24 jul. 2014

LA NUEVA ESTRUCTURA POLÍTICA, SOCIAL Y ECONÓMICA DE LA ESPAÑA MUSULMANA

La nueva provincia recibió en seguida entre los musulmanes el nombre de Al-Ándalus. El significado de esta palabra sigue siendo hoy un misterio, a pesar de los esfuerzos de los arabistas por descifrarlo. Hay quien opina que está en relación con los vándalos, que darían a la región el nombre de Vindalicia. Otros suponen una lejana transformación de la palabra latina Spania, llevada a cabo por los judíos, o tal vez un cultismo traído de Oriente por los musulmanes mismos.
A pesar del escaso número de invasores y del reparto que éstos guardaron para la organización de los españoles, la conmoción que se produje en la población fue enorme. Invasores e invadidos constituían dos categorías diferentes. Pero aún entre ellos existían otras diferencias no menos significativas. La situación de la población hispana variaba de acuerdo con la forma como se hubieran sometido, según hubieran ofrecido resistencia o no. Esta circunstancia daba lugar a dos tipos distintos de pacto: suhl, cuando habían ofrecido resistencia, y ahd, cuando se entregban sin combatir. El primero era, naturalmente, el más oneroso, ya que suponía la pérdida de la autonomía política y la entrega de ciertos bienes , que solían ser de los fugitivos y de la Iglesia. El segundo, en cambio, respetaba la organización política de los sometidos, la posesión de sus bienes y la libre práctica de su fe. En Galicia, por ejemplo, sometida por este último tipo de pacto, los cristianos elegían sus condes, que eran los encargados no sólo de gobernar el territorio, sino también de cobrar los impuestos que debían pagarse al gobierno central sito en Córdoba.
Del mismo modo pactó Teodomiro, conde de Orihuela, con Abd Al-Aziz. Veamos el texto (si bien desconocemos su grado de autenticidad) del acuerdo entre ambos:
"En el nombre de Alá, Clemente y Misericordioso. Escrito dirigido por Abd Al-Aziz ben Musa ben Nsayr a Tudmir ben Abdush. Este último obtiene la paz y recibe el compromiso, bajo la garantía de Alá y de su Profeta, de que no será alterada su situación ni la de los suyos; de que sus derechos de soberanía no le serán discutidos; de que sus súbditos no serán asesinados, ni reducidos a cautividad, ni separados de sus mujeres e hijos; de que no serán estorbados en el ejercicio de su religión; y de que sus iglesias no serán incendiadas ni despojadas de los objetos de culto que en ellas existen; todo ello mientras cumpla las cargas que le imponemos. Le es concedida la paz mediante la entrega de las siete ciudades siguientes: Orihuela, Baltana, Alicante, Mula, Villena, Lorca y Ello. Además no deberá dar asilo a nadie que huya de nosotros, o que sea nuestro enemigo; ni hacer daño a quien goce de nuestra amnistía; ni mantener ocultas las noticias relativas a enemigos que lleguen a su conocimiento. Él y sus súbditos deberán pagar al año un tributo personal consistente en un dinar en metálico, cuatro almudes de trigo y cuatro de cebada, cuatro medidas de mosto, cuatro de vinagre, dos de miel y dos de aceite. Esta tasa quedará reducida a la unidad para los esclavos. Escrito en rachab del año 94 de la hégira (abril, 713)".
Como se desprende del escrito anterior, los españoles sometidos quedaban pbligados al pago de unos tributos, que eran en parte distintos a los que pagaba al Estado cualquier musulmán. Éstos y cualquiera que abrazase la nueva fe, quedaban exentos del impuesto personal, que sólo recaía sobre los cristianos y los judíos. Recibía el nombre de chizyá. pero además debían pagar un impuesto territorial (jarach), común a todos los musulmanes, por el que se les garantizaba el disfrute de sus tierras y cuyo importe se tasaba anualmente. La exención del impuesto personal a favor de quienes abrazaran el islamismo sirvió de acicate para que parte de los españoles se convirtieran a la nueva fe, pasando a formar parte del grupo de los muladíes, del que ya nos ocuparemos más adelante, con lo cual venían a hacer causa común con los invasores.
El grupo de éstos era bastante heterogéneo. Estaba formado por beréberes, sirios y árabes, divididos entre sí por antagonismos tribales y orgullos de raza. Pero antes de meternos en este nido de discordias y venganzas, tenemos que ver cómo fueron instalados en la Península.
Aunque el botín recogido por los musulmanes en el asalto da las ciudades fuera abundante, los bienes raíces obtenidos, principalmente de tierras, fueron más bien escasos: quedaban limitados a las tierras incautadas a los que se habían sometido por el pacto suhl. De ellas había que restar el quinto, que pertenecía al califa (jums), a quien quedaba también reservada la propiedad de las tierras yermas del país (mawat). Las restantes apenas bastaton para recompensar a los 35.000 berberiscos y árabes que vinieron en los ejércitos de Tariq y Musa. entre el 716 y el 719, dos nuevos valíes, Al-Hurr y Al-Samh, llegaron a España con nuevos inmigrantes. El primero desembarcó acompañado de 400 jefes árabes, con los qu sentó las bases de la administración del territorio, y el segundo con un número más elevado de soldados, que acudían en busca de fortuna. La falta de tierras para los nuevos invasores les llevó a exigir a los soldados de Tariq y musa que les entregaran parte de las suyas, lo cual revela la escrupulosidad con que respetaban a los hispanos sus propiedades. La tensión que se produjo fue causa de que el califa Omar II pensase, al parecer, abandonar España; pero encontró una solución en el último momento consistente en que los jums califales fueran otorgados en usufructo a los guerreros de Al-Samh, mediante una especie de investidura (iqtá). Hacia el 741, 12.000 soldados pertenecientes a los chunds o distritos militares de Siria llegaron a España, al mando de Balch ben Bishr al Qushayrí. Ya no había tierras disponibles con que recompensarles. Entonces, por consejo del mozárabe Ardabasto, el hijo de Witiza, que desempeñaba un papel importante en el Islam español, se les asignó un sueldo que sería deducido del tercio de los tributos que pagaban los cristianos, y los jinetes sirios fueron distribuídos por diferentes ciudades andaluzas. Los de Damasco marcharon a Granada; los del valle del Jordán, a Málaga; los de Palestina, a Medina-Sidonia, y los de Egipto se repartieron entre el sur de Portugal y Murcia. Estos fueron los principales contingentes que inmigraron a nuestra Península.
La densidad demográfica de Al-Ándalus no debió sufir variación, en conjunto, respecto a la que tenía bajo los visigodos. La escasa aportación étnica de los invasores, tanto a través de las expediciones como del flujo constante de inmigrantes, difícilmente mensurable, que siguió en los años posteriores, apenas compensó la fuga de población indígena hacia el norte cristiano. Dicho sea de paso que desconocemos la cantidad de población que tenía España antes de la invasión.
En cambio, se conoce bastante mejor su organización social, las clases que entre ellos existían y las diferentes categorías que se mantenían en cada clase. En la cúspide social hispano-musulmana se encontraban los árabes propiamente dichos, que trajeron a la Península, no sólo el orgullo de pertenecer a la tierra del Profeta, sino todas sus diferencias tribales y los odios que enzarzaban a unos con otrosen interminables luchas. Había dos grandes grupos rivales, los yemeníes o kalbíes, procedentes del sur de Arabia, y los qaysíes, originarios del centro y del norte. A este grupo pertenecía la tribu Quraysh, de la Meca. Los árabes se apropiaron, en los repartos, de las tierras más fértiles, instalándose en los valles del Ebro y Guadalquivir y, en general, en todo el sur y el levante. De entre ellos saldrán los principales gobernantes y altos funcionarios de la administración de Al-ándalus. Grandes celosos de sus privilegios de casta, establecieron distintas categorías entre ellos mismos, según hubieran o no llegado en las primeras expediciones. Los primeros en llegar, para distinguirse de los otros, recibieron el nombre de "baladíes", esto es, instalados en el país. Entre los miembros de las distintas tribus renacieron pronto las mismas rivalidades que ensangrentaron Oriente. España se vio, por ello, sacudida con interminables luchas intestinas que mermaron la capacidad expansiva del Islam y permitieron, por el contrario, que los nacientes núcleos de resistencia cristiana se consolidaran.
Muy por debajo de los árabes de raza, en la consideración que recibían, estaban los beréberes, venidos en gran cantidad con los primeros ejércitos de Tariq y Musa, y desde entonces en ininterrumpida inmigración. Procedían de distintas tribus norteafricanas que habitaban Mauritania, principalmente de las de Gomera y Nafza. Hombres de aspecto seco y tez morena, estos mauri (de donde salió la palabra castellana "moros", como ya vimos) constituyen la figura más conocida por los cristianos del norte y la que, a su juicio, representaba a los nuevos dominadores. Procedentes de las zonas semidesérticas próximas al Sáhara y de las montañas del Atlas, alimentaron durante muchos siglos una corriente migratoria hacia el norte, en busca de tierras fértiles, a medida que las suyas se desertizaban. Almorávides, almohades y benimerines, que conmocionaron la España cristiana entre los siglos XI y XIV, son los últimos ejemplos de este proceso, que se hacía sentir ya desde tiempos prehistóricos. La progresiva sequedad del desierto arrojaba a sus hijos hacia España. En esta ocasión, los venidos, que constituían la mayoría de los invasores, fueron tratados, a pesar de ello, de forma despectiva incluso por los árabes. No se les consideraba verdaderos musulmanes, por lo que fueron obligados a pagar el tributo personal que pesaba únicamente sobre los no creyentes. Eran tratados con altanería. A la hora del reparto de tierras recibieron las peores. Sea por esta razón o porque se acomodaba más a la forma de vida a la que estaban acostumbrados en las montañas africanas, los beréberes se instalaron en las laderas de los sistemas Cantábrico y Central y, sobre todo, en las montañas andaluzas. Allí se dedicaron a su actividad preferida, el pastoreo. Pero pronto iban a dar también señales de disconformidad.
Entre la población aborigen nacieron también grupos diferentes. Los dos más importantes fueron los muladíes, nombre derivado del árabe muwalladum, que designaba a los descendientes de los conversos, y que eran aquellos que abrazaban la fe de Mahoma. Por lo general, no existió nunca presión por parte de las autoridades islámicas para que los cristianos se convirtieran. Contribuían a esta aparente tolerancia los intereses económicos, ya qeu los conversos dejaban de pagar el tributo personal. Pero a los conversos les estaba terminantemente prohibido renegar de su nueva fe, siendo la apostasía penada con la muerte. Su mejor condición económica en relación con los cristianos y la mayor consideración que recibían de los invasores, movieron sin duda a los cristianos más avezados a abrazar el islam. Los muladíes tuvieron una función de primer orden en el nuevo Estado. En los primeros años constituían el elemento más culto de la sociedad, frente a los guerreros que estaban en su mayor parte sin civilizar. A ellos hay que asignar, por tanto, el primer sustrato cultural de la España musulmana, que tan buenos frutos daría posteriormente. Por otra parte, contribuyeron además a dotar al país de mayor estabilidad política. Las diferencias que dividían a los árabes y los beréberes habían imposible fundar sobre ellos algo firme y duradero. En cambio, los muladíes constituyeron un sedimento sólido, que fue la base principal del Estado cuando éste conseguía mantenerse.
El grupo más numeroso de la población de Al-Ándalus durante mucho tiempo lo constituyeron los mozárabes. Musta'rib significa "injerto" en árabe o "el que se arabiza". Son aquellos que siguieron conviviendo con los musulmanes, pero conservando su fe católica. De acuerdo con los pactos por los que se sometieron, gozaron de gran libertad y autonomía, gobernándose mediante instituciones propias de herencia visigoda. Difícilmente hubiera podido ser de otra manera ya que los musulmanes ni estaban preparados ni eran suficientes para regir a los varios millones de mozárabes. Al frente de cada ciudad o comarca había un conde o defensor, de entre los que empezó a destacarse el de Córdoba (más cercano al poder islámico), que fue inicialmente Ardabasto, hasta alcanzar cierta primacía sobre los demás condes. Los mozárabes poseían jueces propios, llamados censores, y que administraban justicia de acuerdo con el Fuero Juzgo. También era mozárabe el exceptor, que debía cobrar los tributos impuestos a los cristianos y entregarlos al Estado.
La importancia de los mozárabes es indiscutible. Serán ellos los que se encarguen de mantener el espíritu de los cristianos y su conciencia de grupo. No es de extrañar que fuera en las ciudades donde el mozarabismo se conservara por más tiempo, mientras en el campo, sujetos los campesinos a los nuevos señores musulmanes, desapareciera más rápidamente.
Y así concluímos que Bizancio primero, luego los visigodos y ahora el Islam, se contertían en los herederos de la economía que Roma había montado en torno al Mediterráneo, al controlar sus rutas de navegación. España, al pasar a la órbita política musulmana, entró también a formar parte de la nueva órbita económica mediterránea, con lo que la vida urbana, la circulación monetaria y la economía de mercado siguieron presentes en Al-Ándalus. Pero tampoco esto supone un cambio radical con respecto a la España visigoda, ya que la economía de ésta no se había salido completamente de la órbita mediterránea. Las ciudades siguieron manteniendo una vida económica propia; el comercio no había perdido sus contactos con Oriente y el norte de África y la moneda circulaba abundantemente. Lo que sí se produce ahora es un cambio de coyuntura, pues mientras que en la España visigoda todas las actividades se veían afectadas por la recesión de Occidente ahora, entrando a formar parte del bloque musulmán, se vería inmersa en una coyuntura económica expansiva y muy favorable a la prosperidad. Este nuevo impulso contribuiría definitivamente a que las ciudades se remocen y adquieran un ritmo creciente en actividades y población, preparando el florecimiento de los siglos siguientes.

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