23 may. 2014

EL REINO SUEVO DE GALICIA Y LOS BAGAUDAS

De todos los pueblos que penetraron en Hispania en la "gran invasión", quedaba tan sólo el de los suevos. La situación de éstos respecto a la población hispanorromana es sumamente tensa. Ésta dominaba las ciudades y fortalezas, desde las que se protegía de los continuos ataques de los suevos, que dominaban el resto del territorio, y en sus correrías se llevaban cautivas a las familias de los hispanorromanos cuando eran sorprendidas. En tan angustiosa situación no es de extrañar que éstos intentasen reiteradas veces que Roma impusiera la paz. Para ello enviaron embajadas, como la del propio Hidacio, obispo de Chavez (431), quien se dirigió a Aecio, el general romano vencedor de Atila, para que les obligase a vivir en concordia con ellos. Pero ¿en virtud de qué podía imponérseles semejante obligación? Es probable que para entonces los suevos hubieran firmado ya algún pacto con Roma, en base al cual quedasen asentados en la región gallega. De esta forma, los suevos se van a convertir en el primer reino independiente de la Península, pues sobrevivirán al Imperio y no serán absorbidos por los godos hasta la época de Leovigildo.
Durante todo este tiempo serán, junto con los bagaudas, la pesadilla de la población hispana. Como dijimos anteriormente, los bagaudas eran grupos armados que, exasperados por la opresión de que eran objeto por parte de los recaudadores de contribución romanos, quienes cometían con ellos todo tipo de abusos, habían empuñado las armas para resistirles. Estas bandas guerreras se habían extendido por las Galias y la Tarraconense, y con su exaltación y odio sembraban el pánico y la destrucción por doquier. No obstante estos atropellos, la justicia de sus reivindicaciones les convirtió en la primera revuelta de carácter social conocida en nuestro suelo y mereció que Salviano, presbítero de Marbella, los defendiera en su obra De gubernatione Dei, y no sólo él, sino también otros eclesiásticos hispanos que también se posicionaron contra Roma.
Por su parte, el Imperio había conseguido unir sus propios recursos para someterlos, contando incluso con la cooperación de los godos e incluso de los suevos. Entre los encargados de dirigir las operaciones se encontraba un interesante personaje: Merobaudes. Era un hispano romanizado a quien las crónicas describen como amante de las letras y cultivador de la poesía y en cuyo honor se levantaron estatuas tanto en Hispania como en Roma. La represión contra los bagaudas se llevaba, no obstante, con extraordinaria dureza, como nos demuestra un episodio acaecido en el 449, cuando un grupo de éstos, huyendo de los soldados del general romano Basilio, entró en Tarragona, refugiándose en una iglesia. Como los romanos no llevaban la intención de respetar el derecho de asilo sagrado, el obispo de aquella diócesis, llamado León, se puso al frente de los refugiados para defenderlos; pero fue inútil. Los bagaudas fueron exterminados y el propio obispo murió a consecuencia de las heridas recibidas por los soldados.
El reino suevo seguía teniendo como centro a la región gallega. Por mucho atractivo que pudiera tener para nosotros contar en nuestra historia con el primer reino independiente de la Península, es preciso reconocer que los suevos, que eran los que realmente gozaban de la independencia, nunca llegaron a entenderse bien con la población galaica. Al contrario, la historia de sus relaciones es un recital de luchas continuas, depredaciones, paces incumplidas etc... A este espectáculo el Imperio asistió cada vez más impotente para imponer orden, por cuya razón los godos, que se habían asentado en el sur de las Galias, en la región de Aquitania, se convirtieron en el árbitro, cada vez más indiscutible, de la situación.

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