18 jul. 2014

EL FIN DE LA MONARQUÍA VISIGODA

A pesar de disfrutar de unas décadas de aparente prosperidad, los días del Estado visigodo estaban contados. Era difícil que se mantuviera en vigor cuando todo el Occidente europeo caminaba hacia la desintegración política. A causa del retroceso general llegó el declive económico, la inseguridad pública y la multiplicación de los lazos personales. Esta feudalización de la economía, de la sociedad y del Estado socavaba los fundamentos de la monarquía y la convertía en un cuerpo debilitado, minando su capacidad de resistencia por encima de lo que el perfecto montaje estatal permitía suponer.
La marcha del Estado hacia la feudalización hubiera acabado pacíficamente con él, convirtiendo a sus reyes en señores feudales de Toledo y sus alrededores, lo mismo que los francos se quedaron sólo en París y l'Isle de France; mas un factor ya viejo, la lucha de clientelas en apoyo de familias rivales, aparece ahora con nueva e inusitada violencia en la monarquía toledana para precipitar su hundimiento. La Historia tiene, a veces, sus paradojas, y una de ellas es que la chispa que desencadenó esta lucha frenética provino de una de las pocas elecciones hechas constitucionalmente: la de Wamba, que por lo demás se resistió cuanto pudo a aceptar la corona que se le ofrecía. Desde entonces hasta la derrota de Don Rodrigo, las familias de Chindasvinto y Wamba monopolizarán el trono y se perseguirán mutuamente hasta destuirse por completo. De los cuatro reyes que sucedieron a este último, dos de ellos, Ervigio y Rodrigo, son de la familia de Chindasvinto, y otros dos, Egica y Witiza, pertenecen a la de Wamba.
El primero de septiembre del 672 moría Recesvinto en su villa de Gérticos, en la provincia de Salamanca. A continuación, los nobles que constituían el Aula Regia que se hallaban con él procedieron a elegir sucesor, recayendo la designación sobre uno de los allí presentes, llamado Wamba. Éste rechazó la corona, alegando que su avanzada edad no le permitía hacer frente a los graves problemas que amenazaban al Estado; pero al final hubo de ceder a los ruegos de todos, y sobre todo cuando uno de los duques allí presentes le amenazó de muerte con su espada si no aceptaba (...¡convertirse en su rey y señor!). El nuevo rey no quiso conosnarse sino en Toledo, seguramente para contar así con la adhesión de la capital, donde prestó el acostumbrado juramento y fue jurado por los súbditos.
Muy pronto Wamba hubo de hacer frente a las rebeliones armadas que se produjeron. Se hallaba a punto de combatir a los vascones, que, como de costumbre, asolaban con sus correrías las regiones próximas. Allí tuvo noticia de que el conde Hilderico de Nimes, apoyado por algunos godos y probablemente por los francos, se había sublevado en la Septimania. Para someterlo, Wamba envió al duque Paulo, de origen bizantino. Pero éste, antes de llegar a Narbona, decidió proclamarse rey a sí mismo. Efectivamente, fue coronado en esa ciudad, y muy pronto le obedecían toda la Galia gótica y la Tarraconense. Quizá en los planes de Paulo no entrase destronar a Wamba, a quien en una carta denomina "rey del Sur", titulándose a sí mismo "rey del Este", como si con ello diese a entender que sólo aspiraba a reinar en esta parte del territorio. Wamba, naturalmente, no se avino al reparto. Y aunque por entonces Paulo contaba con el apoyo de los vascos, francos y judíos, el rey, en un despliegue de fuerza, derrotó en siete días a los vascos, obteniendo de ellos rehenes. Luego se dirigió a marchas forzadas por Calahorra y Huesca hacia Barcelona y Girona, de las que se apoderó antes de penetrar en la Septimania en busca del duque rebelde. Con inusitada rapidez tomó Narbona, Agdé y Beziers, y luego Maguelona. Paulo, que se había hecho fuerte en Nimes, donde el conde Hilderico se le había unido, fue derrotado de manera fulminante por Wamba, anticipándose así a la llegada de un ejército franco que acudía a socorrer a los rebeldes.
Los vencidos fueron llevados a Toledo y juzgados por una solemne asamblea formada por todos los nobles y el ejército, que condenó a muerte a los rebeldes; pero Wamba conmutó la pena por la decalvación y cadena perpetua. Paulo y sus compañeros fueron paseados ignominiosamente por las calles de Toledo. También tomó el rey algunas medidas contra los judíos, que tan decidido apoyo habían prestado a la rebelión. En cambio perdonó a los francos, en aras de la paz en la frontera.
La experiencia vivida hizo reflexionar al monarca sobre la necesidad de fortalecer la defensa del Estado, exigiendo a sus súbditos el cumplimiento de sus deberes militares. A pesar de su victoria sobre Paulo, el rey se encontró con que la mayoría de sus súbditos reuhían acudir a las armas cuando eran llamados. Era el desinterés de los que vivían en sus comarcas bastándose a sí mismos con una economía cada vez más cerrada y autárquica. Las gentes comenzaban a concebir el Estado como algo ajeno. La ley militar de Wamba fue un drástico intento para devolver a los hipano-godos el interés por los asuntos públicos. Se disponía que todos los obligados al servicio militar acudieran rápidamente a cualquier zona en la que se produjese una invasión del exterior o una sublevación interior. Además se ordenaba que, a la primera noticia en 100 km a la redonda del lugar afectado, todos los vecinos debían empuñar las armas para su defensa, tanto si eran llamados por las autoridades como si no. La obligación no sólo afectaba al cabeza de familia, sino que éste había de presentarse con todos aquellos hombres que estuviesen bajo su autoridad, es decir, los bucelarios y los sayones. Las penas a los infractores eran muy graves. Los obispos y sacerdotes (que también estaban obligados al servicio militar) podían ser incluso desterrados si no cumplían con el mandato. Los laicos de cualquier condición serían vendidos como esclavos y sus bienes confiscados. Además, perderían el derecho a ser testigos en los tribunales.
Las consecuencias de esta ley fueron terribles, y nos muestran hasta qué punto se había perdido la conciencia pública. El sucesor de Wamba manifestó ante el XII Concilio de Toledo que la mitad del territorio nacional había perdido el derecho a testificar, de tal modo que los tribunales se veían continuamente imposibilitados para administrar justicia. Hubo de pedir su rehabilitación y retorno a la libertad, pues además España se estaba convirtiendo en un país de esclavos. Esto en modo alguno significaba que la ley no fuera oportuna. Ciertamente atacaba a un mal mayor. Lo grave es que el mal era incurable porque cuando la sociedad ejerce por mayoría su insumisión a la autoridad no hay sistema que la gobierne.

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