15 jun. 2014

LA SOCIEDAD HISPANORROMANA A LA LLEGADA DE LOS VISIGODOS (I)

Cuando los visigodos llegaron a Hispania, ésta se diferenciaba muy poco de las provincias más cultas del Imperio que ellos habían recorrido. A primera vista, conservaba todos los adelantos de que la había dotado la colonización romana. Las vías principales permitían el traslado rápido de tropas y viajeros, bagajes y mercancías de un punto a otro. Los ríos eran salvados por puentes, a menudo gigantescos, como los de Mérida, Toledo o Alcántara, cuya grandiosidad aún hoy podemos admirar. Se podían contemplar pequeños barcos remontando los principales ríos, como el Ebro y el Guadalquivir, entonces navegables en algunos trechos. Tampoco faltaban en los campos pequeños canales y acequias, que llevaban el agua hasta las huertas y las ciudades, salvando los desniveles mediante airosos acueductos, como los de Segovia o Tarragona, orgullo de la ingeniería arquitectónica romana, pero en realidad producto del desconocimiento por parte de éstos del sifón (que los griegos ya conocían en tiempos de Julio César). Las campiñas ofrecían a la vista una agricultura todavía próspera, en la que alternaban pequeñas explotaciones con los grandes dominios señoriales y grandes reservas de bosques bien poblados de árboles, que daban a nuestra tierra un aspecto muy distinto del actual.
Tanto por las formas de cultivo como por sus productos, el campo presentaba gran actividad. Las zonas más fértiles, que eran al mismo tiempo las más romanizadas, ofrecían un tipo de cultivo más avanzada, beneficiándose a veces de diversos sistemas de irrigación (canales, noria, cigüeñal), allanamiento de terrenos en cuesta formando bancales, abonado de campos, todo lo cual permitía un cultivo intensivo. De norte a sur de la Península se podían contemplar, en la zona cantábrica, abundantes manzanos o pomaradas, que servían ya para la producción de la sidra, bebida de recia raigambre en nuestro suelo. Los valles del Duero y del Ebro ofrecían en primavera grandes extensiones de mieses verdes que, al ser movidas por el viento, imitaban el oleaje de los mares. En el sur y en el levante predominaba el olivo, la mayor fuente de riqueza de la Hispania romana sobre la que se formaron inmensas fortunas. Y por todas partes la viña, repartida por casi todo el territorio nacional, de una importancia económica similar al aceite y los cereales. Todos estos cultivos debieron sufrir el paso de los diferentes pueblos bárbaros y las alteraciones políticas y sociales que trajo consigo la decadencia y desaparición del Imperio. Pero nos es imposible conocer en qué medida se deterioraron. Cuando un siglo más tarde San Isidoro describe las faenas del campo, repite las mismas que en el siglo II había señalado el hispanorromano Columela. Así, habla de la quema de rastrojos, de la arada destinada a romper éstos, de la occatio, que va a continuación y que tiene por objeto romper los terruños que se habían levantado; la runcatio o escarda, que, cuando se hace con el arado en los cereales sembrados a surco, se denomina aricar. También describe las mismas faenas del cultivo de las viñas: la poda, la cava, abrirles hoyos... Nos dice, en fin, que en los campos - suponemos que en los de secano solamente - se empleaba la rotación bienal o cultivo de doble hoja, sembrándose un año y descansando al siguiente. Ahora bien, lo que ignoramos es si San Isidoro describe lo que se hacía en su tiempo o copia lo que habían dicho los tratadistas romanos. Lo más probable es que esas costumbres no hubieran desaparecido, o al menos no del todo. El hombre de campo, como bien sabemos, modifica raramente sus hábitos. El mismo hecho de que luego las volvamos a encontrar, llegando algunas hasta nuestros días, nos inclina a pensar que no habían desaparecido.
Los visigodos apenas aportaron nada nuevo. Se es atribuye sin demasiada certeza la introducción de la alcachofa, las espinacas y el lúpulo, en cuyo caso serían también introductores de la cerveza (aunque ésta ya se bebía en la Península).
La vida urbana siguió floreciendo, no obstante los duros golpes que había recibido durante todo el Bajo Imperio. Recordemos que la ciudad era el baluarte de la cultura romana y la base de su superioridad frente a los invasores. Éstos encontraron aquí una población instruida en letras, leyes y medicina, que todavía frecuentaba las escuelas municipales (sostenidas ahora por la propia ciudad, no sin enormes dificultades y a punto de desaparecer). A pesar de esta grave decadencia, la población hispanorromana mantuvo su superioridad cultural, y cuando la instrucción clásica desapareció, el clero romano-católico tomó el relevo en las escuelas episcopales y monásticas, al menos para una parte importante del programa educativo anterior. El brillo cultural hizo que la lengua latina ejerciera su atractivo sobre los bárbaros, que acabaron por adoptarla, abandonando la suya propia. Ya Eurico, antes de venir a Hispania, había ordenado escribir en latín las leyes de los visigodos, valiéndose también de juristas romanos. Era todo un símbolo. Durante su existencia, el reino visigodo se vería obligado a contar con los hispanorromanos para su organización y funcionamiento.

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