20 jun. 2014

LA POSESIÓN DEL TERRITORIO PENINSULAR. LA LUCHA CON LOS BIZANTINOS (III)

Quizá lo que movió al asesinato de Agila fueron las muestras inequívocas que dieron los bizantinos de querer ocupar la Península. Al ejército traído por Liberio se unieron nuevas tropas, venidas posiblemente de Italia (que acababa de ser pacificada), las cuales desembarcaron en Cartagena. Conocidos sus propósitos, el recibimiento ahora fue hostil y muchos ciudadanos romanos y católicos, como la familia de San Isidoro, tuvieron que abandonar la ciudad portuaria. Los visigodos optaron, entonces, por sancionar sus diferencias internas y, unidos, hacer frente a los bizantinos. Esta lucha ocupó todo el reinado de Atanagildo (555-567), quien sólo conseguiría éxitos parciales a lo largo del mismo. De hecho, la presencia bizantina en la Península se prolongaría durante setenta años.
La principal base de la dominación bizantina fue Cartagena, desde donde controlaron todo el sudeste hispano extendiéndose hasta la desembocadura del río Guadalete. Resulta difícil saber hasta dónde penetraron por el interior. Es seguro que poseían la ciudad de Baza y toda su comarca; sin embargo es dudoso que llegasen hasta Córdoba, Sevilla o Granada. Recordemos que Córdoba se había rebelado contra Agila en el 550 y que siguió independiente hasta el reinado de Atanagildo, quien por el año 566 dirigió una infructuosa campaña contra ella. Su rebeldía no acabaría hasta el año 572, cuando fue conquistada por Leovigildo. Si tenemos en cuenta que Sevilla había sido rápidamente recuperada por Atanagildo, hemos de concluir que los bizantinos apenas poseían una plaza importante tierra adentro y que toda su fuerza efectiva se encontraba repartida por el litoral, como Asidonia (Medina-Sidonia), Málaga y Cartagena. Puede ser que la posesión de la costa bastara a unos propósitos en los que debieron de influir los numerosos mercaderes orientales que, a través de estos puertos, comerciaban con el interior.
Bizancio se preocupó de organizar la colonia para que sirviera a estos fines. Conservo la administración civil de origen romano y puso al frente de ella a un magister militum Spaniae, especie de gobernador encargado de supervisar tanto la administración civil como la militar. Se creó una ceca para acuñar moneda bizantina, a fin de facilitar no sólo los pagos del Estado, sino también el comercio. La presencia bizantina ayudó a relanzar las comunicaciones comerciales y culturales. Numerosos hispanos viajaron a Constantinopla, ya en misiones diplomáticas, ya para instruirse en la lengua y cultura griegas. San Leandro de Sevilla acudió en el 580 a gestionar la ayuda bizantina para la causa de Hermenegildo. Juan de Bíclaro, autor lusitano de una importante crónica, estuvo durante dieciséis años formándose culturalmente por las tierras del Imperio. A España venían bizantinos, ya fuesen clérigos, médicos o comerciantes, como el físico Pablo, que llegó a ser obispo de Mérida, o su sobrino Fidel, que le sucedió. A través de unos y otros se conocía e imitaba en España la vida bizantina y hasta es posible que los ecos de la codificación del derecho, ordenada en Constantinopla por Justiniano - y redescubierta siglos más tarde siendo todavía hoy estudiada por los futuros juristas con el nombre de "Derecho Romano", que de romano tiene poco... -, influyeran en la unificación jurídica que pronto se iba a consumar en nuestro territorio.
No obstante cabe destacar que los contactos culturales no se hacen a través de la España bizantina, sino directamente en Constantinopla. De allí vienen a la Península los modelos de altunos monumentos arquitectónicos.
Atanagildo murió de muerte natural en el 567, dejando a España en una situación más delicada que nunca. A la presencia de bizantinos había que añadir la persistente rebeldía de los cordobeses y el ataque de los francos a la Septimania. Por otra parte, la dificultad para nombrar sucesor al rey, motivada por la existencia de varios pretendientes al trono, produjo un peligrosísimo interregno que a punto estuvo de provocar la desintegración del estado visigodo. La elección de Liuva (568-572) por los godos de la Septimania - de donde él era duque - unos meses más tarde, no solucionó el problema. Liuva se quedó en la Galia Narborense, posiblemente por miedo a los otros aspirantes al trono, que, sin duda, tendrían su principal apoyo en la Península; pero pudo también pensar que el peligro que acechaba a la Septimania, que por entonces fue atacada por los reyes francos Sigiberto y Gontrán, quien logró entrar en Arlés, le retuviesen allí. Sea como fuere, Liuva nombró como corregente suyo en España a su hermano Leovigildo, duque de Toledo, quien, para afianzar su poder, se casó con Gosuinta, la viuda de Atanagildo (¡toma ya!). Desde entonces la figura de Liuva pasó a un segundo plano para dar paso a la gran personalidad de Leovigildo, que a lo largo de su reinado trazó las líneas directrices del definitivo reino visigodo.

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