20 jul. 2014

EL FIN DE LA MONARQUÍA VISIGODA (y III)

Ervigio, durante cuyo reinado el país fue azotado por una gran hambruna, consecuencia de las malas cosechas, murió en 687; pero antes, temiendo las represalias de la familia de Wamba, procuró que le sucediera un sobrino de éste, Egica (687-702), al que había casado con su propia hija, Cixilona. El rey había intentado de este modo unir ambas familias y evitar las consabidas represalias, pero todo fue en vano. Egica fue coronado rey y entonces Wamba, que todavía vivía en Pampliega, ordenó a su sobrino que repudiara a Cixilona. En el XV Concilio de Toledo, celebrado al año siguiente, Egica solicitó ser desligado del juramento que había prestado a Ervigio de proteger a su familia, alegando que le impedía cumplir otro más importante: administrar la justicia a su pueblo. Una vez absuelto del juramento, Egica quedó con las manos libres para proceder contra la familia de su suegro, que era lo que en realidad buscaba. Uno de los actos que se le atribuyen fue el de sacarle los ojos a Teodofredo, hijo de Chindasvinto y padre de Don Rodrigo, que se retiró a Córdoba y gobernó quizá la Bética en calidad de duque.
En el interior, Egica hubo de hacer frente a alguna rebelión, como la protagonizada por Sisberto, metropolitano de Toledo, y otros magnates. Siguió la política antijudía de sus predecesores, atacando su economía con normas destinadas a dificultar sus actividades comerciales. Cuando en el año 694 se hallaba reunido el XVII Concilio de Toledo, se corrió la noticia de que los judíos españoles, de acuerdo con los que se habían refugiado en el norte de África, proyectaban la destrucción de España (faltaban tan sólo diecisiete años para que los árabes lo convirtieran en realidad). En consecuencia, el concilio decretó la confiscación de todos los bienes de los judíos y su reducción a la esclavitud. Fueran o no ciertos los rumores de sus conspiraciones, los judíos fueron objeto por parte de Egica del peor trato que jamás hubiesen recibido en nuestro suelo (y ése era sólo el principio). Tan sólo fueron exceptuados los de la Narborense; la peste bubónica se había adueñado de aquellas tierras, dejándolas casi despobladas. No era aconsejable, en esas circunstancias, inquietar a los judíos supervivientes.
A Egica le sucede su hijo Witiza, que gobierna primero en calidad de asociado a su padre y, muerto éste, como rey único (702-710). En la primera fase de su gobierno residía en Galicia. Allí se cuenta que, enamorado de la mujer del duque Fáfila, hirió a éste con un bastón en la cabeza y lo mató. El hecho no cayó en el olvido, pues en una de las primeras conspiraciones a la que hubo de hacer frente se encontraba un hijo de Fáfila, de nombre Pelayo... El motivo principal de esas conjuras no fue otro que se buscaba suavizar las medidas adoptadas contra los judíos e impedir que se consumara la decisión de Witiza de asegurar a su hijo Akhila en la sucesión al trono regio, confiándole en vida la gestión y gobierno de las provincias Narborense y Tarraconense. Esta forma anticonstitucional - si se nos permite la expresión - por la que el mismo Witiza había llegado a reinar, causó un profundo malestar entre la nobleza, que cerró filas en torno del nieto de Chindasvinto, Rodrigo, quien vivía en Córdoba como el duque de la Bética.
Las fuentes historiográficas posteriores apenas nos permiten seguir con objetividad lo que en adelante sucedió. Dividida España en dos facciones rivales, los personajes son tratados antagónicamente según que el autor pertenezca a las simpatías de un bando o de otro. Así, Witiza es tratado por unos como un monstruo sin inteligencia que vive rodeado de concubinas y que depravó el orden religioso causando la ruina de España. Otros, en cambio, ven en él al monarca benévolo que aligeró las cargas impuestas por su padre y devolvió la prosperidad y la alegría a España. Pero unas y otras fuentes, esto sí que es cierto, no dejan de criticarle su carácter insolente y libidinoso, así como de reprocharle el modo que tuvo de acceder al trono.
Witiza dio alguna ley acerca del empleo de la ordalía o juicio de Dios, última de las que figuran en el Fuero Juzgo. También hubo de rechazar una expedición naval bizantina que alcanzó las costas españolas; el encargado de hacerles frente fue Teodomiro, que gobernaba la región de Orihuela. Allí le encontraron los árabes unos años más tarde, y conseguiría también imponerles sus condiciones.
También hubo Witiza de enfrentarse a estos últimos, aunque de forma indirecta. Hacía unos años que los árabes, forcejeando con los bizantinos de Cartago y los bereberes de Mauritania, se habían apoderado de casi toda la zona costera del norte de África, desde Túnez a Marruecos. Ya en el 682 el gobernador islámico Uqba había cruzado el Estrecho de Gibraltar con la intención de apoderarse de las plazas de Tetuán y Ceuta, que dominaban la parte africana del Estrecho, si bien no lo logró. Ceuta era gobernada ahora por un misterioso personaje al que la leyenda conoce con el nombre de conde don Julián y es denominado en los libros árabes como Ulyán o Ulbán, y cuyo nombre verdadero se desconoce en realidad. Tampoco se sabe en nombre de quién gobernaba Ceuta. Seguramente era el jefe católico de una tribu que habitaba en esa parte del Atlas africano y que estaba unido a Witiza por vínculos personales de vasallaje. Cuando 25 años después del ataque de Uqba, el nuevo valí, Musa ben Nusayr, conquista Tánger y asedia Ceuta, el rey visigodo se ve precisado a acudir en ayuda de su vasallo. Gracias a la flota visigoda, que introduce en la ciudad víveres y tropas, don Julián pudo resistir.
Al morir Witiza en el 710, el conflicto que rugía en el seno del Estado visigodo salió a la superficie. Los hijos de éste, con el apoyo de sus partidarios, intentaron sucederle, y aun incluso parece que hubo una especie de proyecto de reparto del territorio nacional entre ellos; mas el resto de la nobleza no estaba dispuesta a permitir que de nuevo se les escapara el nombramiento del rey y procedieron a la elección, que recayó en Rodrigo, nieto de Chindasvinto y gobernador de la Bética por aquel entonces. Los nobles que lo eligieron le instaron a que sometiera por las armas a los hijos de Witiza y a sus partidarios. Viticianos y Rodriguistas se aprestaban, pues, en combatirse en una guerra suicida que acabaría con la España visigoda en cuestión de meses. El mayor de los hijos de Witiza, Akhila, actuaba como rey en la Narborense y la Tarraconense, de las que antes había sido gobernador. A causa de la evidente inferioridad, los viticianos recurren a la ayuda extranjera, que esta vez le solicitan al norte de África; pero el conde don Julián, al que probablemente acudieron en primer lugar, había perdido ya su independencia. Al faltarle el apoyo godo tras la muerte de Witiza, se había tenido que rendir a los árabes. Éstos fueron los que, en última instancia, recogieron la petición de auxilio cursada desde la Península (aunque también parece probable que uno de los hijos de Witiza cruzara el Estrecho para solicitarla personalmente). Entretanto, don Rodrigo lograba imponerse a sus enemigos en la mayor parte del territorio, ya que, según parece, la Tarraconense y la Narborense jamás le obedecieron.
El valí del norte de África, Musa ben Nusayr, por su parte, dudaba en aceptar la invitación que se le había hecho de intervenir en España. El califa de Damasco, Al-Walid, a quien expuso el caso, le había aconsejado que tantease primero el terreno, y con este fin envió al beréber Tarif ben Maluk, quien desembarcó en Tarifa, la cual recibió de él su nombre actual. En el año 710 hizo algunas expediciones y regresó a África. Al año siguiente un ejército formal, al mando de Tariq ben Ziyad, cruzó el Estrecho en varios viajes con cuatro barcos. Tariq, que era lugarteniente de Musa en Tánger, pasó con el primer contingente y se fortificó en las rocas de Calpe, que luego llamarían Chabal-Tariq o "Monte de Tariq", de donde procede el actual nombre de Gibraltar. Allí esperó a la llegada del resto de tropas y luego fue tomando otros lugares próximos que organizó como bases, en vistas a una posible retirada.
Don Rodrigo, que se hallaba sitiando Pamplona, donde los vascos se habían sublevado una vez más, descendió hacia Córdoba al tener noticias del desembarco. Tariq pidió entonces más refuerzos a Musa, quien le envió 5.000 hombres y, con ellos, al conde don Julián. No salieron al encuentro del último rey godo, sino que aprovecharon la espera para mejor elegir el terreno sobre el que debería sostenerse la batalla. Cuando al fin apareció el enemigo, la batalla tuvo lugar junto al río Barbate, cerca de la laguna de la Janda (si bien hay historiadores que consideran que más bien debió tener lugar junto al río Guadalete, al sur de Arcos de la Frontera).
Cuentan los autores árabes que las alas del ejército de don Rodrigo iban comandadas por los hermanos de Witiza, Oppas y Sisberto, que habían fingido someterse esperando el momento de la revancha. Nada más comenzar el combate, hicieron defección con todos sus soldados; pero el centro, mandado por el rey en persona, resistió bravamente durante varios días, hasta que al fin fueron destrozados por los invasores y el propio Rodrigo pereció en la batalla. Posiblemente su cuerpo, que no apareció nunca, fue recogido por alguno de sus leales para darle cristiana sepultura.
Los musulmanes, cargados con un enorme botín, se retiraron a sus campamentos. La muerte de don Rodrigo expresaba mejor que nada el final de la monarquía visigoda. en vano Akhila seguiría manteniendo durante nueve años la ficción de que él era el nuevo rey de España. Más verdad contenía aquella lápida sepulcral que, al parecer, había en el siglo IX en una iglesia de Viseo: "Hic requiescit Rudericus, ultimus Rex Gothorum". Las facilidades concedidas a Tariq para que destruyera el ejército visigodo le llevaron al convencimiento de que España era presa fácil, una fruta madura al alcance de su mano. Rodriguistas y Viticianos percibirían muy pronto que no saldría de entre ellos un vencedor, sino que un nuevo poder terminaría por dominarlos a todos.

...

De ahí provino, como resultado final e imprevisto, la "pérdida de España" y el comienzo de una nueva etapa en su historia bajo el signo de la civilización islámica que tanto iba a aportarnos. Al tratarse de un hecho demasiado importante como para que figurase en la literatura posterior desprovisto de un adorno legendario. Rodriguistas y viticianistas resurgirán en las crónicas y romances, para inculpar a la parte contraria del desastre sucedido. Pronto una figura femenina, la Cava (la prostituída), hija del conde don Julián, aparece protagonizando la tragedia. Según los autores árabes, con quienes colaboraron don Julián y los viticianos, la joven, que residía en la corte de Toledo, fue un día vista, mientras se bañaba en el Tajo, por el rey que se enamoró de ella. Cuando su padre supo que había sido violada, juró vengarla. Desde entonces don Julián trató de convencer a los árabes de las riquezas de España y de lo fácil de su conquista, ofreciéndose él mismo a abrirles las puertas. Los rodriguistas, sin modificar el contenido de la leyenda, atribuirán, en cambio, a Witiza el estupro de la joven, que en el Romancero recibe el nombre arbitrario de Florinda.



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