14 jun. 2014

FORMACIÓN DE LAS CLASES SOCIALES EN LA ESPAÑA VISIGODA

En estrecha relación con la evolución del Estado y de sus instituciones está la formación de los distintos grupos sociales. Cuando los godos entran en España (ya vamos a llamarla España aunque todavía no exista como tal), existían entre ellos diferentes categorías; con la misma seguridad podemos afirmar que esass diferencias no existían cuando abandonaron su país de origen: las tierras escandinavas. ¿Cuándo aparecieron las clases privilegiadas dentro del pueblo llano? La primera en aparecer es la que se suele denominar "nobleza de sangre", cuyo ejemplo más conocido es la familia de los Baltos, dentro de la cual debió elegirse rey durante mucho tiempo. Para comprender cómo surgió es preciso recordar la importancia que en estos pueblos tenía la vida militar, pos sus constantes desplazamientos y luchas en las que cada día se veían envueltos con otros grupos. En estas circunstancias la destreza en el manejo de las armas era una cualidad sobrestimada, originando así la figura del caudillo, que, por su valor, atraía en torno a su persona a jóvenes y soldados que le acompañaban en el combate y se dejaban guiar por él. El prestigio que así adquirían les valía, en ocasiones, ser elegidos para jefes del pueblo cuando éste no tenía rey. Luego, las epopeyas que cantaban las gestas nacionales se encargaron de ensalzar sus dinastías con los héroes antiguos semifabulosos. A Alarico I se le hacía descender de Bering, una de las mayores figuras de las leyendas godas. Cuando el pueblo se estabilizó y se obtuvieron tierras y botín, estos personajes recibieron las mayores recompensas, con las que añadieron una potente base económica a su mayor categoría social.
El asentamiento llevó consigo el ascenso de otros a esta clase social noble. No existiendo el estatuto nobiliario que regulara la entrada o salida de sus miembros, había dos puertas por las que se podía llegar a formar parte de la nobleza. La primera y más consistente era la posesión de tierras, pues ya dijimos que los repartos no se hacían a partes iguales. La aristocracia militar recibió mayores porciones, con lo que consolidó su anterior categoría sobre una base territorial. La otra entrada era a través de la administración, cuyos cargos más elevados llevaban consigo una alta consideración social y buenos ingresos. Aquí entraban tanto los altos cargos de palacio como de provincias, que casi siempre recibían tierras en pago a sus servicios.
Esta nobleza empezó a distinguirse de los demás por el empleo de nombres distintos, tomados en su mayor parte de los antiguos títulos romanos. Se les suele llamar primates, proceres, optimates, honestiores, viri illustres, seniores y gardingos. No se trata de denominaciones totalmente equivalentes. Además del nombre, comenzaron a recibir un trato distinto en el derecho, no por formar parte de una categoría social más alta, pues no estaba legalmente reconocida, sino en atención a su riqueza. La ley imponía frecuentemente elevadas penas pecuniarias que la mayoría no estaba en condicions de pagar. En consecuencia, debía preverse qué clase de castigo se impondría a los que no tenían medios suficientes para pagarlas. Normalmente se suplían con castigos físicos o la privación de la libertad. El derecho iba así estableciendo diferencias que conducirían a la distinción jurídica entre ricos, que el Código de Eurico denomina con frecuencia los maioris loci personae, y los pobres o inferiores personae. Cuando, por ejemplo, una persona rica dañaba una cerca, estaba obligada a reparar el daño y a pagar al dueño cualquier pérdida derivada de su acción, más diez sueldos. Si, en cambio, el autor era una persona inferior (un pobre), tenía que dar las mismas satisfacciones, excepto los diez sueldos, que en muchas ocasiones no podía pagar, en previsión de lo cual se sustituyeron por cincuenta azotes. Casos similares se encuentran a cada paso del antedicho Código, de forma que el diferente trato dado a ricos y pobres comenzó a mirarse como norma general de derecho. Los ricos eran beneficiados, pues se les eximía del tormento físico y de otros castigos y obligaciones humillantes. Por eso procuraron que la ley les reconociese paulatinamente todas esas exenciones y algunas más, hasta obtener lo que se convertiría en un estatuto de privilegio exclusivamente para ellos. Entonces propiamente nacería de forma definitiva la nobleza como clase dentro del Estado.
Junto a este grupo de privilegiados vinieron los "simplemente libres", es decir, aquellos que, conservando plenamente su libertad, carecían de cualquier categoría o privilegio. También éstos recibirían muy pronto un nombre alusivo a su condición económica, para distinguirlos de los poderosos. Se les llamaría indistintamente minores, humiliores, inferiores y, principalmente, ingenui, nombre que aludía al hecho negativo de no haber caído nunca en situación de esclavitud y con el cual se les distinguía de los libertos. Estos hombres libres constituían el núcleo más numeroso de la población visigoda. La mayor parte de ellos se instalaron en el campo, donde se dedicaron a la agricultura, manteniendo durante mucho tiempo la pequeña propiedad. Algunos se establecieron en las ciudades y se fueron incorporando progresivamente a las actividades artesanales, introduciéndose en los organismos gremiales de los hispanorromanos. El don más preciado que estos hombres poseían era la libertad; pero también era el más frágil. Como libres, tenían plenitud de derechos ante la ley y participaban en la dirección del Estado a través de la Asamblea. Pero pronto se verían privados de tal derecho. Cada vez resultaba más difícil convocarla, ya que sus antiguos miembros se hallaban ahora esparcidos por todo el territorio nacional. Es muy posible que, cuando entraron en la Península ya hubiera dejado de convocarse (de hecho, las últimas noticias que tenemos al respecto corresponden a la época tolosana). En lo sucesivo, si alguna vez se celebraron fue por estar reunidos en armas, como durante la elección de Turismundo (451) tras la batalla de los Campos Cataláunicos. Sidonio Apolinar describe una de ellas, celebrada en el 455 a la luz de la luna. Hidacio cita otra celebrada en Toulouse. En adelante, la participación del pueblo en la elección del rey quedó reducida a un mero asentimiento. Los que se beneficiaron de esto fueron los nobles que vivían en la corte o en provincias, quienes poco a poco fueron monopolizando los órganos políticos de la monarquía.
Más grave que la pérdida de sus derechos políticos fue la de su independencia económica. Este fenómeno, que afectó a gran parte de las clases inferiores, tiene su origen en la práctica romana de la ecomendación y la protección, que los visigodos encontraron muy extendida por dondequiera que iban y que ellos imitaron aun antes de entrar en la Península. Los animaba un doble impulso que recorrió la sociedad de arriba abajo, y viceversa. Los de arriba, las clases altas, necesitaban allegar en torno a sí una clientela numerosa que les diera ante los demás aspecto de grandes señores, e incluso les ayudaran con las armas para afianzar su poder. Las clases inferiores buscaban en los señores una garantía de seguridad que a veces el Estado no les daba, así como recompensas económicas que mejorasen su existencia.
Se distinguen varios tipos de encomendación. La territorial era aquella en la que un hombre libre se acogía al patrocinio de otro, obligándose a prestarle determinados servicios y recibiendo, a cambio, tierras y protección del señor. El encomendado podía abandonar a su patrón devolviendo todo lo recibido y la mitad de lo que hubiese adquirido. Otra clase de encomendación era la de aquellos que ya tenían tierras pero que, faltos de protección, se encomendaban a un señor, al que entregaban sus propiedades o pagaban un canon. Naturalmente, estos últimos no precisaban de un patrón que poseyera tierras en abundancia, sino que buscaban con preferencia a algún alto funcionario público que los amparase.
Quizá la figura más característica de los encomendados sea la de los bucelarios. Eran éstos hombres de armas que vivían en casa de su señor, del que recibían alimentos y recompensas, así como las mismas armas que manejaban. Estaban vinculados por un juramento de fidelidad al jefe, al que acompañaban en la guerra, obligándose especialmente a defenderlo, y constituían en tiempos de paz un ejército privado. Su origen hay que buscarlo en los bucelarii romanos, pero entre los visigodos debieron surgir también como derivación del séquito (gesinde) germánico. Con el tiempo se generalizó la costumbre de que no habitasen ya en la casa del señor, sino que recibían tierras de éste, en las que vivían.
La esclavitud entre los hombres de sangre goda no era al principio muy abundante. Sin embargo, con el paso del tiempo, se hizo sumamente fácil caer en ella. Ya Eurico había castigado con la pérdida de la libertad las ventas fraudulentas. El que contraía matrimonio con un esclavo, seguía la condición de éste. No obstante, la amenaza principal pesaba sobre aquellos que no podían pagar sus deudas, especialmente las provenientes de multas impuestas por un juez. Éstas eran tan altas que con excesiva frecuencia los inculpados no podían pagarlas, en cuyo caso la ley permitía que fueran vendidos como esclavos. Fueron tantos los que de este modo perdieron su libertad, que el propio Estado llegó a alarmarse por la disminución de hombres libres, ya que esto mermaba considerablemente su capacidad militar.
Los nombres específicos para designar a los esclavos eran servus, puer, famulus... Debían jugar un papel importante entre las clases altas, ya para la explotación de los campos, ya para los servicios domésticos. Su valor jurídico influyó sin duda en el trato que recibían. Jurídicamente no tenían la consideración de personas: eran simples "cosas". Pero en la práctica hubo algunas excepciones en las que se les consideró sujetos a derecho. Así, por ejemplo, pudieron poseer un pequeño peculio con el producto de sus ahorros, actuar como testigos en los tribunales, no podían ser muertos por sus dueños sin causa justificada... En cambio pagaban en azotes todas sus faltas y delitos, no podían contraer matrimonio sin autorización de su dueño y podían ser vendidos (aunque no al extranjero).

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