada por esclavos, propiedad particular de Al-Hakam, éste los había repartido, a su muerte, entre sus hijos, como uno más de sus bienes privados. Pero Abd Al-Rahmán se cuidó no sólo de comprar las partes a sus hermanos, sino también de incrementarlos por su cuenta hasta contar con 2.000 de a pie y 3.000 de a caballo. El ejército regular, que también se vio incrementado en número con el nuevo emir, empezó ahora a distinguir dentro de sí a diferentes cuerpos, no sólo por la procedencia de sus componentes, sino también por la especialización de sus funciones en la estrategia militar. Además de la guardia personal de los soberanos, había tres clases de tropa: los mercenarios, militares de oficio de diversas procedencias, que combatían a "soldada", es decir, mediante el pago de un sueldo fijo; los chundis, o militares profesionales, descendientes de los sirios de Balch, que habitaban en los distritos que se les habían asignado y que debían estar preparados para empuñar las armas cuando fueran requeridos, y los enrolados en filas en cumplimiento del servicio militar, más los voluntarios que acudían a las grandes expediciones.
Especial importancia tiene el incremento que experimenta la marina andalusí bajo Abd Al-Rahmán II; pero su desarrollo está en relación con un episodio que, momentáneamente, llenó de espanto a los habitantes de algunas ciudades: la aparición de los normandos. Estos feroces guerreros, llamados comúnmente por los musulmanes machus o "adoradores del fuego", después de asolar varias ciudades de la costa francesa y ser rechazados en Gijón y La Coruña, llegaron con 54 de sus embarcaciones hasta Lisboa, penetrando en el estuario del Tajo. Después de varios combates a lo largo de trece días, decidieron hacerse de nuevo a la mar, dirigiéndose al sur. La ventaja de estos guerreros del mar estaba, como se sabe, en sus ligeras embarcaciones, de muy poco calado y movidas por más de una docena de remos, lo que les permitía surcar el mar a gran velocidad y, sobre todo, penetrar por los ríos hasta muy adentro, dar el golpe contra ciudades normalmente desguarnecidas y confiadas, y ponerse luego a salvo huyendo velozmente hacia el mar. así es como a principios del 844, después de apoderarse del puerto de Cádiz y hacer varios tanteos Guadalquivir arriba, los normandos llegaron a Sevilla. La ciudad, desprovista de murallas y abandonada de su gobernador, que buscó refugio en Carmona, no pudo oponer resistencia a la feroz acometida de los invasores, que se dedicaron al saqueo y a la matanza de quienes no habían huído, ancianos e inválidos en su mayor parte. Al cabo de ocho días decidieron regresar bien repletos de botín y con las mujeres y niños tomados como esclavos. En la isla de Captel, sita en la desembocadura del Guadalquivir, tomada como base de operaciones, descargaban sus barcos para volver a subir hasta la capital hispalense con la intención de alcanzar Córdoba. Obviamente estaban entusiasmados con la ingente cantidad de riquezas que el país les ofrecía. Como les hubiese resultado difícil remontar el río hasta la capital andalusí, decidieron continuar la expedición a caballo. Pero las noticias habían llegado a Córdoba sembrando el pánico y la ciudad se preparaba para ofrecer resistencia. La importancia que el emir daba a la empresa se revela en que movilizara a todos los hombres de armas del Estado, incluídos los de las comarcas más alejadas (de lo que se beneficiaron, obviamente, los cristianos del norte). Los normandos fueron derrotados en la llanura de Tablada (en el lugar que hoy ocupa el aeropuerto de Sevilla) en medio de una auténtica carnicería. De hecho, al día siguiente del confrontamiento, las carnicerías de la ciudad se adornaban con las cabezas de los vencidos que no lograron escapar. Treinta barcos vikingos quedaron en poder de los musulmanes, y fueron destruídos. Los normandos supervivientes - cerca de 1.500 habían caído en el campo de batalla - se hicieron a la mar, y después de algunos tanteos en el sudoeste peninsular y en las costas de Marruecos, se dirigieron al norte, no osando en mucho tiempo atacar ningún punto de la España musulmana. Mas un grupo de ellos, que habían quedado en tierras próximas a Las Marismas, carentes de barcos, se vieron imposibilitados para escapar. Los musulmanes fueron a combatirles, pero éstos se entregaron sin oponer resistencia, abrazaron el islamismo y se especializaron en la cría de ganado y en la fabricación de ricos quesos, muy estimados en las ciudades andaluzas.
Pero no fue este curioso recuerdo gastronómico el único que dejaron los normandos en la España musulmana. Alertado por ese aviso, que tan caro le había costado, el emir descidió reforzar la defensa del país. Algunas ciudades, como Sevilla, fueron dotadas de murallas (incluso por el lado que daba al río). A lo largo de toda la frontera se establecieron puestos de vigilancia, donde voluntarios musulmanes se retiraban temporalmente a meditar sobre su vida espiritual y a ejercitarse en el manejo de las armas. Estos peródos de ribat, comunes en el mundo musulmán, alcanzaron posteriormente gran desarrollo, creándose fortalezas especiales en la frontera cristiana, donde era fácil combinar el ejércicio espiritual con la guerra santa. El año 855 se fundaba, con este fin, el Qalat Rabah en el lugar hoy conocido como Calatrava. La importancia de su difusión fue considerable. Pronto surgieron, a imitación suya, instituciones similares en el mundo cristiano: las conocidas órdenes de caballería, que tan importante papel van a tener en la Reconquista española y, posteriormente, en la vida del país.

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