16 jun. 2014

LA SOCIEDAD HISPANORROMANA A LA LLEGADA DE LOS VISIGODOS (II)

Además de focos de cultura, las ciudades eran centros económicos importantes, siempre en un plano de decadencia respecto a los siglos del apogeo romano. La industria se desarrollaba a nivel artesanal, pero seguía produciendo todo lo que las ciudades consumían. Era notable la producción de armas y orfebrería, en las que demostraron grandes cualidades, testimoniadas por los hallazgos arqueológicos (que a menudo se atribuyen erróneamente a la influencia árabe - nada más lejos, pues ya existían antes de su llegada). Lo mismo hay que decir de los cueros repujados que desde Córdoba se enviaban a la Galia y otras regiones. Eran, no obstante, los comerciantes los que animaban la vida económica de las ciudades. Hispania seguía inserta en el ámbito económico mediterráneo. La base de su comercio exterior la constituían el trigo y el aceite, que seguía exportándose a los principales centros urbanos del mundo bizantino. Bizantinos eran también los comerciantes que lo manejaban. Los textos posteriores visigodos designarán a estos hombres como "mercaderes de ultramar", apelativo bajo el cual se encontraban sirios, bizantinos, italianos y norteafricanos. Como es lógico, este comercio afectaba principalmente a las ciudades del levante y sur español, como Tarragona, Cartagena, Cádiz y Sevilla. En ellas se encontraban las instituciones propias de este comercio, como los telonarii, jueces especiales que, por concesión de los reyes visigodos, resolvían los conflictos surgidos entre los mercaderes. También existían en los puertos unas lonjas de contratación, denominadas cataplus, en las que se llevaban a cabo transacciones comerciales y servían al mismo tiempo de almacenes para depósito de mercancías y de aduanas para pagar los impuestos que las gravaban. Naturalmente, las exportaciones eran compensadas con las mercancías traídas de Oriente, que, como para el resto de Occidente, constituían en artículos de gran valor, como especias, joyas y telas de lujo. Para todas estas operaciones siguió empleándose la moneda que circulaba en el Imperio: el sueldo constantiniano, o sus fracciones, como el tremis, equivalente a un tercio del mismo. De este modo existían acuñaciones hechas por los reyes bárbaros de Occidente, como las que efectuaba Teodorico, pero con la imagen y el nombre de los emperadores de Bizancio. Sólo a partir de Leovigildo se romperá con esta práctica (ya hablaremos de ello). También existía un comercio interior, que seguía empleando las vías romanas y los ríos navegables. Los reyes godos se ocuparon de mantenerlo apoyando a los conventi mercatium, especie de mercados, que gozaban de gran protección.
El aspecto que más flaqueaba de las ciudades era, sin duda, su organización administrativa. Los cargos municipales habían llegado a ser durante el Bajo Imperio sumamente onerosos para quienes los desempeñaban debido a las responsabilidades económicas que pesaban sobre ellos, ya que tenían que atender con sus propios bienes una serie de gastos públicos y cubrir los impuestos asignados a la ciudad y que no llegaran a cobrarse, bien porque las tierras habían dejado de cultivarse, o porque sus dueños habían huído. La verdad es que ya nadie quería ostentar cargos públicos. La aristocracia terrateniente había abandonado las ciudades y buscado refugio en sus latifundios, acogiéndose a los privilegios de la casta senatorial. Los emperadores tuvieron que emanar edictos vinculando a los que desempeñaban cargos municipales y a sus familias, de forma que no los podían abandonar. Ante el éxodo de habitantes de la ciudad al campo, los emperadores extendieron esa vinculación a todos los oficios. Militares, artesanos, administrativos y funcionarios no podían cambiar de profesión, y los hijos debían suceder a los padres en el desempeño de la misma. Esto comprimía terriblemente la libertad individual y estratificaba aún más la sociedad, impidiendo el desarrollo espontáneo; pero fue el medio que entonces se arbitró para que la vida urbana no se desmoronara. Dado su carácter artificial, no es de extrañar que hubiera de ser reforzado con medidas del poder público. En ello estuvieron de acuerdo tanto los emperadores - mientras los hubo - como los reyes visigodos que les sucedieron.
Los curiales, o consejeros de la ciudad, en consecuencia, tenían prohibido abandonar sus cargos, ni siquiera con el pretexto de ingresar como funcionarios del Estado o de la administración romana, ni para percibir órdenes sagradas. En el caso de haberlas recibido, lo cual les incapacitaba para desempeñar su antiguo cargo, debían buscar un sustituto entre sus familiares. Tampoco se les permitía vender sus propiedades con el fin de eludir el cumplimiento de las obligaciones económicas que pesaban sobre ellos. El cargo más imporante de la curia municipal era el de defensor, que, bajo la denominación romana, había sido elegido por el consejo de la ciudad y después por sus conciudadanos. Su misión inicial era la de proteger a la ciudad frente a posibles abusos de las autoridades superiores. Luego, los gobernadores de las provincias les confiaron la administración de la justicia en sus respectivas ciudades ( y siempre en casos de menor importancia). Debajo de los defensores había otros oficios similares, como los curatores, cuestores y ediles. Había un escalafón bastante riguroso, que exigía pasar por estos cargos progresivamente. Mas la quiebra de la vida urbana hizo que a veces las funciones específica de cada cargo se confundieran, o que algunos, como los curatores, usurparan las que correspondían a otros inferiores, con lo que algunos de éstos, como los ediles y cuestores, dejaron a veces de elegirse.
La misma rigidez imperaba en las actividades de la ciudad. Todos los trabajadores estaban incluidos en algún gremio o collegium. No solamente les estaba prohibido cambiar de gremio, sino que ni siquiera podían abandonar la ciudad y, en caso de hacerlo, estaban obligados bajo pena a regresar a ella. Los hijos seguían la condición de los padres, a no ser que estuvieran casados con una esclava o con la hija de un colono, en cuyo caso seguían la peor condición de la madre de sus vástagos. Al igual que a todos los adscritos a cualquier oficio, se les prohibía entrar a formar parte del clero. De esta forma, la sociedad hispanorromana continuaba siempre idéntica a sí misma, gobernándose con los mismos cuadros que en la época romana.

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2 comentarios:

Miguel Ángel de Mòstoles dijo...

Es un placer retomar la historia de tu mano.

FRANCISCO GIJON dijo...

Es un placer relatarla para gente tan amable y agradecida como tú. Un abrazo and wellcome back!