26 jun. 2014

LEOVIGILDO, CREADOR DEL ESTADO VISIGODO (IV)

Al mismo tiempo que se dedicaba a legislar, se ocupó Leovigildo de que la ley y el orden se cumplieran en su territorio. En más de una ocasión debió dar muestras de su dureza; de hecho, los nobles que se le opusieron fueron ejecutados o, en el mejor de los casos, desterrados. Con los bienes que les confiscaba y otras medidas, como la regalía de la moneda, se consiguió sanear la Hacienda regia y constituir un patrimonió que permitió a la dinastía mantenerse en el poder, a pesar de la oposición nobiliaria que, indudablemente, prefería la sucesión electiva.
En medio de tanta actividad, aún le quedó tiempo al rey para fundar una ciudad, Recópolis, en Guadalajara, en honor a su hijo Recaredo. El problema más espinoso con el que Leovigildo hubo de enfrentarse fue el de sus relaciones con los católicos, dentro del cual hay que colocal la rebelión de su hijo Hermenegildo. Este príncipe había contraído matrimonio con una princesa franca, Ingunda, que era católica. Ya en Toledo, Gosuinta, segunda esposa de Leovigildo, intentó convertirla al arrianismo pero sin resultados (y eso que la torturó y ordenó que fuese introducida en un estanque lleno de peces). Después de este fracaso, que no debió influir demasiado en las relaciones del rey con Hermenegildo, éste fue nombrado corregente de su padre en la Bética, y se trasladó a Sevilla. Allí, instruído por San Leandro e Ingunda, se convirtió al catolicismo, tomando el nombre de Juan. Es muy probable que varios miles de visigodos le acompañasen en su conversión. Ciertamente no sabemos con exactitud lo que para un godo significaba "abrazar la fe católica", que ellos llamaban "religión romana". Es más que probable que significase poco menos que renunciar a la nacionalidad goda para hacerse romano, cosa especialmente grave en un príncipe heredero.
La verdad es que Leovigildo interpretó la decisión de su hijo como un acto de infidelidad y le mandó acudir a Toledo, a lo cual el otro se negó. Hermenegildo pactó entonces con los bizantinos, aunque éstos sólo se comprometieron a ayudarle en caso de extrema necesidad. No está claro si la intención de Hermenegildo entraba ya en el campo de la rebelión contra su padre, o si fueron más bien las circunstancias las que le empujaron a ello. Por un lado se proclamó rey, acuñó moneda e hizo actos de soberanía que excedían sus facultades de corregente; por otro, vemos que continuó tratando a su padre como rey, que no atacó Toledo cuando la ciudad quedó desguarnecida por tener que acudir Leovigildo al norte a combatir a los vascos. Todo parece indicar que Hermenegildo se consideraba rey de una facción de su pueblo, que quedaba desgajada del resto al abrazar la fe católica, y que no tenía intención de modificar las cosas, por lo cul se mantuvo únicamente a la defensiva.
Leovigildo, por su parte, se venía preocupando seriamente por las conversiones de godos al catolicismo, y trataba de impedirlas. Juan de Bíclaro fue desterrado a Barcelona por no acceder a los ruegos del monarca, que le instaba a volver a la fe de su pueblo. Intentó asimismo convencer a su hijo, pero al ver que no lo lograba decidió hacer uso de las armas "para sacarlo de su error". Tras poner cerco a Sevilla y comprar a los bizantinos por 30.000 sueldos, asaltó la capital de Hermenegildo, quien huyó a Córdoba, donde fue finalmente capturado. Hermenegildo fue despojado de sus vestiduras y conducido a Toledo. Se le desterró primeramente a Valencia y luego a Tarragona, donde fue asesinado en el año 585 por un godo llamado Sisberto. El papa Gregorio el Grane y otros aseguran que su muerte fue ordenada por Leovigildo. El rey había enviado un obispo arriano en la festividad de la Pascua, para que, aprovechándose de la oscuridad de la prisión, indujera al príncipe a recibir la comunión de manos de un arriano. Al darse cuenta de la estratagema, Hermenegildo maltrató al obispo, por lo que su padre, indignado, ordenó a Sisberto que lo asesinara.
Es muy posible que fuese así. Pero no se trataba de un celo religioso - no nos confundamos - sino político. Leovigildo quería impedir que los godos fueran absorbidos por los romanos, y para ello pasaba a la ofensiva. A base de disminuir la pureza del arrianismo, intentó tender puentes que facilitaran la conversión de los católicos, pero fue en balde. En un sínodo reunido en Toledo en el 580, nada más saberse la conversión de Hermenegildo al catolicismo, Leovigildo consiguió que los obispos arrianos accedieran a no exigis el bautismo a los que quisiesen volver a su fe. Dos años más tarde, otro sínodo establece una fórmula de compromiso en torno al dogma fundamental que separaba a arrianos y católicos, el cual facilitaba su aceptación por parte de éstos. Se admitió la igualdad del Padre y del Hijo, pero se le negaba al Espíritu Santo. A la doxología de Nicea (325), que daba igual gloria a las tres personas de la Trinidad, ce contraponía otra que reflejaba este compromiso (Gloria Patri per Filium in Spiritu Sancto). A fuerza de querer atraerse a los católicos, Leovigildo llegó a obligar a sus obispos a salirse ellos mismos del arrianismo fundamentalista para caer en una nueva "herejía", el "macedonianismo".
El rey daba pruebas de un pragmatismo religioso que no rehusaba, incluso, ofrecer ventajas económicas a los católicos que abandonaban su religión. Así logró conseguir parcialmente algunos de sus objetivos. Pero el final, que no era otro que la consecución de la unificación religiosa de sus súbditos, permaneció inalcanzable para él. El balance seguía siendo favorable a los católicos en cuanto a cambio de credo se refería.
Hermenegildo ha pasado a la historia con los calificativos de rebelde y mártir, que a veces se han contrapuesto como excluyentes, pero que en realidad no lo son. Que fue un rebelde lo reconocen autores coetáneos católicos, como Gregorio de Tours. El título de mártir se lo concede Gregorio el Grande. Lo verdaderamente extraño es que los autores contemporáneos y siguientes no mencionen para nada su martirio, y haya que llegar a finales del siglo VII para que un español, el monje Valerio del Bierzo, le conceda ese título. Incluso San Isidoro de Sevilla calla en todo lo relativo a su muerte. Lo mismo hace Juan de Bíclaro. Es más, el mismo Papa, en las cartas que dirige a los obispos españoles, evita siempre aludir a ello. Es como si una conspiración de silencio hubiera querido borrarlo de la literatura oficial.
Tras la conversión de Recaredo y de todo el pueblo, hubiera sido poco oportuno asociar el catolicismo con la rebeldía en un Estado en el que los usurpadores estaban a la orden del día y la Iglesia era la primera en condenarlos. Además, se hubiera tenido que recordar la ayuda que Recaredo había prestado a su padre para perseguir a su hermano, con lo que la figura del primer rey católico no habría salido muy airosa. Imaginamos que fue preferible olvidar aquel incidente, poco grato, e iniciar la conversión de los godos con el sucesor legítimo de Leovigildo.

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