17 jun. 2014

LA SOCIEDAD HISPANORROMANA A LA LLEGADA DE LOS VISIGODOS (III)

La vinculación de la ciudad al gobierno central se hacía a través de los gobernadores de provincias y los recadudadores de impuestos que tenían a su cargo. Los gobernadores (iudex o rector provinciae) eran tantos como provincias romanas había en Hispania: cinco cuando llegaron los visigodos y seis cuando éstos incorporaron Galicia, tras destruir el reino de los suevos. Eran nombrados y pagados por el rey. sus funciones fundamentales eran dos: administrar justicia en las causas que se movieran entre hispanorromanos, o entre un godo y un hispanorromano cuando este último era el acusado, y dirigir la recaudación de impuestos. Para ello se rodeaban de servidores que debían ser originarios de la provincia en la que servían. También contaban con agentes especializados para la recaudación impositiva. El agente fiscal que acompañaba al gobernador recibía el nombre de numerarius, y llegó también a ser juez en asuntos de impuestos. No obstante, la obligación de recaudarlos recaía directamente sobre la curia o senado local, que nombraba para ello a uno de sus consejeros, denominado exactor. La inmoralidad de estos cobradores de contribuciones fue grande. Unas veces exigían pagos que ya se habían efectuado, apoyándose en cualquier deficiencia en la presentación de recibos. Cuando tenían que vender los bienes de algún deudor del Tesoro, se ponían de acuerdo con el comprador para efectuar la venta a un precio muy bajo, estafando así al Estado, y se repartían luego la ganancia entre ellos. A las órdenes de los exactores estaban los tabuarii, que se encargaban de notificar a los contribuyentes la parte que les correspondía pagar, de acuerdo con los polipticos o listas de ciudadanos existentes en todos los municipios, y en las que ellos debían anotar todos sus bienes y cualquier compra o donación que incrementase sus patrimonios. Junto a estos funcionarios actuaban de vez en cuando, enviados por la administración central, los compulsores, encargados de hacer pagar a los morosos, y los discursores, que debían supervisar y mantener en buen estado todo el montaje relativo a la percepción de tributos.
De lo dicho se infiere que la vida en la ciudad no debía ser muy agradable para el ciudadano de a pie. Los reyes procuraron, en parte, remediarlo, exigiendo a los funcionarios el exacto cumplimiento de su deber y castigando severamente los abusos. Sólo resultaba fácil para el hombre libre que poseía abundantes riquezas sobrellevar esta presión. Entre éstos hay que citar a los grandes terratenientes, ya habitasen en la ciudad o en el campo. Aunque como clase senatorial habían perdido los privilegios correspondientes, ellos seguían llamándose pomposamente "senadores". Con su riqueza compraban a los cobradores de impuestos y extorsionaban a la justicia. Adquirían a bajo precio las propiedades de los débiles que habían sido confiscadas, o les obligaban a que las vendieran por la fuerza, cuando no se las entregaban ellos mismos para huir de la rapiña de otros señores y colocarse bajo la protección de uno de éstos, del qeu recibían luego en renta las tierras que acababan de regalar. Pasaban así a engrosar la muy nutrida clase de los colonos, que, como en los restantes oficios, no podían abandonar el predio que cultivaban.
Terratenientes, altos funcionarios, funcionarios adscritos a la administración de la ciudad o del Estado, mercaderes, menestrales y colonos que no podían cambiar de oficio, siervos, minorías judías económicamente prósperas.... He ahí la población que los godos vieron desfilar ante sus ojos cuando entraron en Hispania. No obstante, esta población llevaba con orgullo sobre sus espaldas el peso de una civilización que, a pesar de su decadencia, superaba a la de los invasores. Éstos vencían su complejo mediante una mejor organización militar, que les daba supremacía y poder político y les convertía en la casta dominante. Se formaron así dos orgullos diferentes, basados en las propias virtudes de cada grupo, que permitió durante algún tiempo a ambas poblaciones convivir yuxtapuestas, sin mezclarse la una con la otra. Cada una de ellas poseía su religión, sus costumbres, su forma de vestir, sus propias instituciones oficiales y administrativas. Eran dos pueblos sobre un mismo territorio. Pero por muy vivas que se mantuvieran esas diferencias, no podían durar mucho tiempo. El contacto mutuo, los intereses cotidianos de cada uno y, sobre todo, el afán unificador del Estado, serían otros tantos factores de asimilación que acabarían por fundirlas en una sola comunidad.

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