21 jul. 2014

LA CONQUISTA DE ESPAÑA

Mahoma murió en el año 632, sin dejar una doctrina política ni religiosa clara. Ni siquiera sabemos si aspiraba a dominar más allá de la península arábiga, ni si había concebido el islamismo como religión universal o tan sólo como un credo para el pueblo árabe. Tampoco dejó determinado quién y en qué condiciones habría de sucederle.
Nada de esto fue obstáculo para que sus sucesores, los califas legítimos, dominaran en los treinta años siguientes no sólo el territorio arábigo, sino sobre un Imperio formado por las mejores provincias bizantinas (Siria, Palestina y Egipto) y la mayor parte del antiguo imperio persa. La llegada de la dinastía omeya no cortó este furor expansivo, sino que lo acrecentó. Hacia oriente habían penetrado en la India, donde en el 711 poseían buena parte del Punjab. El gran conquistador árabe Qutayba hizo retroceder al imperio turco hasta más allá del Asia Central, arrebatándole Bactriana, Bujara y Samarkanda, entre otras regiones. También se enfrentaron con el renaciente Imperio Chino de los T'ang. El año 751 detuvieron su marcha hacia China en la batalla del río Talas, en el Turquestán. Es esta ocasión aprendieron los árabes de los prisioneros chinos la fabricación del papel, que transmitirían siglos más tarde a Europa.
Paralelamente, los árabes se extendían hacia Occidente por el norte de África. Tras la conquista de Egipto en el 642 llegaron a la Cirenaica, y luego a Trípoli. Más allá estaba Cartago, principal reducto de los bizantinos, que sólo en el 698 sería ocupada definitivamente. Entretanto, los árabes no permanecieron inactivos. Al otro lado de la costa norteafricana estaban los beréberes, con los que lucharon denodadamente durante el último tercio del siglo VII hasta someterlos. Después del acceso al califato del primer omeya, Mohavia, se inició la empresa con una expedición de tanteo en el 664. Dos años después un ejército mandado por Uwba, sobrino de Amr, el conquistador de Egipto, emprendió la conquista definitiva.
En el 670 se fundó la ciudad de Cairuán. Los árabes avanzaron por la costa, evitando las fronteras bizantinas, y, apoyados por la flota, llegaron hasta Tánger. Tal vez fuera en esta ocasión cuando Wamba les destruyó cerca de 270 naves. Los beréberes ofrecieron tenaz resistencia, por lo que los califas tuvieron que enviar un poderoso ejército de 40.000 hombres, el mayor enviado contra Occidente, al mando de Al-Gassani. Cuando ya concluía el siglo, éste obtuvo la victoria definitiva contra los bizantinos; pero fue su sucesor, Musa ben Nusayr, quien poco después concluyó la sumisión de los beréberes, llegando hasta el Atlántico tras conquistar todo el territorio marroquí y dejar en Tánger a su liberto, Tariq ben Ziyad, con 12.000 soldados y 27 árabes encargados de instruir a los beréberes en el islamismo.
Así estaban las cosas en el norte de África cuando Musa, que actuaba ya como valí de estas tierras, recibió la petición de ayuda de los hijos de Witiza. Aunque la iniciativa de la invasión naciera de un hecho fortuito para los musulmanes, como fue llamada por los vaticianos, lo cierto es que la conquista de España era la prolongación natural de su expansión por Occidente. Pero no lo es menos que con ella los árabes habían alcanzado ya los límites de su capacidad expansiva en esta dirección y que cualquier conquista ulterior hubiera debilitado la supremacía que ejercían desde España al Asia Central. Esto explica su derrota en Potiers en el 733, más importante como símbolo que como empresa militar.

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Una vez decidida la conquista de España, la empresa resultó aún más fácil de lo que se esperaba. el primer cuidado de Tariq fue llegar a un nuevo acuerdo con los hijos de Witiza por el que éstos renunciaron, bien a su pesar, a reinar en España, contentándose con recibir el rico patrimonio real godo, formado por más de 3.000 alquerías. El convenio fue ratificado por Musa en África y por el califa Al-Walid desde Damasco. Solucionada esta cuestión, Tariq se lanzó a una audaz incursión hacia el interior, cuyo objetivo primordial era Toledo. Después de derrotar en Écija a las tropas cristianas que se habían reagrupado tras la derrota de Guadalete y de encargar a dos destacamentos de su ejército que hostigaran a las grandes ciudades de Andalucía, él continuó con la mayor parte de sus tropas, evitando siempre las plazas fuertes. La ruta que siguió pasaba probablemente por Martos, Jaén, Úbeda, Vilches y Alhambra, para cruzar Sierra Morena por Despeñaperros y llegar por Consuegra a la capital del reino visigodo. Toledo se entregó sin resistencia. Previamente su metropolitano, Sineredo, había escapado, refugiándose en Roma. La mayor parte de los nobles habían dejado también la ciudad. El ejército de Tariq encontró en ella incalculables riquezas, entre las que ocupa un lugar destacado el tesoro real visigodo, del que el caudillo beréber se incautó.
Pero no permaneció allí mucho tiempo. Desde Alcalá de Henares, siguiendo la calzada romana que ascendía por Buitrago y Clunia (la actual Coruña del Conde), llegó hasta Amaya, principal centro urbano de Cantabria. Desde allí marchó hacia León y Astorga, también por las vías romanas, para regresar después a Toledo. Allí esperó a Musa ben Nusayr, quien con un nuevo ejército de 18.000 hombres árabes y beréberes había pasado a la Península.

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