19 jul. 2014

EL FIN DE LA MONARQUÍA VISIGODA (II)

En Toledo realizó Wamba varias obras destinadas a embellecer la ciudad. También convocó el IX Concilio, aunque de carácter meramente provincial esta vez. En general podríamos decir que sus relaciones con la Iglesia fueron bastante tirantes, quizá a causa de la ayuda que algunos prelados prestaron al rebelde Paulo. El rey intervino en el nombramiento de obispos y en la creación de nuevas diócesis en lugares que estaban prohibidos por el derecho canónico, como el monasterio de Aquae, en Lusitania, o en la iglesia de San Pedro y San Pablo, en los alrededores de Toledo. En cambio parece del todo apócrifa la llamada "Hitación de Wamba", supuesta división de los obispados españoles a cargo del rey y decratada por un concilio toledano. Wamba se opuso constantemente a la convocatoria de concilios plenarios que los obispos españoles sin embargo reclamaban de continuo.
Durante este reinado parece ser que hicieron los árabes su primera aparición en nuestras costas. El Islam se había ido extendiendo por el norte de África, apoderándose de Egipto, Libia y Túnez, donde había sido fundada la ciudad de Cairuán. Atraídos por España, los árabes intentaron un desembarco pero la flota visigoda los derrotó y sus naves fueron quemadas.
El 14 de octubre del año 680, cuando Wamba acababa de cumplir el octavo año de su reinado, perdió el trono en extrañas circunstancias. El rey sufrió un desvanecimiento. Creyéndolo víctima de un ataque mortal, San Julián, a la sazón metropolitano de toledo, le impuso la tonsura clerical, de acuerdo con la costumbre observada con los moribundos. Pero pronto se recuperó, contemplando con amargura que la tonsura le inhabilitaba para seguir reinando, según lo prescrito en los concilios toledanos. El monarca se retiró al monasterio de Pampliega, cerca de Burgos, proponiendo como sucesor suyo a Ervigio.
Ervigio era hijo del griego Ardabasto y de una sobrina de Chindasvinto. La familia de éste volvía, pues, al poder. Pero pronto se supo que el accidente que le había costado el trono a Wamba no había sido casual y que Ervigio no era ajeno a él. Por instigación suya el rey había ingerido una poción de esparteína, droga que se producía en la comarca de Cartagena. El síncope sufrido era sólo un adormecimiento. Aunque Ervigio fue ungido rey siguiendo las indicaciones de Wamba, no se le escapaba que su situación era sumamente delicada y que empeoraría cuando Wamba y su familia descubrieran que había sido él el autor de la estratagema. Por lo tanto, inició una política de atracción de los magnates y de la Iglesia. Perdonó a los que habían sido perseguidos por su antecesor, condonó los impuestos que no habían sido pagados al subir al trono y accedió, aunque no desinteresadamente, a que se convocaran de nuevo los concilios de Toledo. A los tres meses y a los dos años de su reinado respectivamente, tuvieron lugar los concilios XII y XIII respectivamente. El primero estaba convocado manifiestamente para legitimar su acceso al trono. El rey se presentó humildemente ante los padres y conciliares que declararon válido todo lo hecho y desligaron a los súbditos del juramento de fidelidad a Wamba. Así se desquitaba el clero de las intromisiones del anterior rey en los asuntos eclesiásticos y demás medidas desfavorables a la Iglesia. Por su parte, Ervigio siguió halagándoles con otras medidas tales como la ley sobre los judíos, que obligaba a éstos a bautizarse en el plazo de un año. También se determinó en el concilio que el nombramiento de obispos corriera en adelante a cargo del metropolitano de Toledo, de acuerdo con el rey.
El concilio XIII sancionó la obra legisladora que se había llevado a cabo y que consistió principalmente en la revisión del Fuero Juzgo, al que se añadían algunas leyes que Wamba y el propio Ervigio habían dado sobre los judíos y el servicio militar, modificando la de su antecesor. En realidad no las suavizo, pues en la nueva ley se conienen las mismas obligaciones de acudir a las armas, y aun se añade que los nobles deben ir acompañados de una décima parte de sus siervos. Únicamente se suprimió la cláusula que inhabilitaba a los infractores para declarar en los tribunales, ya que era la que más dificultades había creado. En su lugar, los nobles que se mostrasen remisos perderían sus bienes y podían ser enviados por el rey al destierro, y los humildes recibían doscientos azotes y pagaban una multa de setenta y dos sueldos. Caso de no poder pagarla, que era lo más probable, eran reducidos a la esclavitud. El concilio concedió además una amnistía a los que habían participado en la sublevación de Paulo contra Wamba diez años antes. Se decretó asimismo que no se procedería en adelante contra ningún magnate, sacerdote ni gardingo sin que hubiera evidente indicio de culpa. Además debían ser juzgados públicamente por los obispos, nobles y gardingos, es decir, por sus iguales. En tanto, pues, que el Aula Regia no hubiera dictado sentencia contra ellos, no podínan ser interrogados, encarcelados ni mucho menos sometidos a tormento. De este modo el rey capitulaba ante la nobleza y el clero, que obtenían así su "habeas corpus" definitivo. El concilio, en compensación, otorgó un decreto en el que anatemizaba a quienes, una vez muerto el rey, desterrasen, matasen o confiscasen los bienes de sus hijos o su mujer.

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