28 jun. 2014

RECAREDO Y LA CONVERSIÓN AL CATOLICISMO

Recaredo inició su reinado con la experiencia adquirida al lado de su padre durante los muchos años que fue corregente, y seguramente siguió las consignas que aquél le dejó. Su elección como rey debió hacerse sin problemas, a causa de la preparación llevada a cabo por Leovigildo, amén de las cualidades personales del propio Recaredo.
Tras imponer orden en la frontera con los francos, donde Childeberto y Gontrán trataban de vengar a su hermana Ingunda, la esposa de Hermenegildo, que había muerto camino de Constantinopla cuando su esposo fue derrotado, Recaredo dió el paso que acabó por condicionar la historia posterior de su reino: la conversión al catolicismo. El hecho adquiere tanta mayor relevancia cuanto que no supuso sólo la propia conversión del rey, sino que éste arrastró consigo a la mayor parte de su pueblo. Recaredo recibió el bautismo en secreto a comienzos del 587. Desde entonces hasta que se celebró el III Concilio de Toledo, en el que renunciaría públicamente al arrianismo, se esforzó por atraer a su pueblo a la nueva fe, especialmente a los obispos, a los que reunió en principio sólos y después en compañía de otros obispos católicos, haciéndoles ver, entre otras cosas, cómo "ningún arriano había logrado ninguna curación milagrosa, por más que en tiempos de su padre un obispo lo había intentado fracasando estrepitosamente".
El 8 de mayo del 589 se celebró la primera sesión del antedicho III Concilio de Toledo. Entre los prelados se hallaba sentado el rey, cual Constantino en Nicea, como ya observó Juan de Bíclaro. Recaredo ordenó que fuera leída la abjuración del arrianismo y la profesión de fe católica que él había escrito de su puño y letra. Después anunció la conversión del pueblo godo y de los suevos. Ocho obispos arrianos, varios nobles, gran número de sacerdotes y diáconos firmaron efectivamente las actas del concilio. El obispo de Sevilla, Leandro, que tan cerca vivió el asunto de Hermenegildo, pronunció un discurso dando gracias a Dios por lo ocurrido; pero no se dejó llevar por la euforia del momento. No sólo no tuvo palabras laudatorias para el monarca, sino que ni siquiera entonces pudo olvidar las tribulaciones que el catolicismo venía sufriendo por parte de los godos. Por eso se alegró de que "a la paz santa, la unanimidad y, con ella, la estabiidad del reino terrenal, seguida de la beatitud en el reino celeste...; los que antes nos atribulaban con dureza, de pronto nos alegran con su fe; los que nos hacían gemir bajo pesadísima carga, ahora, por su conversión, se han hecho corona nuestra". Para que los dogmas de la nueva fe no fueran desconocidos ni olvidados, Recaredo propuso que el Credo fuese recitado en la misa, en voz alta, antes del Padrenuestro, como se había ordenado en Nicea.
Además de tratar asuntos puramente confesionales, el concilio tuvo una gran importancia para la administración del reino. Dado que las celebraciones conciliares habían estado prohibidas a los católicos por los reyes arrianos anteriores, los Padres asistentes hubieron de dedicar su atención a la renovación de la disciplina de los fieles. Con este motivo legislaron no sólo en materia eclesiástica, sino también en la civil, unas veces a propuesta del monarca, otras por propia iniciativa. el rey, al aprobar mediante un edicto las actas del concilio, concedía a sus cánones fuerza de ley, con lo que los obispos compartieron en lo sucesivo con él la función legisladora.
Éste y otros ejemplos nos muestran cómo los hispanorromanos fueron adquiriendo gran ascendente al lado de Recaredo, a costa de los godos, que ven desaparecer su condición de privilegio. Por de pronto, aquellos ciudadanos que siguieran abrazndo el arriansmo quedarían excluídos de los cargos públicos. Mientras tanto, la iglesia arriana se desintegraba al suprimirse su organización. El favor que el rey otorgaba a lo romano provocó el abandono de muchas costumbres de los godos, sobre todo en el modo de vestir y en sus formas de vida. Desaparecieron entonces las hebillas recubiertas de cabujones y las fíbulas aquiliformes, que constituían una creación típica visigoda. En adelante se reprodujeron modelos exclusivamente bizantinos. Las sepulturas no acogerían ya, junto al cadáver de su dueño, las herramientas y propiedades que lo acompañaron en vida. Desde la corte, montada al estilo bizantino, hasta los aspectos más corrientes de la vida se romanizaron.

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