25 jul. 2014

GUERRAS CIVILES EN AL-ANDALUS

Como ya dije, desde que Musa y Tariq partieron para Damasco a rendir cuentas al califa hasta el año 716 la España musulmana estuvo gobernada por el hijo del primero, Abd Al-Aziz. Éste casó con la viuda de Don Rodrigo, Egilona, a quien los árabes llamaban Ailo. Una serie de tradiciones, de crédito dudoso, atribuyen a Egilona un peligroso ascendiente sobre Abd Al-Aziz, al que se dice que incitó para que se coronara y reinara en España como sus predecesores visigodos. La antigua reina, según esto, no sólo abrazó el islamismo, sino que llegó a comentarse que su nuevo marido podría haber llegado a convertirse al cristianismo. Es posible que todo esto no fuera más que un burdo rumor levantado por los partidarios acérrimos del califa, que empezaban a dudar de la fidelidad del hijo de Musa, cuyo triste final era lógico que tratasen de vengar. Siguiendo órdenes del califa Sulaymán, un cliente suyo, de nombre Ziyad ben Udhra, al frente de un grupo de conspiradores, lo asesinó en la iglesia de Santa Rufina, de Sevilla, convertida en mezquita, y su cabeza fue enviada a Damasco.
Con la muerte de Abd Al-Aziz, que había residido la mayor parte del tiempo en Sevilla, se cerraba la fase de conquista de la Península y desaparecía del gobierno de España la familia del conquistador abriéndose una nueva etapa, la de los gobernadores independientes del califato de Damasco (716-758). Con ellos suben al poder árabes pertenecientes a las diversas familias o tribus venidas de Arabia y, en sonsecuencia, las luchas y rivalidades que tenían en su país de orígen renacen aquí con no menos virulencia. La conciencia de Estado era todavía muy débil en estos musulmanes que, faltos de tradición política, se apoyaban sobre todo en el caudillaje. Los períodos de paz y orden coinciden con la aparición de un caudillo, es decir, de una persona capaz de atraerse las simpatías de la población. Cualquiera que se considerase capaz podía empuñar las armas y aspirar a conquistar el poder. Este caudillaje era utilizado, a su vez, por las digerentes facciones tribales para vengarsse de sus enemigos.
A los odios y envidias de los clanes árabes se unió pronto el descontento de otros grupos étnicos: los que fueron peor tratados a la hora del reparto de las conquistas, es decir, los beréberes. en sus luchas se meclaron las aspiraciones materiales con un sentimiento religioso de igualdad. Unos y otros conviertieron este período inicial de la España musulmana, que precede a la venida de Abd Al-Rahmán, en una serie ininterrumida de guerras intestinas, entreverándose unas con otras y haciéndolas más largas e intrincadas.
Sin ánimo de entrar en detalles, las dos grandes familias rivales de Arabia, yemeníes o kalbíes y quaysíes, que en realidad simbolizaban la oposición entre el sur, fértil, y el norte, desértico y belicoso, estuvieron representadas casi alternativamente entre los dos valíes españoles. La parcialidad en favorecer a los de su clan y perseguir a los del contrario fue llevada hasta extremos inusitados por un quaysí, al-HAytham ben Ubayd, por cuya indicación fueron muertos muchos yemeníes. El califa hubo de sustituirlo nombrando a Al-Gafiq, el vencido de Potiers. Al morir éste en la batalla, fueron enviados desde África del Norte dos nuevos valíes, Abd Al-Malik y Uqba. El gobernador africano, de la tribu de los qaysíes, mantenía una peligrosa política de opresión sobre los beréberes, a los que no sólo exigía tributo personal, aunque hubiesen abrazado el islamismo, sino también cierto número de hermosas doncellas, destinadas al harén del califa. En consecuencia, los beréberes engrosaron el crecido grupo de descontentos del mundo musulmán, de aquellos que no habían sido favorecidos por ninguno de los privilegios que la aristocracia árabe había reservado para sí. Pronto encontraron eco sus reivindicaciones en la corriente político-religiosa, a la que suele darse el nombre de herejía jarichi. Jarichíes (o "apartados"), se denominó así mismo cierto sector de los partidarios del califa Alí, que se negaron a someter a un arbitraje la cuestión de culpabilidad de éste en la muerte de su predecesor Omán. Pronto los "apartados" elaboraron una doctrina cuya base estaba en la absoluta igualdad de todos los miembros del Islam. No debía haber diferencia alguna de razas ni parentelas. Cualquier convertido podía aspirar a los más altos cargos, con tal de que obervara una conducta intachable. Siguiendo esta lógica, se afirmaba que la dirección de la comunidad debía encomendarse al "mejor musulmán", fuera cual fuera la familia o nación de la que procediese.
La opresión que padecían los beréberes encontró en esta doctrina un aura liberadora que no tardó en convertirse en el viento impetuoso cuyas sacudidas llegaron desde el norte de África a la Península Ibérica. La doctrina jarichí encontró adeptos sin dificultad entre los beréberes, que tan sólo tenían aspiraciones igualitaria y mantenían cierto puritanismo religioso muy propio de los nuevos conversos. Pronto las masas enardecidas se levantaron en armas y comenzaron a proliferar los enfrentamientos armados. Desde Damasco, el califa se vió obligado a enviar un enorme ejército de más de 30.000 hombres entre los que iban 10.000 jinetes sirios, a los que en Egipto se unieron nuevos contingentes.
La ayuda Siria salvó a los árabes españoles. Cuando desembarcaron en Algeciras, tres columnas beréberes se dirigían respectivamente contra Córdoba, Medina-Sidonia y Toledo, pero fueron aplastadas rápidamente. Al poco tiempo la insurrección había sido dominada y los sirios habían obtenido además un ingente botín. Pero su comandante, Balch, lejos de reconocer la legitimidad de los gobernantes árabes de la Península, dirigió un ataque sorpresa contra Córdoba y dio buena cuenta del goberador Abd Al-Malik, que fue crucificado ignominiosamente. Desde ese momento, Balch ocupó el puesto de gobernador de España.
La conducta imprudente de Balch, que se había dejado llevar por su odio visceral contra los yemeníes, fue sumamente perniciosa. La guerra de clanes se había desencadenado, y para frenarla serían necesarios muchos años y mucha sangre.

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