27 jul. 2014

COVADONGA: COMIENZA LA RECONQUISTA

La aparición de la resistencia cristiana en el norte no fue un fenómeno mitológico rodeado de acontecimientos extraordinarios, como nos lo dibujaron los cronistas medievales que, a partir del siglo siguiente, se refirieron a él en términos de epopeya. Tampoco fue una rebeldía casual de unos desesperados, fugitivos de los árabes, que luchaban denodadamente en las gargantas de un monte. Hay en todo ello una lógica que la milagrería de unos y la crítica de otros no siempre han permitido ver. Cuando se sitúan los hechos en su verdadero contexto histórico, todo parece más sencillo, natural y, al mismo tiempo, cada acontecimiento recobra su auténtica grandeza.
La reaparición de la España cristiana, como entidad política, en la región astur no fue, en modo alguno, un hecho fortuito. La provincia visigoda de Gallaecia unía en sí, al mismo tiempo, por diversas circunstancias, el ser la región menos ocupada por los conquistadores y la que albergaba más hispano-godos disconformes con los nuevos ocupantes de la Península. Los musulmanes habían dejado, a lo sumo, guarniciones poco numerosas en las principales ciudades de la zona que, como ya dijimos, se entregó en bloque, por lo que la población continuó gobernada por sus condes cristianos como si nada hubiera pasado. Además, estas comarcas extremas recibieron el mayor número de fugitivos visigodos, que escapaban de los árabes y que pertenecían, en su gran mayoría, al partido rodriguista. Si había alguien interesado en resistir al enemigo eran ellos que, encon su presencia, hicieron de aquella zona la más apta para encabeza cualquier levantamiento. No hay que olvidar, por otra parte, que se trata de lugares en su mayor parte montañosos, que ofrecían grandes posibilidades para la resistencia, por no hablar del clima, del todo desconocido y duro para los invasores. en tales circunstancias, la dependencia real de sus habitantes quedaba reducida al pago de los impuestos, vínculo ciertamente oneroso que ellos procuraban sacudirse siempre que les era posible. Mientras los musulmanes estaban en paz, las guarniciones de las ciudades garantizaban el pago puntual de los tributos; pero en cuanto llegaban noticias de sus luchas intestinas, los cristianos se negaban a pagarlos, y lo conseguían mientras las querellas de los musulmanes les impedían a éstos enviar expediciones de castigo.
Una de estas negativas devio dar lugar al levantamiento de los astures, que tuvo la suerte de no ser sofocado y de convertirse, en consecuencia, en el punto de partida del reino astur-leonés. Pronto iban a tener un caudillo en la figura de Pelayo, hijo del duque Fáfila, asesinado por Witiza. Pelayo había luchado junto a don Rodrigo en calidad de espadario cuando la invasión islámica le obligó a huir hacia el norte, refugiándose en Asturias. allí fue enviado como gobernador de Gijón el árabe Munuza, quien se enamoró de una hermana de Pelayo. Para eludir la oposición de éste, fue enviado por el gobernador a Córdoba entre los rehenes tomados en el país, para así garantizar la sumisión del pueblo. Pero Pelayo consiguió evadirse y regresar inmediatamente a Asturias, perseguido de cerca por los musulmanes. Llegó a tiempo de impedir el matrimonio de su hermana; pero a continuación hubo de proseguir la fuga, refugiándose en los Picos de Europa, entre los habitantes de aquellas tierras.
Resulta difícil precisar cómo se produjo el contacto entre la rebeldía del caudillo y la del pueblo astur. Lévi-Provençal recoge la tradición corriente en España, según la cual serían los altos dignatarios visigodos, refugiados en aquel macizo, los que decidieron alzarse y eligieron a Pelayo como su jefe. Sánchez Albornoz, en cambio, sugiere que éste, en su huída, se refugió entre los naturales, que por aquellos días se disponían a celebrar una asamblea popular. Pelayo se dirigió a ellos y logró convencer a una parte de que se rebelaran, colocándose al frente de los mismos. Los musulmanes no se preocuparon en principio de combatirlos, debido a su escasa importancia, y acaso también por encontrarse en lugares de difícil acceso. Esto ocurría en el año 718. Sólo cuatro años más tarde, al llegar a España el gobernador Anbassa, decidieron enviar una expedición de castigo contra los rebeldes.
La expedición iba comandada por Alqama, y no debía ser muy numerosa; desde luego, mucho menos de lo que afirman las crónicas cristianas. Con todo, lograron infligir alguna derrota en los primeros encuentros a los cristianos, que se vieron obligados a encerrarse en un desfiladero de los Picos de Europa. Desde la cueva del monte Auseba Covadonga (Asturias), donde se habían refugiado, tendieron una escaramuza a las tropas musulmanas, que sufrieron un serio descalabro. el hecho fue recogido por las fuentes cristianas y musulmanas, que dan de él una versión distinta, adornada (especialmente la primera) de todo género de detalles. Según ella, Alqama iba acompañado del arzobispo Oppas, hermano de Witiza, quien antes de la batalla dirigió un discurso a Pelayo, invitándole a rendirse. La victoria, que resultó favorable a los cristianos, es atribuída a la intercesión de la Virgen, en cuyo honor se levantó después en aquel lugar el famoso santuario que todos conocemos. También se señalan otra serie de prodigios que castigaron a los infieles en su huída: los montes se derrumbaron y los ríos se abrieron, sepultando a la mayoría de los "caldeos" en su precipitada huída hacia el valle de Liébana. Quizás (¿por qué no?) ocurriesen algunos fenómenos susceptibles de explicación natural, en torno a los cuales, años más tarde, se entretejiese la leyenda. Los musulmanes, efectivamente, hubieron de huir a través del monte Auseba, cruzaron el río Cares y marcharon probablemente hasta Amuesa para descender a Bulnes, cruzar los puertos de Aliva y, caminando por las márgenes del Deva, llegar a Cosgaya. Aquí parece que se produjo un desprendimiento de tierra o de piedras que sepultó a algunos y obligó a otros a precipitarse en el río, donde se ahogaron. Los cronistas cristianos afirman que Alqama murió en la batalla y Oppas fue capturado. También se asegura que el gobernador de Gijón, Munuza, hubo de abandonar temporalmente su capital, sufriendo en su retirada otra derrota a manos de los astures.
Así terminó aquel incidente, al que los musulmanes no dieron mayor importancia, prosiguiendo sus expediciones en las Galias. Las crónicas musulmanas hablan de un reducido número de sublevados, unos 300, que, después de los combates habidos con Alqama, quedaron reducidos a "treinta asnos salvajes", como los califica Ajbar Machmúa, que merodeaban, hambrientos, por las montañas, alimentándose solamente de miel silvestre. Las autoridades islámicas no se preocuparon ya de combatirles, esperando que muriesen de hambre (eso es un hecho contrastado). No es, pues, de extrañar que el suceso (del que los historiadores árabes omiten la derrota de Covadonga) pasara prácticamente inadvertido en la España musulmana y que el mismo cronista mozárabe de Toledo, en el año 754, no tuviera ninguna noticia de él. De lo contrario no lo habría pasaoo por alto en su crónica.
Algún historiador árabe de época posterior lamentará, sin embargo, el desciodo de los que no prosiguieron la represión de la rebeldía de Pelayo, permitiendo a éste que consolidara y formara en Asturias el núcleo inicial de la Reconquista cristiana. Efectivamente, miuy por encima de la importancia militar, e incluso política, de Covadonga, está su importancia histórica. La España cristiana, la que antes de la venida de los árabes formara parte activa de la civilización occidental, renace ahora en las montañas asturianas. Durante ocho siglos disputará el suelo patrio a la civilización islámica, esforzándose por reintegrarlo en la órbita occidental. Es lógico que la semilla que iba a producir tan copiosos frutos, la gesta de Covadonga, resultara demasiado pequeña a los ojos de los cristianos de los siglos posteriores, que intentaron magnificarla adornando los sucesos ocurridos y la persona de Pelayo con detalles legendarios; pero esto no pudo suceder antes de que esos frutos hubiesen sido ya cosechados, esto es, cuando Asturias se había convertido ya en un reino importante, con una monarquía rodeada de su corte, más o menos brillante, y cuando a su alrededor había aparecido una sociedad de clérigos y de magnates poderosos. Entonces se hizo necesario emparentar a unos y otros con una cuna de no menor alcurnia. El mito de Covadonga y Don Pelayo empezaba a figurar en las crónicas y documentos. La crónica de Alfonso III, por ejemplo, no ve en Pelayo al rebelde ocasional acompañado por la fortuna, sino que le atribuye la intención manifiesta de restaurar el reino godo con todos sus organismos, más o menos, como estaban cuando dicha crónica se escribía. Don Pelayo sería, según ésto, el primero de los reyes godos de Asturias. Así se lee al comienzo de la llamada Crónica Albeldense.

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