27 jun. 2014

LA MONARQUÍA CATÓLICA HASTA LA INVASIÓN MUSULMANA

La muerte de Leovigildo señala el final de una etapa de la España visigoda, la del dualismo de godos y romanos. El gran rey había fracasado en su intento de unirlos bajo la fuente religiosa del arrianismo. Bastó que su sucesor e hijo, Recaredo, lo sustituyera por el catolicismo para que en breve tiempo el éxito fuera absoluto. Ya no habría en adelante más que un pueblo, con diferencias de raza, orgullo de castas... pero, eso sí, sin más barreras políticas ni sociales. Al cabo de poco tiempo la igualdad era tal, que sólo el cargo de rey quedó reservado exclusivamente a los godos. La conversión de éstos permitió a los católico-romanos colaborar más estrechamente en las tareas de gobierno, sobre todo a través de la jerarquía eclesiástica. El Estado adquirió así una cohesión que hasta entonces no había tenido, consecuencia de la cual España experimentó un florecimiento pluridimensional, que se reflejó muy especialmente en la cultura, muy superior a la de los restantes reinos germánicos de Occidente. Se consiguió el dominio casi absoluto del territorio expulsando a los bizantinos. Los francos no osaron atacarlos después de que el hispanorromano Claudio, duque de Lusitania, los derrotara estrepitosamente cerca de Carcasona, en los albores del reinado de Recaredo. El Estado visigodo se identificaba por fin con la geografía peninsular y parecía navegar seguro en la misma dirección que los demás reinos germánicos de Occidente.
Mas he aquí que, en los comienzos del siglo VIII, los árabes hacen acto dde presencia en nuestro suelo, y el Estado visigodo es derribado como un castillo de naipes. Este sorprendente final, motivado en parte por la capacidad expansiva de los musulmanes, venía, no obstante, anunciado por señales internas de debilitamiento de índole diversa. Pero todas eran, en definitiva, producto de un mal endémico: el "morbo gótico", como lo llamó Gregorio de Tours, esto es, las luchas entre las clientelas para apoderarse del trono, seguidas de terribles matanzas, que suponían una merma continua de energías que debilitaron toda capacidad defensiva. Su mismo sentido nacionalista y patriótico llegó a quedar ofuscado, en ocasiones, por la lucha de bandos. Uno de estos bandos llamará en su ayuda a los árabes, que en esta ocasión no iban a detenerse como antaño hicieran los bizantinos y los francos, sin que acabarían por apoderarse de casi toda la Península, para dominarla durante varios siglos, acabando de esta forma con la monarquía visigoda.

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