25 may. 2014

EL REINO SUEVO DE GALICIA III

A pesar del ascenso de Madras, los suevos no se librarán de las luchas intestinas, ni se librará a la población indígena de las constantes correrías de suevos y visigodos. Roma poco podía hacer ya. No deja de ser significativo el hecho de que por entonces, en el 460, presencia Hispania el paso por ella, por última vez, de un emperador romano, Mayoriano, que entre otros objetivos pretende pasar por Gibraltar al norte de África para combatir a los vándalos.
La tutela de los godos sobre Hispania es cada vez mayor. Teodorico II había dejado una guarnición visigoda en Mérida. Al retirarse, siguiendo la vía de la Plata, en dirección a Astorga, tuvo frecuentes encuentros a lo largo del camino, algunos desfavorables, como el sitio al castillo de Coyanza (Valencia de Don Juan), por lo que se podía pensar que esa clazada romana era la frontera tácita entre las zonas de influencia de suevos y visigodos.
Después vino un período de relativo entendimiento entre ambos pueblos. Durante el mismo tiene lugar el reinado de Remismundo, que concilia bajo su mando a todas las facciones suevas. Ramismundo se convierte al arrianismo por instigación de los visigodos (otra muestra de entendimiento entre ambos pueblos). No obstante, las costumbres bárbaras de los suevos hacen imposible toda paz perdurable. Pronto los vemos persiguiendo a los amonenses, que habitaban la zona comprendida entre la Cartaginense y la Gallaecia, pasando incluso a saquear la Lusitania. Coimbra fue destruida y Lisboa ocupada. Los visigodos tienen que intervenir de nuevo para apaciguarlos.
Poco sabemos de los restantes años del reino suevo. Ni siquiera podemos afirmar con rotundidad si mantuvieron sus posiciones frente a los visigodos, o si fueron perdiendo terreno gradualmente. Lo que sí se sabe es que a mediados del siglo VI abjuran la fe arriana y vuelven al catolicismo durante el reinado de Teodomiro, precedidos quizá por la conversión personal del rey anterior, Charriarico. Esta vez el pueblo había sido evangelizado por San Martín de Dumio, y los resultados fueron más duraderos. Teodomiro, junto con su sucesor, Miro, fueron los últimos reyes de cierto relieve. Éste último tuvo que presenciar, impotente, la desaparición de su reino a manos de Leovigildo. Todos sus esfuerzos por impedirlo resultaron inútiles. En vano pidió auxilio al rey de los francos, Gontran; la embajada fue detenida por Chilperico al cruzar el territorio del este, y obligada a permanecer un año en París. Miro intenta salvarse entonces poniéndose del lado de Hermenegildo en la rebelión de éste contra su padre; pero al ser derrotados, el rey suevo queda en manos de Leovigildo, que le obliga a jurarle fidelidad.
Algunos años más tarde el reino suevo será suprimido, al ser derrotado el último de sus reyes, Andeca, en las batallas de Braga y Oporto (585). Leovigildo, tras encerrarlo en un monasterio, se apoderó del tesoro de los suevos y sometió al pueblo a su autoridad, borrándolo de la Historia como reino independiente. Su existencia en la Península se había prolongado durante casi dos siglos.

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