17 may. 2014

LA ODISEA DE LOS GODOS: DEL MAR NEGRO A LOS PIRINEOS

Ningún otro pueblo antes había conseguido autorización de Roma para instalarse de manera definitiva dentro de sus fronteras. Aquellos que, como los sajones, los francos y los mismos godos, habían entrado en sus correrías por tierras del Imperio, lo habían hecho de forma pasajera, en expediciones de pillaje, retirándose luego cargados de botín. Pero los godos solicitaban ahora algo muy diferente: instalarse definitivamente dentro del Imperio.
Tampoco se trataba de aquellos contingentes de bárbaros que, de tiempo atrás, llegaban a instalarse como agricultores en las tierras que se les señalaba o a enrolarse como mercenarios en las filas del ejército romano. Ahora era un pueblo entero el que, de manera angustiosa, llamaba a las puertas de Roma pidiendo acogida y protección.
El emperador Valente, antes de firmar con ellos el pacto del 376, que les permitía establecerse en la región de Mesia (actual Bulgaria), debió ponderar las ventajas e inconvenientes que su llegada le reportaba. Y la verdad es que Roma los necesitaba. La disminución poblacional debida a una contracción demográfica severa y la crisis económica global, así como la política que desde dos siglos antes venía sacudiendo al Imperio y en la que se llegó a vender la púrpura imperial al mejor postor, todo aquello no hacía sino mermar la capacidad militar de Roma precisamente cuando más la necesitaba. Las murallas, fosos, empalizadas, etc... dispuestos a lo largo y ancho de los límites fronterizos ya no bastaban. Roma se había visto forzada a modificar sus técnicas militares y los soldados-agricultores de antaño ya no eran tan capaces ni estaban tan dispuestos a enrolarse. De hecho la nueva táctica consistía en encomendar a las tropas fronterizas misiones puramente de vigilancia mientras que se confiaba su defensa a cuerpos selectos, acantonados en ciudades del interior estratégicamente situadas, para que, en caso de invasión, pudieran acudir rápidamente al lugar del peligro. Pero todo ello resultaba insuficiente. La presión de los bárbaros era insostenible y superaba la capacidad defensiva de Roma. Por eso, cuando los godos pidieron a Valente entrar en el Imperio, éste no tuvo otra opción que admitirlos y procurar utilizar su capacidad militar en beneficio de Roma.
Así, desde que los godos atravesaron el Danubio en el año 376 para instalarse en el Imperio, hasta que, con Ataúlfo, tocaron por primera vez la Península Ibérica, transcurrió casi medio siglo. Durante este período, los visigodos deambularon de un lado a otro, unas veces en paz con Roma, otras en guerra abierta, sin conseguir un asiento fijo. Este extraño éxodo tiene, sin duda, orígen en un equívoco inicial sobre el que se fundaron las relaciones entre el pueblo godo y el Imperio romano. Roma quería ligarlos al carro de su política, para que la sacaran del atolladero que la enfangaba cada vez más. De ahí que en sucesivos pactos (en el 382 firmarán otro con el emperador Teodosio) se les exige que, a cambio de un tributo, los godos proporcionen tropas para combatir, bien a los usurpadores contra el trono, bien a otros pueblos que hayan penetrado dentro del limes sin el permiso de Roma. Esta situación , que convierte a los godos en colaboradores de la política romana, fue una pura ficción que ellos aceptaron sólo en algunos momentos, esto es, cuando no chocaba contra sus propios objetivos. Lo que en realidad les movía a ellos era la búsqueda de tierras fértiles y espaciosas donde poder instalarse con sus familias y gozar de estabilidad e independencia. Esta última quedaba comprometida por su vinculación con Roma, en calidad de federados. La aceptación o no de esta práctica, dependería, en último término, de las inclinaciones del jefe que los guíe.
Es por ello que desde el primer momento se produjeron choques continuos entre godos y romanos. Éstos no debieron recibirlos con excesiva confianza, pues nada más entrar ya les tendieron una celada cerca de Marcianópolis, pero fueron derrotados. Por este motivo, y por no recibir los subsidios prometidos, soliviantados, los visigodos se dedicaron a recorrer los Balcanes, en compañía de otros pueblos que se les unieron, librándolos al pillaje. Valente se ve obligado a organizar una campaña para reducirlos, pero en la batalla de Adrianápolis (378) es derrotado y muerto. Teodosio, que le sucede, logra, con habilidad y paciencia, firmar la paz en 382, si bien por poco tiempo. Nuevos desórdenes ponen de manifiesto el descontento de los visigodos, cuyo motivo de fondo no era otro que la escasa productividad de las tierras de Mesia Inferior, donde habían sido instalados.
Entretanto, un importante hecho va a influir en el destino del pueblo godo: la elección de Alarico (395) para la jefatura suprema de su pueblo.
 

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