13 jul. 2014

ORGANIZACIÓN DEFINITIVA DEL ESTADO VISIGODO (II)

La pregunta sobre quién nombra a los detentadores del poder nos lleva directamente a plantearnos la cuestión sucesoria. Siendo el rey la primera y más alta autoridad del Estado, es de sumo interés saber cómo y por quiénes es nombrado. La respuesta, sin embargo, no es fácil, ya que, como hemos venido viendo, en la historia visigoda se encuentran ejemplos de todas clases: reyes que han ascendido al trono mediante elección, por sucesión hereditaria, a través de conspiraciones regicidas, o por asociaciones al trono. Las fuerzas vivas existentes en el seno de la sociedad favorecían la diversidad de procedimientos, de acuerdo con sus intereses o convicciones. La nobleza fue siempre partidaria del sistema electivo, no tanto por ser el legítimo cuanto porque era el aque más les favorecía, al poner en sus manos la designación del rey (y luego poder recordárselo durante su reinado). Los reyes, en cambio, tendieron siempre al sistema hereditario y emplearon con frecuencia todos los medios a su alcance para asegurar la sucesión de sus hijos, que, con ese fin, eran asociados al trono en vida de sus padres. La Iglesia, en cambio, mantuvo una postura vacilante, pues aunque reconocía la legitimidad del sistema electivo, a veces aprobaba la asociación al trono, a fin de evitar desórdenes y revueltas (incluso llegaron a legitimar usurpadores para evitar de este modo otros males). Antes de centrarse los visigodos en la Península, el sistema seguido era, como sabemos, el electivo, aunque el rey debía pertenecer a una determinada familia, la de los Baltos; pero el asentamiento y las últimas conquistas modificaron las condiciones sociales y económicas. Al formarse los grandes patrimonios, tanto el rey como los nobles principales pudieron hacer donaciones a sus fideles en recompensa por los servicios prestados. En consecuencia, se formaron grupos políticos basados en la relación de estas clientelas con sus patronos. Los fieles al rey aumentaron, pues éste tenía más posibilidades que los otros nobles. Ahora bien, si el sucesor de éste pertenecía a otra familia, correrían el riesgo de perder sus prebendas y favores, y hasta es posible que incluso sus vidas. El resultado fue una lucha feroz entre las diferentes clientelas: unas, para conservar el trono, y otras, para conseguirlo. El apoyo que en estos casos dan, ya al sistema electivo, ya al hereditario, dependería de las conveniencias del momento. Entre Teudis y Suintila no consiguió imponerse ninguno de ellos por esta sola razón. De ahí que los regicidios y las conspiraciones se sucediesen vertiginosamente.
Las venganzas alcanzaron no sólo a la persona del rey, sino a todos sus partidarios, cuyos bienes eran confiscados en beneficio de los vencedores. A veces se produjeron incluso matanzas colectivas de los vencidos. Chindasvinto ordenó que fueran ejecutados 200 optimates y 500 mediocres, y otros muchos fueron desterrados. La última etapa de la monarquía visigoda refleja un esfuerzo por evitar todos estos crímenes y atropellos por parte de los que, como los reyes usurpadores, deseaban conservar lo adquirido. Los concilios cuarto, quinto y octavo de Toledo señalaron penas a quien atentase contra la vida del rey. Se dieron normas para regular las elecciones, que quedaban en manos de los magnates y obispos, para evitar venganzas entre las clientelas y para proteger a las viudas. Pero todo fue en vano. La lucha de facciones se acentuó y radicalizó con la aparición de dos familias rivales, las de Chindasvinto y Wamba, que acabarán llevando al reino visigodo y a España misma a la desmembración absoluta.

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